Currículo y Democracia
Fragmentos de la
conferencia dictada por el académico de la Universidad de
Valencia, España, en la Casa Central de la Universidad de Chile,
con motivo de la Primera Jornada de Curriculum y Comunidad
Educativa, efectuada en 1994. Trasliteración: M. Angélica San
Martín Espinoza.
El tema que me propusieron para desarrollar
esta tarde, 'Currículo y Democracia', es un tema
comprometido y conflictivo, porque se trata nada menos y nada más
que de relacionar el mundo escolar con el mundo externo, en cuanto
a su caracterización sociopolítica; hecho que implica rescatar
un planteamiento sobre el papel que cumple la educación en un
determinado contexto social, en una circunstancia histórica.
El currículo es algo muy complicado cuando
se ven escritas 'cosas' sobre el mismo, pero es una 'cosa'
bastante sencilla de entender por parte de los profesionales
de la Educación; sobre todo, si uno circunscribe la palabra,
simplemente, a la cultura que se proporciona en nuestras escuelas,
en nuestros centros escolares.
Currículo y democracia son conceptos que
merecen ser planteados en el ámbito educativo, y también, en el
ámbito político. La escuela sigue teniendo una efectividad
social cuando se plantea el propósito de preparar a ciudadanos
conscientes, críticos, participativos, creativos, comprometidos y
solidarios. Evidentemente, los objetivos y los contenidos de la
escolaridad tienen que aceptar esos retos, pero al mismo tiempo no
hay que eludir la discusión acerca de las prácticas educativas,
porque los contenidos, e incluso, los objetivos, son relativamente
obvios, evidentes, visibles, como diría Bernstein. Sin embargo,
las formas de interacción son a veces bastantes invisibles,
sutiles y, en muchas ocasiones, contradictorias con los propios
contenidos, y los objetivos que se tratan de divulgar y
desarrollar a través de los currículos escolares.
La escuela contribuirá a la democracia
cuando sus contenidos y objetivos se ajusten a los valores de la
democracia, pero sobre todo, cuando las prácticas pedagógicas se
acomoden con las exigencias mínimas de una democracia.
Hablar de democracia, por otra parte, es
hablar de una utopía; es hablar de un camino sin fin; es hablar
de un proceso; es hablar de un progreso paulatino. Nunca una
sociedad es suficientemente democrática, porque la democracia es
un camino de búsqueda de la libertad, es una identificación de
la cultura, la tolerancia y la cooperación.
Desde ese punto de vista, no se puede decir
que haya un currículo para la democracia, sino que, hay formas de
desarrollar el currículo para lograr que avance algo la
democracia en circunstancias determinadas, sean éstas: sociales,
políticas o culturales.
Cuando me refiero a las formas curriculares,
es hablar cómo se diseñan los currículos en los sistemas
educativos: es analizar cómo se desarrollan en las prácticas a
través de los distintos agentes que cooperan para este efecto:
agentes que son más o menos singulares, idiosincráticos para
cada contexto político educativo de cada país; aun con la
universalización de las políticas escolares, consecuencias de
otra perspectiva de integración económica, cultural y científica
que está ocurriendo en el mundo. No cabe duda que son bastante
semejantes las políticas de esta naturaleza entre los países, o
tienden, por lo menos, a ser bastante semejantes.
Una democracia tiene exigencias a la hora de
captar, divulgar y discutir la información que se tiene sobre lo
que ocurre en el sistema educativo, y en concreto, en el
subsistema curricular inmerso en el sistema educativo. Es decir,
como esquema formal de análisis cabe hablar de currículo y
democracia en el diseño; cabe hablar de currículo en el
desarrollo, y en el cómo se realiza en cada contexto; y cabe
hablar de democracia en los procesos de evaluación.
Hablar de diseño del currículo, es hablar
de moldeamiento previo a la acción pedagógica de la realidad
educativa, y como decía, el ya clásico autor tan querido, al
menos por mí, tan clarificador de muchas cosas, Philip Jackson,
el diseño es la preconcepción de la práctica, el diseño es un
embrión de la práctica, el diseño es también una obligación
derivada para los que están en la práctica.
El diseño curricular está en manos de
personajes, agencias, fuerzas, ideas políticas, ideologías que
están fuera del control de los propios profesores. Es muy
sospechoso el lenguaje que viene halagando los oídos de los
profesionales de la educación, hablándoles de las virtudes que
ellos están llamados a aportar al proceso educativo,
precisamente, cuando se están observando procesos de control más
lejanos a la práctica escolar y que, desde luego, escapan a las
manos de los profesores.
Se dice, desde la teoría pedagógica crítica,
desde la sociología profesional, que hay un creciente fenómeno
de desprofesionalización docente, avalado por muchas razones: la
composición sociológica e intelectual del profesorado, su
composición de género y también por el análisis de la formación
profesional y las condiciones laborales. Son estudios que están
muy bien asentados en los países desarrollados, en los en vía de
desarrollo y en cualquier contexto.
Es una realidad objetiva que los profesores
están en proceso creciente de desprofesionalización. A mí no me
gusta la palabra desprofesionalización , porque da la idea que
están perdiendo algo que tenían (y yo creo que no se pierde algo
que no se tiene); lo que sí pierden es la vigencia del lenguaje
que dice que lo van a tener, y entonces estamos en un lenguaje que
confunde, un lenguaje que oculta la realidad de los hechos.
En las prácticas de los centros escolares,
está ocurriendo un fenómeno que consiste en términos generales,
en que al profesorado se le escapa de las manos la posibilidad de
intervenir sobre la práctica misma, porque otras fuerzas, otros
agentes, otras tendencias están tomando los poderes de decisión
de moldear el currículo. ¿Entonces, esto, es una democracia? ¿Dónde
está el poder de decidir los objetivos, los contenidos y las
formas de escolarización?.
Me quedo con la idea, de plantear la
pertinencia del tema democracia y diseño curricular. El derecho a
la igualdad en Educación, y en el diseño del currículo, lleva a
proponer lo que yo sugiero como la propuesta de un currículo único
para todos los ciudadanos y ciudadanas; un currículo único no se
tiene por qué entender como monopolizador, impositor de algo;
sino todo lo contrario: una apertura a todos, pero esa apertura
igual para todos. Es decir, un currículo único que contemple la
diversidad, para favorecer la diversificación, no partiendo de la
desigualdad.
No olvidar el fuerte efecto,
contraproducente, que ejercen los medios pedagógicos, a través
de los cuales llega la cultura a las aulas, (por ejemplo libros de
textos más usados). Me estoy refiriendo, y ya lo mencionaba en un
principio, a las prácticas de evaluación que están centrando
los objetivos posibles en virtud de una calidad de la enseñanza,
con una serie de indicadores bastantes monolíticos, como obligación
para que las propias prácticas de evaluación puedan realizarse.
Por tanto, el reto de un currículo democrático,
tiene como deber inexorable el plantearse, en la medida que es
capaz de reflejar el mundo interior de las aulas, la variedad
cultural. Al hablar de variedad, no estoy hablando de elementos
equivalentes, sino de elementos que son muy desiguales en la
cultura. Entonces, cabe plantearse ¿en qué medida la escuela
accede a la diversidad cultural?, porque eso sí es una obligación
de la democracia.
Finalmente, el problema de democracia y currículo
ha de plantearse, sí, también digo finalmente, en la ideología
dominante. Más aún, debiera señalarse como primer elemento que
se planteara en ese sentido.
La escuela para la democracia, el currículo
para la democracia y el diseño curricular para la democracia han
de plantearse como el garantizar una sociedad democrática,
pluralista, porque el pluralismo es una condición inherente a la
democracia. El reconocimiento, el respeto es inherente a la
democracia. Ese es un camino para seguir profundizando. ¿Cómo se
puede garantizar la acogida de las expresiones de las
diferencias?. Es decir, favorecer un currículo integrador, aunque
parezca que es algo incompatible. De la contradicción puede salir
alguna chispa que ilumine el cómo proceder, porque las paradojas
suelen ser algo excitante al pensamiento, provocando conflictos
cognitivos. En último término, la gran interrogante se sintetiza
en cómo favorecer la igualdad, en la democracia, cómo
desarrollar mecanismos de compensación en la democracia, para que
todos sean más iguales. La respuesta desde mi posición, se da a
partir de un currículo común, que sea a su vez tan diversificado
internamente que dé cabida a la expresión de las diferencias, no
desigualadoras socialmente.
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