Educación y
democracia:
Ante el desafío postmoderno
Por Wilfred CARR
Universidad de Sheffield (Gran Bretaña)
"...ya
no es posible sostener la fe sencilla de la ilustración que garantizaba
que el avance de la ciencia produciría instituciones libres, eliminando
la ignorancia y la superstición –los orígenes de la servidumbre humana
y los pilares del gobierno opresor." (John DEWEY (1939):
Freedom and Culture. Nueva York: Putnam, pág. 131).
Cuando los políticos
pronuncian discursos advirtiendo contra los peligros del adoctrinamiento
no hacen mera retórica, como tampoco los profesores repiten simplemente
trivialidades conocidas cuando defienden su práctica de clase demostrando
como pretende promover la independencia mental, porque, en ambos casos, se
reconoce e forma inconsciente que, en una sociedad democrática, la
educación presupone siempre alguna finalidad distinta de la mera
socialización y que tal finalidad presupuesta consiste en cultivar la
capacidad de los futuros ciudadanos para pensar por sí mismos, para
deliberar, juzgar y escoger sobre la base de sus propias reflexiones
racionales. Desde el punto de vista histórico, el cultivo de esta
capacidad de pensamiento racional independiente ha constituido el objetivo
de la educación liberal, forma de educación desarrollada primero por los
griegos para satisfacer las necesidades del "hombre libre",
capaz de hacer juicios racionales en su calidad de sujeto perteneciente a
un público educado. En la Gran Bretaña de los siglos XVIII y XIX, el
acceso a la educación liberal era privilegio exclusivo de una elite
aristocrática; pero, cuando la democracia sustituyó a la aristocracia,
la necesidad de extender a todos el tipo de desarrollo intelectual que la
educación liberal estaba destinada a promover se convirtió en obligación
política del Estado democrático.
Esta visión del
papel de la educación en una sociedad democrática no aparece en un vacío
histórico. Sus raíces modernas se hallan en la cultura de la Ilustración
del siglo XVIII y recibió su formulación más clara en la demanda de
KANT para liberar la razón humana y la ilustración racional del
pensamiento humano. Para KANT, como para otros pensadores ilustrados,
ocuparse en un pensamiento racional ilustrado era pensar de acuerdo con
principios universales de justificación racional, independientes de las
circunstancias históricas sociales o culturales concretas, que exhiben la
capacidad de objetividad y de verdad de todos los seres humanos. KANT creía
que, cuando las acciones de los individuos y de las sociedades se fundaran
en tales principios, la razón desplazaría la autoridad, se desharía el
antiguo orden social, surgiendo una sociedad más racional, justa y
humana. Por tanto, la metáfora fundamental de la Ilustración –la de la
"luz" –pretendía transmitir el mensaje de que el desarrollo
progresivo de la razón humana iluminaría la oscuridad de la ignorancia y
la superstición provocadas por las instituciones religiosas y políticas
del antiguo y despótico orden social. Cuando se emancipara de las
limitaciones del prejuicio, del dogma y de la tradición, la humanidad
habría terminado por fin su largo período de inmadurez y los individuos
podrían convertirse en sujetos autónomos de su propio desarrollo. La razón
humana se convertiría, entonces, en una fuerza histórica objetiva que
guiaría la conducta y la organización de la vida social, haciendo del
mundo un lugar mejor.
En consecuencia, una
parte fundamental del cometido práctico de la Ilustración consistía en
una tarea educativa: desarrollar en todas las personas la fuerza universal
de la razón y, por medio de ella, capacitarlas para crear colectivamente
una forma de vida social que satisfaga sus aspiraciones y necesidades.
Nada tiene de extraño, por tanto, que la frase de KANT acerca de que el
desarrollo de la razón humana permite a las personas "escapar de la
tutela a la que ellas mismas se han sometido" se haya convertido en
una característica fundamental del pensamiento educativo postilustrado.
Tampoco puede sorprendernos que gran parte de nuestro pensamiento estratégico
sobre el papel de la educación en el desarrollo de las sociedades democráticas
occidentales haya sido estimulado por la idea ilustrada de la emancipación
y haya procurado promoverla. En muchos aspectos, el desarrollo del
pensamiento educativo postilustrado se funda en la creencia en la
posibilidad del perfeccionamiento de la condición humana mediante el
proceso de su emancipación.
El principio
movilizador que subyace a la mayoría de las versiones de la educación
emancipadora es el compromiso con los objetivos y valores educativos
relacionados con el desarrollo de la autonomía racional; objetivos y
valores que, en presencia histórica, se han organizado de muy diversas
maneras, pero que siempre reflejan la visión de que, mediante la educación,
los individuos pueden llegar a emanciparse de los dictados de la
ignorancia y la superstición, capacitándose racionalmente para
transformarse ellos mismos y el mundo social en el que viven. Sin duda,
quienes suscriben esta visión de la educación reconocen que el objetivo
educativo de la autonomía racional sólo puede alcanzarse en realidad en
una sociedad que haya institucionalizado los principios de justificación
racional. Para KANT, así como para otros pensadores ilustrados, una
sociedad que carezca de normas objetivas de justificación racional es una
sociedad en la que no puede lograrse la meta emancipadora de la autonomía
racional. En consecuencia, otra característica de las ideas educativas
emancipadoras consiste en que tratan invariablemente de promover el
desarrollo de una sociedad democrática, sociedad gobernada por principios
racionales y que promueve la libertad de todos los individuos para
ejercitar sus capacidades de pensamiento racional.
Uno de los intentos
filosóficos más influyentes para articular las condiciones en las que
puede surgir una sociedad democrática nacional ha sido el de HABER MAS,
cuando trata de demostrar cómo, inherente al uso del lenguaje, existe el
compromiso inevitable de creación de una "situación ideal de
habla", forma democrática de vida social de la que se excluyen
sistemáticamente los impedimentos a la discusión racional. En Gran Bretaña,
la filosofía de la educación basada en los ideales emancipadores de la
Ilustración más influyente es la de Richard PETERS. Como HABERMAS,
PETERS sostiene que en el mismo uso del lenguaje está implícito el
compromiso a priori con las normas del discurso racional. Y, como
HABERMAS, reconoce que el discurso racional sólo puede ejercitarse en una
forma de vida democrática. Para PETERS, "la democracia es la
articulación de las razones en su forma social". "Una sociedad
democrática -dice- defiende el uso de la razón en la vida social y la
autonomía personal como objetivo educativo"
Al tratar de
identificar la estructura universal de la razón práctica moderna, tanto
HABERMAS como PETERS siguen a sus predecesores ilustrados, afirmando el
carácter central de la razón humana en cualquier concepto de la
naturaleza humana y la primacía de la autonomía racional como objetivo
político y educativo. PETERS plasma con toda vivacidad esta visión
ilustrada de la educación con estas palabras:
"El
individuo aporta a su experiencia un bagaje de creencias, actitudes y
expectativas. La mayor parte de éstas se basan en la
autoridad...Muchas de ellas son erróneas, llenas de prejuicios y
simples, en especial en los ámbitos políticos en donde las pruebas
muestran que las opiniones dependen abrumadoramente de lealtades
tradicionales e irracionales. Uno de los objetivos de la educación
consiste en modificar esto...El individuo puede mejorar su comprensión
y depurar sus creencias y actitudes eliminando de ellas el error, la
superstición y el prejuicio. Y, mediante el desarrollo de la
comprensión, puede llegar a contemplar la condición humana a una luz
muy distinta. A medida que se modifique su visión de las personas, la
sociedad y el mundo natural, pueden surgir nuevas oportunidades para
la acción... y puede enardecerse pensando en participar en el cambio
de las instituciones que antes consideró como puntos fijos de su
mundo social..."
Las filosofías de
HABERMAS y PETERS se desarrollaron en contextos culturales muy diferentes
y se incluyen en tradiciones intelectuales muy distintas. Sin embargo,
ambas presentan en el siglo XX una poderosa reafirmación de la educación
que tratando de armonizar las realidades educativas con los ideales
emancipadores, sostienen la visión ilustrada de las sociedades democráticas,
constituidas por ciudadanos racionalmente autónomos. No obstante, hoy día
esta visión está comenzando a derrumbarse por el impacto del pronunciado
ataque emanado de lo que suele denominarse "postmodernismo",
porque, con independencia del significado que se le dé, el
"postmodernismo" pretende anunciar que la "modernidad"
–la "edad de la razón" que dio a luz la Ilustración- ha dado
paso ahora a la "condición postmoderna", que ha producido
cambios irreversibles con respecto a nuestra forma de experimentar y
relacionarnos con las ideas y formas de vida modernas. En esta nueva
configuración cultural, las estrategias educativas basadas en las ideas
ilustradas de emancipación, capacitación y autonomía racional carecen
tanto de credibilidad analítica como de legitimidad política. En efecto,
lo que caracteriza, más que cualquier otra cosa, el mundo postmoderno es
"la retórica común de la rebelión contra el discurso
ilustrado" la idea de que los valores, supuestos y explicaciones
derivados de la Ilustración no resultan ya adecuados cuando tratamos de
explicar nuestro mundo social y cultural contemporáneo.
¿Qué respuesta
hemos de dar ante el desafío postmoderno? Una consiste en afirmar que sus
necrologías de la modernidad son prematuras, que no hay necesidad de
repensar nuestra idea del papel de la educación en las sociedades democráticas
modernas y que las estrategias tradicionales para lograr nuestros
objetivos educativos ilustrados siguen siendo válidas. Otra respuesta
consiste en retroceder hasta una postura postmodernista que se deshaga de
todo vestigio del pensamiento educativo ilustrado y considere anticuada
toda sugerencia de que la razón humana pueda constituir una ayuda
indispensable para la emancipación humana. El problema que plantea la
primera respuesta es que, al presumir que no ha ocurrido nada importante,
sus defensores se ven obligados a apoyar ortodoxias antiguas que ahora el
postmodernismo ridiculiza como absurda e ingenuas. El problema que plantea
la segunda respuesta es que parece indicar que quienes están influidos
por el postmodernismo, y quizá simpatizan con él, no sólo deberían
abandonar los valores educativos emancipadores, sino evitar refrendar
cualquier visión de la educación sujeta a principios.
La formulación de
una respuesta educativa al postmodernismo resulta aún más complicada por
el hecho de que, en consonancia con su propia "celebración de la
diversidad", hay un conjunto de "postmodernismos"
diferentes, cada uno de los cuales teoriza el significado de la
"postmodernidad" de distinta manera. Quienes creen que estamos
experimentando una ruptura total con la modernidad, utilizan el término
"postmodernidad" para señalar una configuración cultural
completamente nueva que tiene sus propias características distintivas y
exclusivas. Pero, para quienes reconocen tanto las continuidades como las
discontinuidades entre la época moderna y la postmoderna, la
postmodernidad no indica tanto que la modernidad haya tocado a su fin,
como que ha entrado en una nueva fase. Del mismo modo, aunque todos los teóricos
postmodernos están de acuerdo en que la era contemporánea es lo bastante
distinta como para describirla como "condición postmoderna",
las cuestiones sobre las causas, carácter y significación de esta
"condición" siguen siendo tema de desacuerdos y disputas. Como
consecuencia, en la actualidad hay numerosos "postmodernismos"
que no sólo varían en cuanto a sus veredictos sobre el significado de la
"postmodernidad" sino también con respecto a su valoración de
la clase de respuesta teórica, política y educativa que requiere.
No cabe duda de que
la vaguedad y las ambigüedades que rodean el concepto de postmodernidad
respaldan el punto de vista que sostiene que su importancia real no
responde tanto a que identifique una nueva realidad social, sino a que
pone de manifiesto una actitud nueva hacia la realidad social: Una forma
de relacionarse con las condiciones modernas que trasciende los límites
del mismo pensamiento modernista. Así entendido, el concepto de
"postmodernidad" es una expresión de la comprensión cada vez más
clara de que ya no es posible considerar de por sí evidente la verdad del
discurso de la Ilustración o creer que la realización de su visión
emancipadora es simplemente cuestión de tiempo. Según BAUMAN, lo que
capta y describe la vaga noción de "postmodernidad" es esta
erosión gradual de la confianza en sí mismos y de la comprensión de sí
de quienes han abrazado los ideales de la Ilustración.
"Aunque el
concepto de "postmodernidad" carezca de cualquier otro
valor, tiene al menos éste: proporciona un punto de vista nuevo y
externo desde el que algunos aspectos del mundo surgido como
consecuencia de la Ilustración... (aspectos no visibles o a los que
se concede una importancia secundaria cuando se observan desde el
interior del proceso inacabado) adquieren prominencia y pueden llegar
a convertirse en cuestiones centrales del discurso".
Interpretada de este
modo, la postmodernidad no se refiere al "fin de la modernidad",
sino que describe una nueva autocomprensión que, convirtiendo la
modernidad en objeto de reflexión crítica, hace más transparentes sus
supuestos ilustrados y, por tanto, más susceptibles de cuestionamiento y
de duda. Pero sí la postmodernidad"...no es más que la mente
moderna que lanza una larga y atenta mirada a sí misma, a su condición y
a su obra anterior...", la significación educativa de la
postmodernidad no tiene por qué suponer que nuestra visión emancipadora
de la educación haya dejado de ser viable o digna de promoción. Nos
desafía, en cambio, a repensar nuestra compresión de esta visión, desde
una perspectiva intelectual y cultural en la que no pueden preverse ni
darse por supuestas las posibilidades y el deseo del cumplimiento futuro
del proyecto ilustrado. En pocas palabras, el reto real del postmodernismo
consiste en que nos exige reconceptuar la relación entre educación y
democracia, de manera que mantenga nuestro compromiso con la educación
emancipadora sin rechazar las perspectivas fundamentales del pensamiento
postmoderno.
A nuestros efectos,
los puntos de vista postmodernos que desafían de forma más seria nuestra
visión emancipadora de la educación son los que surgen de su crítica de
la filosofía "fundamentalista" de la Ilustración: filosofía
pensada para demostrar que el concepto del sujeto racionalmente autónomo
no se aplica simplemente a una cultura o sociedad concretas, sino que se
basa en verdades filosóficas a priori sobre la "esencia
universal" de la naturaleza humana. A riesgo de una simplificación
excesiva, podemos enunciar de inmediato dos de las estrategias habituales
utilizadas por el postmodernismo para destruir y desacreditar esta lógica
fundamentalista. La primera consiste en cuestionar el supuesto
ilustrado de que el yo humano tiene en su "centro" una facultad
característica de razones: una naturaleza humana "esencial" que
precede a la historia y es antecedente a las circunstancias culturales
concretas. Según el postmodernismo, esta idea de un yo racional ahistórico
y no contingente es un mito. Para el postmodernismo, el "yo" es
una configuración descentrada de creencias y deseos cuya autocomprensión
está siempre mediada por los discursos aprendidos y adquiridos al
convertirse en participantes en una cultura histórica. Como no hay forma
de apartarse de tales discursos, dado que nuestro sentido de quiénes y qué
somos está siempre configurado por los discursos que circulan en nuestro
contexto histórico, no hay ninguna naturaleza humana esencial que
descubrir. Con palabras de HEIDEGGER: "el lenguaje habla al
hombre".
En segundo lugar, el
postmodernismo niega y se opone a la visión ilustrada de la filosofía
como disciplina fundante que proporciona un acceso privilegiado a un ámbito
de verdades universales sobre las que puede erigirse una sociedad
racional. En contra de esto, el postmodernismo insiste en que, al no
existir ninguna posición privilegiada que permita a los filósofos
trascender las particularidades de su propia cultura y de sus tradiciones,
tampoco existe ningún punto arquimédico que proporcione a sus
investigaciones un punto de partida neutral y ahistórico. Con palabras de
Richard RORTY, esta visión de la filosofía es simplemente un intento
vano de "salir de nuestro pellejo y compararnos con algo absoluto...
para escapar de la finitud de nuestro propio tiempo y lugar, los aspectos
"meramente convencionales" y contingentes de nuestra vida".
Pero aceptar la crítica
postmodernista de los fundamentos filosóficos sobre los que se erigieron
en principio los valores educativos emancipadores no significa que estos
valores no puedan sobrevivir a la justificación filosófica que les dio
la ilustración. Sólo supone que estos valores no pueden ya
caracterizarse en el lenguaje de la Ilustración que desempeñó un papel
muy importante en su formulación inicial. De modo parecido, el rechazo
del concepto ilustrado de una naturaleza humana indiferenciada y su
concepto de razón humana universal no tiene por qué suponer el abandono
necesario de los objetivos educativos de emancipación y capacitación
cuyo enunciado hicieron posible por primera vez tales conceptos. Basta con
reconocer que estos conceptos obstaculizan en la actualidad nuestros
esfuerzos, para repensar estos objetivos educativos de forma que puedan
asimilar los elementos centrales de los pensamientos postmodernos.
Por tanto, ahora
podemos formular de modo más preciso la cuestión central de mi
colaboración. ¿Podemos imaginar una forma de pensar sobre la relación
entre educación y democracia que sea "moderna", en el sentido
de que no abandone los ideales emancipadores, pero
"postmoderna", en el sentido de que abandone el discurso
ilustrado en el que esos ideales han venido articulándose hasta ahora? ¿Podemos
construir una estrategia para guiar el papel futuro de la educación en
una sociedad democrática que reconozca que el único camino para
conservar el concepto ilustrado de educación consiste en revisar críticamente
su significado, de manera que tenga en cuenta la condición postmoderna en
la que vivimos? ¿A qué se parecería una estrategia educativa
postmoderna, una estrategia verdaderamente preocupada por hacerse cargo
del fenómeno de la postmodernidad?
Sería, en primer
lugar, una estrategia que no pretendiera justificar los valores
emancipadores que debiera promover apelando a verdades filosóficas a
priori. Reconocería, en cambio, que lo que justifica nuestro
compromiso continuado con estos valores es su congruencia con nuestra
comprensión actual de nosotros mismos y nuestro convencimiento de que,
dadas nuestra situación histórica concreta y las tradiciones educativas
a través de las cuales se han elaborado nuestros discursos y prácticas
dominantes, éstos siguen siendo los valores educativos más razonables y
apropiados que adoptar. Segundo; conscientes de la necesidad de
abandonar la idea ilustrada abstracta de una razón ahistórica, común a
todos, esa estrategia educativa no supondría que su posible éxito
estuviera garantizado por alguna ley inexorable de la naturaleza humana.
En cambio, estaría atemperada por el convencimiento de que no existen
normas universales de racionalidad independientes de la historia y de la
tradición y que la misma "naturaleza humana" se construye
socialmente mediante la iniciación en los discursos y prácticas
preexistentes. Por último, el reconocimiento de la inexistencia de
algún punto de vista filosófico "objetivo" desde el que apoyar
la superioridad del tipo de sociedad democrática que tratamos de
promover; esta estrategia no consideraría la democracia como la encarnación
de un orden social universalmente válido, sino como un proyecto humano
contingente que surge en determinada circunstancias históricas y que
ahora ha de reinterpretarse y revisarse de manera que satisfaga las nuevas
condiciones culturales que articula y describe la idea de
"postmodernidad".
Sin duda, algunos de
los últimos desarrollos de la filosofía de la educación ya conceden,
aunque sólo sea de manera implícita, que es necesario en la actualidad
repensar de forma radical las estrategias educativas a través de las
cuales se han procurado alcanzar los objetivos educativos emancipadores.
Uno de ellos ha consistido en articular una visión de las metas de la
educación que evite apelar a los principios educativos racionales y
universales que nos legó la idea de razón práctica de KANT. Otro
pretende estructurar una idea de práctica educativa que rehabilite la
visión aristotélica de praxis y haga suyo el rechazo de GADAMER de la
distinción ilustrada entre tradición y razón. Pero los recursos teóricos
más significativos y aún no explotados para el desarrollo deliberado y
consciente de una estrategia educativa postmoderna se encuentran en la
filosofía de John DEWEY hace la exposición más completa de su filosofía
de la educación –Democracy and Education- suele despreciarse
como anticuado, libro bien adaptado al clima intelectual imperante en la
Norteamérica de la primera mitad del siglo XX, pero que ya no es preciso
leer. ¿Cómo puede decirse seriamente, entonces, que la filosofía de la
educación de DEWEY responde más a las necesidades de nuestra generación
que a las de la suya propia? ¿Cómo pueden ser relevantes los argumentos
de Democracy and Education en el mundo postmoderno? La respuesta a
estas preguntas radica en la disposición a reconocer que la relevancia
contemporánea de la filosofía de la educación de DEWEY sólo puede
comprenderse de manera adecuada si se entienden antes sus ideas sobre la
filosofía, la democracia y la relación entre ambas
II
DEWEY fue un filósofo
ilustrado totalmente comprometido con los ideales emancipadores y el tipo
de instituciones democráticas creadas en nombre de la Ilustración, pero
también creía que ésta había sido una revolución incompleta que no
había conseguido acabar con la idea de que los ideales e instituciones de
una sociedad tenían que basarse en fundamentos filosóficos permanentes.
En concreto, no había logrado renunciar a la visión tradicional de la
filosofía como disciplina fundamental de la cultura; disciplina que podía
descubrir un ámbito de verdades trascendentales e intemporales sobre las
que podría basarse racionalmente la cultura. Al revisar la historia de la
filosofía así concebida, DEWEY hace tres observaciones críticas. Primera,
en la medida en que la filosofía ha tratado siempre de proporcionar
una justificación racional de los valores y creencias aceptados en el
orden social predominante, ha desempeñado siempre un papel cultural
profundamente conservador. En realidad, DEWEY creía que, en gran parte de
su historia, la filosofía se había limitado a operar como instrumento
ideológico para legitimar la situación social predominante transportando
los valores sociales dominantes al reino de la verdad trascendental,
impenetrable para la experiencia ordinaria. Segunda, DEWEY indicó
que el principal resultado de los esfuerzos de los filósofos para
descubrir esas verdades trascendentales había consistido en crear una
serie de problemas filosóficos abstractos, carentes de interés para todo
el mundo, excepto para los mismos filósofos. En consecuencia, la filosofía
se había convertido en una disciplina estéril y enrarecida que sólo
recobraría su papel cultural cuando "deje de ser un instrumento que
se ocupe de los problemas de los filósofos y se convierta en un método,
cultivado por los filósofos, para ocuparse de los problemas de los
hombres."
Tercera,
DEWEY señaló que, cuando se interpreta la historia de la filosofía como
la historia de los sucesivos intentos de descubrir el saber objetivo sobre
la realidad "última", ha de calificarse como un fracaso
espectacular; pero, si se interpreta esta historia de forma más modesta
como la historia de los medios intelectuales utilizados por las sociedades
que se enfrentaban con la necesidad de reconstruir sus valores heredados y
sus creencias tradicionales, adquiere un significado nuevo.
"Cuando se
reconoce -dice DEWEY- que bajo el disfraz del tratamiento de las
realidades últimas la filosofía ha estado ocupándose de los
preciados valores inmersos en las tradiciones sociales..., se aprecia
que le cometido de los futuros filosóficos consiste en aclarar las
ideas de los hombres, respetos a los conflictos y morales de su propio
tiempo"
Por tanto, para
DEWEY, la historia revela que el papel principal de la filosofía consiste
en clarificar, criticar y redefinir los valores y creencias de la sociedad
con el fin de resolver los problemas y conflictos experimentados en épocas
de cambio cultural. Para DEWEY, como para le postmodernismo, toda
investigación filosófica tiene un punto de partida contingente y el
esfuerzo de los filósofos de la Ilustración para fundar su visión de la
sociedad en ciertas verdades filosóficas atemporales no era sino una
herramienta retórica para presentar esta visión como algo más
trascendental que un proyecto histórico diseñado para promover el
desarrollo de una cultura europea más secularizada y humanística. Para
DEWEY, como para HEGEL, la filosofía es "el tiempo atrapado por el
pensamiento" (la fase intelectual del proceso evolutivo general
mediante el cual la civilización resuelve sus conflictos y la cultura se
reestructura). "El papel fundamental de la filosofía, dice DEWEY, es
hacer conscientes, en forma intelectualizada,... los problemas inherentes
a las sociedades complejas y cambiantes."
DEWEY creía que los
"problemas inherentes" a la sociedad más importantes a
comienzos del siglo XX estaban relacionados con el futuro de las
instituciones democráticas desarrolladas desde la Ilustración. Asimismo,
creía que estos problemas eran, en parte, consecuencia inevitable del
hecho de que los filósofos de la Ilustración se habían sentido
obligados a elaborar una justificación de su proyecto, que, en vez de ser
reconocido como contingente y diseñado para resolver los "problemas
inherentes" a su propia época, se insistía en basarlo en la apelación
al conocimiento objetivo de la misma naturaleza humana. Para DEWEY, la
persistente presunción de que había que dar una justificación filosófica
de las instituciones democráticas impidió su conservación y progreso,
distrayendo la atención del verdadero problema de asegurar su futuro.
Para que progresara la democracia, había que aceptar que las
instituciones democráticas de principios del siglo XX no eran tanto el
resultado de los intentos de poner en práctica las filosofías de la
Ilustración, como respuestas específicas, desde el punto de vista histórico,
a los "problemas y conflictos" producidos por los cambios de las
condiciones políticas, culturales y económicas de la vida social del
siglo XVIII.
En Liberalism and
Social Action, DEWEY muestra cómo las condiciones sociales del siglo
XVIII, que habían creado la necesidad de emancipar a las personas del
antiguo orden social jerárquico, llevaron a la aparición, en las
condiciones culturales y económicas del siglo XIX, de una tradición de
democracia liberal en la que se entendía "al individuo" como
alguien que existía a parte de la sociedad, y la "sociedad" se
entendía como la mera agregación de individuos aislados, cada uno de los
cuales buscaba conseguir sus propios fines privados. Este concepto del
individuo como persona privada que ingresa en la sociedad con determinadas
necesidades e intereses, surgió, en principio, en las circunstancias históricas
de los siglos XVI y XVII, cuando las instituciones políticas y formas de
relación social dominantes restringían el libre comercio e impedían el
desarrollo intelectual. Quienes se oponían a tales restricciones lo hacían
apelando a una teoría de derechos individuales "que privilegiaba a
las personas individuales, aisladas con respecto a cualquier asociación,
excepto aquellas creadas deliberadamente para sus propios fines." En
el transcurso del siglo XIX, esta apelación a los derechos individuales,
junto con la presunción de que los individuos son anteriores a sus
relaciones sociales y no el producto de las mismas, siguió constituyendo
la defensa corriente de la democracia liberal y la justificación de sus
instituciones como el mejor medio de proteger la libertad individual.
Pero, en las condiciones intelectuales y sociales diferentes que existían
a comienzos del siglo XX, empezó a ponerse de manifiesto que los
individuos están configurados por sus relaciones sociales y que, por
tanto, la idea del individuo presocial era un mito. Y, a medida que fue
reconociéndose de manera más generalizada que el "individuo"
es siempre el producto de sus interacciones sociales y que la
"sociedad" se limita a definir la forma de la interacción entre
los individuos, la distinción entre "individuo" y
"sociedad" fue considerándose cada vez más como una abstracción
filosófica inexistente en la realidad. También quedó patente que,
aunque la democracia liberal del siglo XIX había constituido una fuerza
en pro de la reforma radical, las instituciones democráticas creadas en
su nombre tenían que ser reestructuradas de manera que reconociesen que
la libertad individual no era un punto de partida, sino un punto final al
que sólo podía llegarse mediante cierta forma de vida social. En el
siglo XX, no hacía falta una extensión de la democracia liberal del
siglo XIX, sino una concepción nueva de la democracia liberal, que
tratase de revitalizar los valores liberales de la individualidad y de la
libertad de manera que no sólo tuviese en cuenta la naturaleza social del
individuo, sino también los principales cambios intelectuales, culturales
y económicos ocurridos en las sociedades democráticas postilustradas.
Entre éstos, ocupaban puestos destacados la teoría de la evolución de
DARWIN, el crecimiento de la ciencia moderna y el proceso de
industrialización.
La atracción de
DEWEY hacia la teoría darwinista de la evolución provenía de que permitía
reemplazar la visión racionalista de la vida humana de la Ilustración
por otra visión no filosófica y completamente secular. Como DARWIN,
DEWEY consideraba a los seres humanos como organismos que habían
desarrollado características biológicas específicas para eliminar
conflictos entre sus necesidades innatas y su ambiente natural. Pero, además
de este proceso de evolución natural, los seres humanos también habían
sufrido un proceso de evolución social y cultural, proceso mediante el
cual la especie había adquirido diversas disposiciones intelectuales que
le permitían adaptarse a su ambiente cultural, abordando con eficacia los
problemas y conflictos de la vida social. Durante la mayor parte de su
historia, la raza humana había resuelto estos problemas basándose en el
instinto, la superstición, la religión, la costumbre, la tradición y
cosas por el estilo. Sin embargo, al crear lo que DEWEY llamaba
"inteligencia social", los seres humanos habían ido
desarrollando la capacidad para resolver sus problemas sociales de forma
tendente al crecimiento de sus propias posibilidades intelectuales y a la
evolución de un modo de vida social más deseable.
Por tanto, para
DEWEY, el progreso social y la libertad individual pueden comprenderse
mejor como determinado tipo de crecimiento, el de la inteligencia social
que los individuos desarrollan al participar colectiva y cooperativamente
en la búsqueda de nuevas soluciones a los problemas provocados por el
cambio social. Participando en este proceso, los individuos desarrollan
las disposiciones intelectuales que les permiten reestructurar sus
experiencias de manera tendente a la realización de su libertad y a la
reconfiguración de la cultura y las tradiciones que les han configurado a
ellos mismos. En consecuencia, para DEWEY, "individuo" y
"sociedad" no son entes determinados ni campos independientes,
sino elementos ambos de un único proceso de "crecimiento", una
espiral sin final en la que los individuos utilizan su inteligencia para
modificar la sociedad que los ha configurado a ellos mismos, para que
contribuya mejor al desarrollo de su libertad individual. Por tanto, el
"crecimiento" es el proceso dinámico y dialéctico de
autotransformación y de cambio social; es el proceso en el que individuos
se rehacen a sí mismos mientras rehacen su sociedad.
Como para DEWEY,
"el crecimiento es en sí el único fin moral", insiste en que
"la prueba suprema de todas las instituciones políticas y
estructuras sociales será la contribución que hagan al crecimiento
completo de cada miembro de la sociedad. Asimismo, insiste en que el único
tipo de sociedad moderna que puede pasar esta prueba es aquella que
comprenda que la aparición de la ciencia moderna no sólo proporcionó un
complejo método para adquirir conocimientos especializados, sino también
un método general para formular y evaluar soluciones a problemas
sociales, método que no recurre a normas o principios filosóficamente
justificados, pero, en cambio, ofrece un medio para resolver los
desacuerdos políticos y armonizar las opiniones opuestas sobre la base de
la experiencia compartida, la inteligencia colectiva, la comunicación
abierta y la acción cooperativa. Pero como, para DEWEY, la esencia de la
democracia"...es el juicio de las diferencias sociales mediante el diálogo
y el intercambio de puntos de vista", una democracia es una sociedad
en la que se han institucionalizado los principios de procedimiento que
rigen las actividades de la comunidad científica (principios como la
tolerancia, el respeto hacia las opiniones de los demás, la libertad de
expresión, etcétera) y los problemas de la vida social se resuelven de
manera que ésta se enriquece y promueve el crecimiento de sus miembros.
Dice DEWEY:
"...La
democracia, comparada con otras formas de vida, es la única forma de
vivir... que es capaz de generar la ciencia, que es la única
autoridad segura para la dirección de nuevas experiencias... Porque
toda forma de vida que fracasa en su democracia limita los contactos,
los intercambios, las comunicaciones, las interacciones mediante las
que la experiencia se... amplía y enriquece.
Para DEWEY, por
tanto, la democracia no es sólo un mecanismo político o un conjunto de
derechos individuales; menos aún, la encarnación de un orden social
universal y ahistórico. Es, en cambio, lo que llega a ser una sociedad
cuando cesa de entenderse a sí misma en términos de fundamentos filosóficos
y crea las condiciones en las que sus miembro determinan por sí mismos el
futuro de su sociedad. Pero, al defender esta visión de la democracia,
DEWEY no presenta garantías filosóficas. Para él, la democracia no es más
que "un experimento en cooperación" y sólo se justifica por la
fe en la capacidad de los hombres y mujeres corrientes para construir y
reconstruir colectivamente sus comunidades de manera que aumenten y amplíen
de un modo progresivo sus oportunidades para realizar su libertad.
Por supuesto, DEWEY
afirmaba sin rodeos que no hay punto de vista ahistórico alguno desde el
que respaldar el tipo de democracia que deseaba promover. Lo que, a
principios del siglo XX, convirtió la aparición de este tipo de
democracia en una posibilidad real fue el proceso de industrialización.
En School and Society (una serie de conferencias pronunciadas en
1899), DEWEY describe como la industrialización había provocado la
desintegración de las formas tradicionales de vida comunitaria. La división
del trabajo y la división entre el hogar y el trabajo significaban que el
ambiente cultural en que la gente vivía y trabajaba ya no conducía al
espíritu de vida cooperativa que caracterizó la vida preindustrial. Sin
embargo, al mismo tiempo, al introducir formas de producción en las que
la ciencia y la técnica controlaban la naturaleza, la industrialización
había creado las condiciones en las que podían liberarse las capacidades
personales de los individuos, y hacía posible pensar con realismo en una
nueva forma de democracia "que permite la participación en ella de
todos sus miembros y en términos de igualdad". Pero al mismo tiempo
que proporcionaba las condiciones para la aparición de este tipo de
democracia, la industrialización podía llevar también a una sociedad
opresora que restringiera el desarrollo personal de los individuos y
excluyera a la mayoría de las principales áreas de interés común. El
único modo de impedirlo pasaba por la educación. Sin un sistema de
educación deliberadamente diseñado para proteger y promover el impulso
democrático implícito en la vida industrial, no evolucionaría una
verdadera sociedad democrática. En My Pedagogic Creed, dice DEWEY:
"Creo que la educación es el método fundamental del progreso
social" .
DEWEY reconocía
que, aunque en las democracias liberales se consideraba la íntima conexión
entre democracia y educación, la explicación habitual de esa conexión
era "superficial".
"La
explicación superficial consiste en que un gobierno basado en el
sufragio popular no puede tener éxito a menos que quienes lo eligen y
obedecen a sus gobernantes estén educados. Pero hay una explicación
más profunda. La democracia es más que una forma de gobierno: es,
ante todo, un modo de vida en sociedad, de experiencia conjunta
comunicada"
Si la democracia es
"ante todo, un modo de vida en sociedad", la educación no puede
desempeñar su papel democrático si se limita a llevar las formas
tradicionales de educación liberal a todos los niños. En Democracy
and Education, DEWEY afirma que las formas tradicionales de
educación liberal han sido "formuladas en condiciones sociales
anteriores" para atender a las necesidades del orden social predemocrático.
En la medida en que continúen estas formas de educación,
"obstaculizan la realización adecuada del ideal democrático",
al apoyar métodos de enseñanza que nutren actitudes sociales democráticamente
indeseables (como la obediencia y el egoísmo) y animan a las escuelas a
fundar su actividad en métodos autoritarios (como la instrucción directa
y la inculcación de creencias predeterminadas). Ahora habría que
reconocer la medida en que la educación es en sí misma un proceso social
que ha de basarse en el tipo de ambiente social en el que los individuos
democráticos puedan desarrollar su inteligencia social. Un ambiente
educativo que promoviera la utilización plena de la fuerza de la
inteligencia no sólo prepararía a las personas para la democracia, sino
que él mismo estaría organizado democráticamente. Para DEWEY, la
educación ofrecida por una auténtica democracia no puede ser otra que
una educación en y para la democracia. "Gran parte de nuestra
educación actual fracasa –decía- porque prescinde del principio
fundamental de la escuela como forma de vida comunitaria".
En consecuencia,
para DEWEY, el sistema educativo de una democracia es tal que las mismas
escuelas pertenecientes a él son instituciones organizadas de forma
democrática. Los individuos sólo pueden aprender a comprenderse a sí
mismos como demócratas convirtiéndose en miembros de una comunidad
democrática en la que los problemas de la vida comunitaria se resuelvan
mediante la deliberación colectiva y la preocupación compartida por el
bien común. Es, pues, un sistema educativo cuyas escuelas proporcionan
una cultura democrática que estimula a los alumnos a resolver los
problemas prácticos, morales y sociales mediante actividades conjuntas y
decisiones colectivas. Para DEWEY, sólo cuando las escuelas se convierten
en sociedades "embrionarias" que promuevan las actitudes
sociales y las disposiciones intelectuales intrínsecas a la forma de vida
democrática, empezarán a apoyar la evolución de una vida social más
democrática.
Los hábitos
intelectuales engendrados por la modernidad han garantizado eficazmente
que, durante la mayor parte del siglo XX, se haya criticado Democracy
and Education por presentar una "filosofía de la educación"
tan carente de precisión conceptual y rigor analítico que difícilmente
puede considerarse en absoluto como una "filosofía de la educación".
No es de extrañar, por tanto, que, con frecuencia las críticas de las
propuestas educativas de DEWEY no hagan referencia al tipo de democracia
que estaban destinadas a promover, apartándose precisamente de la clase
de perspectiva filosófica "fundamentalista" que tanto había
procurado repudiar DEWEY. Pero, si dejamos que nuestra comprensión de la
filosofía educativa de DEWEY esté informada por sus puntos de vista
sobre la filosofía y la democracia, su relevancia para el desarrollo de
una estrategia educativa postmoderna se hace cada vez más clara. Por
ejemplo, es cierto que, aunque la filosofía de la educación de DEWEY
mantiene los ideales emancipadores de la Ilustración, renuncia a la
pretensión de que tales ideales se basen en un conocimiento objetivo de
la "naturaleza humana". Para DEWEY, la apelación de la
ilustración a una naturaleza humana "objetiva" sólo es un
intento de escapar de la realidad dando prioridad al conocimiento sobre la
experiencia, a la certidumbre sobre la contingencia y a la estabilidad
sobre el cambio. En cuanto tal, no es sino otro ejemplo de la compulsión
filosófica a escapar del tiempo y de la historia, evitando así la
necesidad de hacer frente a la contingencia de la existencia humana. Para
DEWEY, como para el postmodernismo, nada hay externo a la experiencia, no
hay "esencia" de la naturaleza humana, no hay destino humano
hacia el que la historia se mueva de forma inevitable. En cambio, hay
seres humanos que configuran y son configurados por su historia, mientras
hacen su camino al andar a través de un mundo incierto, atravesado por
contingencias, mundo siempre incompleto y siempre haciéndose.
En segundo lugar,
queda claro que, como los postmodernistas, DEWEY consideraba el concepto
ilustrado de "razón" como un intento vano de descubrir el órgano
de la mente mediante el que se aprehende el orden universal y... la última
norma... que debe obedecer la acción humana." Abandonado este
concepto de "razón", es evidente que el objetivo de autonomía
racional de la Ilustración no puede conseguirse mediante una educación
liberal pensada para desarrollar la capacidad de aprehender verdades
racionales sobre principios universales, sino que sólo puede conseguirse
por medio de una manera de educación orientada hacia el crecimiento y
expansión continuos de la forma de razón que DEWEY llama
"inteligencia" y que ARISTÓTELES denominaba frónesis: forma
de razonamiento práctico que no supone traducir a la praxis principios teóricos,
sino que requiere la deliberación colectiva sobre los atractivos
relativos de diversos cursos alternativos de acción. La
"inteligencia" es la forma de razonamiento que guía la acción
práctica en una sociedad democrática, sociedad que ya no se funda en las
certidumbres del conocimiento teórico y prefiere, en cambio, operar sobre
la base de la creencia práctica contingente.
Esta última
conclusión lleva consigo otra. Una sociedad que no se sienta obligada a
justificar sus valores y creencias sobre bases filosóficas (una sociedad
que haya sustituido la teoría por la frónesis) no tendrá
necesidad de la filosofía de la educación para justificar sus objetivos
y principios educativos, sino que se prepara para formular sus políticas
educativas sobre la base del conocimiento de los hombres y las mujeres
corrientes, fundado en la experiencia. En esta sociedad, la filosofía de
la educación sería una forma de investigación crítica destinada a
repensar y revisar las estrategias y tares educativas tradicionales. Se
centraría, por tanto, en hacer más transparente la relación entre
educación y sociedad, en exponer las tensiones y contradicciones entre
los valores democráticos y las instituciones y prácticas educativas y en
comprender cómo pueden reestructurarse estas instituciones y prácticas
para que puedan operar de modo más democrático. En tal sociedad, el tipo
de filosofía de la educación propugnada por la Ilustración se
consideraría cada vez más como una reliquia de la era predemocrática,
cuya utilización continuada sólo sirvió para obstaculizar la
democracia, pasando por alto el papel del diálogo franco y el debate público
en la determinación del tipo de educación que debería proporcionar la
sociedad.
Por tanto, la cuarta
conclusión que surge es que Democracy and Education debe
interpretarse como un intento de formular la clase de filosofía de la
educación adecuada para las necesidades y exigencias de una sociedad
democrática moderna, en vez de lo contrario. Conforme a la comprensión
de DEWEY de la filosofía, ésta trata de mostrar cómo han de
reestructurarse las instituciones y prácticas educativas existentes para
que los valores fundamentales de la tradición democrática liberal se
extiendan y amplíen de manera progresiva. Y de acuerdo con su opinión de
que la filosofía siempre está históricamente situada, su filosofía se
orienta, de un modo consciente, a suscitar cuestiones fundamentales sobre
el tipo de educación que debería tener una democracia liberal a
comienzos del siglo XX para seguir promoviendo sus valores y objetivos
originales. El fin de Democracy and Education no consiste tanto en
demostrar la superioridad objetiva de la forma de vida democrática sobre
cualquier otra, sino en hacer explicable la concepción de la educación
adecuada par las democracias liberales de verdad preocupadas por
permanecer fieles a su propia imagen. Si las sociedades democráticas
liberales carecen de este tipo de preocupación, es decir, si no están lo
bastante comprometidas con la promoción de los valores y objetivos que
proclaman, el tipo de educación democrática propuesto por DEWEY adolecería
de la falta de una condición necesaria para su efectiva aplicación práctica.
Pero esto no indicaría una debilidad de las propuestas educativas de
DEWEY, sino la medida en que las modernas democracias liberales no viven
de sus propios principios e ideales democráticos.
Así, la conclusión
final es que la filosofía de la educación de DEWEY debe contemplarse
ahora como un ejemplo de principios del siglo XX de lo que debe ser una
filosofía de la educación en una sociedad democrática madura y
postmoderna de finales del siglo XX; una sociedad que es "democrática"
precisamente porque por fin ha reconocido que tiene libertad para hacerse
y rehacerse sin recurrir a verdades universales extraídas de alguna
autoridad externa. Ahora, podemos "reconstruir" Democracy and
Education de manera deweyana como un texto postmoderno que habla de la
visión emancipadora de la educación de la Ilustración de una forma que
prevé la aparición de muchas ideas postmodernas: la formación abierta
del sujeto humano; la contingencia de las normas y valores democráticos;
la futilidad de las ideas utópicas acerca de un yo predeterminado y
prefabricado; la convicción de que no hay corpus de conocimiento
"objetivo" que trascienda el contexto histórico que le da
sentido y significación. En consecuencia, Democracy and Education,
en un plano verdaderamente postmodernista, pronostica la aparición de una
estrategia educativa "desfilosofizada" o "posfilosófica"
que reconoce que cualquier visión del papel de la educación en una
democracia liberal tendrá que fundarse en premisas muy diferentes de las
propias de la Ilustración. Al formular dicha estrategia, habrá que
abandonar antiguas certidumbres y plantearse nuevas preguntas. En términos
educativos, ¿qué se deriva de la convicción de que la tradición democrática
liberal es abierta e indeterminada y por tanto, está sujeta a la
reinterpretación y reestructuración al pasar de un contexto histórico a
otro? ¿Acaso no defendemos ahora mejor la democracia, al multiplicar y
extender las prácticas educativas democráticas, que dando una educación
democrática con un fundamento racional? ¿Qué consecuencias educativas
tiene el conceder que la idea del individuo como portador de derechos
democráticos universales se ha convertido ahora en un obstáculo para el
desarrollo futuro de las instituciones y prácticas democráticas? ¿Tiene
algún fundamento la idea de que la educación sólo puede desempeñar su
papel democrático si está sometido al control central del Estado? ¿Tiene
algún sentido equiparar las aspiraciones democráticas con la idea de un curriculum
común, basado en una cultura común y unificado por una única visión
del bien común?
Con excesiva
frecuencia se supone que el postmodernismo nos obliga a desentendernos de
estas cuestiones, a desprendernos de nuestros valores educativos
emancipadores y a despreciar la visión democrática creada por la
Ilustración como si no fuese más que un sueño utópico. Aunque DEWEY
comparte la crítica postmodernista del racionalismo y universalismo
abstractos de la Ilustración, su preocupación por los peligros de la
fragmentación social y su convicción de que la libertad individual
presupone el tipo de relaciones sociales que definen la forma de la vida
democrática, pone igualmente de manifiesto que DEWEY, se opondría al
tipo de laissez-faire cultural descoordinado que a menudo parece
suscribir el postmodernismo. Por tanto, es evidente que la verdadera
significación de la filosofía de la educación de DEWEY no se queda sólo
en ser una precursora precoz de la filosofía "postmoderna" de
la educación, sino que nos permite prever la aparición de una filosofía
post-postmoderna de la educación que nos facilitará el volver a
plantearnos cuestiones fundamentales sobre la relación entre la educación
y la democracia, en vez de desentendernos de ellas, el reconstruir
nuestras tradiciones educativas ilustradas, en vez de deshacernos de
ellas, y no mirar el postmodernismo como una amenaza a la educación
emancipadora, sino como una ayuda indispensable para la consecución
futura de sus objetivos.
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