Introducción
Como
elemento previo al desarrollo temático propuesto parece
imprescindible abordar el enfoque epistemológico que
utilizaremos.
Coincidimos
con Emilio Tenti Fanfani
cuando plantea que en el campo de las ciencias
sociales en general se ha registrado una división del trabajo
entre la sociología y la historia. Ambas disciplinas han
reivindicado con éxito su autonomía y manifestaciones concretas.
Pero, nos advierte citando a Jorge Luis Borges, que “toda
clasificación del universo es arbitraria y conceptual”. Los límites
que distinguen las disciplinas no tienen un origen exclusivo en
una supuesta ‘naturaleza de las cosas’. Son límites
instituidos —basados en ciertos criterios reales— y una vez
instituidos, muchas veces adquieren sanción legal. La división
del trabajo epistemológico entre historia y sociología no es una
excepción: también tiene su secuencia legitimadora. Aun así,
sostendremos la posibilidad de que esos límites acaben y de
cuestionar la racionalidad y productividad de esta división del
trabajo de generación de conocimiento científico sobre el mundo
social entre la historia y la sociología y, al mismo tiempo, de
formular un alegato en favor del desarrollo de una ciencia social
capaz de integrar el análisis estructural y el genético.
Las
historias de la educación clásicas privilegian la historia de
las ideas o paradigmas pedagógicos. En ellas predomina el
principio explicativo temporal de ciertos sistemas de ideas, de
ciertas concepciones acerca del deber ser de la educación. Las
instituciones, los acontecimientos, las relaciones socioeducativas
se explican por la influencia temporal de los sistemas de ideas
sobre las prácticas humanas.
Por
otro lado, la sociología no se ha interesado mucho por el examen
genético de las variadas y cambiantes formas y prácticas
educativas. Ha prevalecido la tendencia a una teoría del modelo
(“constructos mentales, un conjunto de elementos ligados por su
congruencia lógica interna”). Es probable que el modelismo, el
esquematismo, sea un efecto de la academia, una consecuencia lógica
de la necesidad de comunicar y facilitar el aprendizaje. El
peligro es tomar este recurso comunicacional como sustituto de la
realidad. La teoría, a diferencia del modelo, está siempre históricamente
determinada; sus componentes, categorías e hipótesis remiten
siempre a necesidades y relaciones sociales, situadas en el tiempo
y el espacio. Artiular la mirada sociológica y la mirada histórica
supone hacer una genealogía de las instituciones. La mejor
producción sociológica contemporánea (Bourdieu, Giddens, Elías)
recupera y desarrolla este enfoque que consideramos clásico
porque es el que dio Durkheim. Bourdieu advierte:
|
...basta
observar que toda acción histórica pone en presencia dos
estados de la historia (o de lo social): la historia en
estado objetivado, es decir la historia acumulada a lo
largo del tiempo en las cosas, máquinas, edificios,
monumentos, libros, teorías, costumbres, derechos, etc.,
y la historia en estado incorporado, transformada en habitus
|
La
idea central de Elías es que existe cierta correspondencia entre
las formas que adopta el fenómeno de las interdependencias
humanas y los modos de acción y pensamiento de los hombres. Las
primeras se plasman en configuraciones sociales (estado, escuela,
escuelas normales, etc). Estas instituciones sociales, modos de
relación social, a su vez, influyen sobre la transformación del habitus
humano o psíquico de los individuos. Ambos niveles de la realidad
social mantienen relaciones de interdependencia. Giddens, en el
mismo sentido, propone reemplazar el dualismo (‘sujeto y
estructura’, ‘voluntad y determinismo’, ‘subjetividad y
objetividad’) por el concepto de dualidad de la estructura:
“las estructuras son al mismo tiempo un medio y un resultado de
la reproducción de las prácticas. Las estructuras entran simultáneamente
en la constitución del agente y en las prácticas sociales.” La
reconstrucción de la lógica de la génesis y desarrollo de las
instituciones educativas no es una tarea exclusiva de una
disciplina científica en particular ni amerita la creación de
nuevas disciplinas especializadas. Lo que corresponde es una
mirada integradora, no fragmentaria, desde lo que consideramos una
ciencia social histórica.
Desde
este ángulo, en consecuencia, intentaremos abordar el tema
propuesto con una visión integrada de lo ideológico y de lo sistémico
en educación. Por lo tanto, no será tan abarcadora como si
viniera con el enfoque de la historia de las ideas pedagógicas en
forma exhaustiva y estará sesgada por una visión que relacione
los grandes momentos de construcción social en cuanto a producción,
institucionalización, etcétera.
Los
sistemas educativos y su articulación con los contextos históricos,
culturales y económicos
Si
observamos históricamente estas relaciones podemos advertir tres
grandes momentos:
a)El
primero se extiende a lo largo casi de un milenio, desde las
culturas y la producción nómadas hasta la vida y cultura
sedentarias; no se conformaron sistemas educativos sino modelos de
educación de los cuales el más acabado —para Santoni Rugiu—
fue el del artesanado del medioevo porque conjugó la educación
integral del individuo como trabajador e integrante de un
imaginario espiritual característico. A partir de allí, con el
mercantilismo, se empieza a desintegrar la organización social
existente y emerge la burguesía como clase social dominante con
nuevas estructuras e instituciones sociales y nuevas relaciones
con el mundo del trabajo.
b)
Al final del periodo anterior, en el siglo xix, se consolida
el segundo momento que se extendió a lo largo de un siglo.
En él ocurre el advenimiento de la civilización industrial,
basada en los grandes descubrimientos de la energía moderna. El
lapso de los cambios es generacional: los hijos ya no hacen el
trabajo de los padres. La escuela capitalista prepara a las nuevas
generaciones para realizar un trabajo muy diferente al que hacían
sus padres. La diferencia no se mide sólo en conocimientos y
competencias técnicas sino en culturas: el uso del tiempo y el
espacio, modelos de interacción, el uso del propio cuerpo y cómo
se relaciona con él cada individuo, etcétera.
c)
El último momento es el actual. A finales del siglo xx se acelera
el cambio social, los avances de la ciencia y la tecnología
transforman el campo de las comunicaciones, de la vida cotidiana,
del empleo; aparecen problemas globales como las pandemias, la
preocupación por el deterioro ambiental, etc. El cambio
fundamental se produce en el campo de la producción que de
industrial y transformadora de materias primas —energía
mediante— se desplaza al campo de lo simbólico: la producción
de conocimiento. Los cambios ocurren en el lapso de una misma
generación; una misma persona tendrá, probablemente, que cambiar
los modos de hacer las cosas en el transcurso de una vida (una o más
veces) debiendo realizar trabajos totalmente renovados.
Esto
supone un gran desafío para los sistemas de aprendizaje, tanto
escolares como no escolares.
En
la actualidad, en materia de trabajo las tendencias son: escasez
de trabajo formal, pleno y estable (con duración determinada);
desalarización y crecimiento del empleo autónomo; individuación,
pero de trabajo abstracto a trabajo concreto.
Todas
estas tendencias interrelacionadas suponen que los productores
deben poseer nuevas cualidades tales como: creatividad, cooperación,
iniciativa, implicación, cálculo, visión sistémica, abstracción,
entre otras. La escuela capitalista fue —y sigue siendo—
disciplinadora, homogeneizadora, estandarizadora, regulatoria,
burocrática, formal y formalizadora porque su misión era
civilizadora. Lo instituido sobrevive a las condiciones sociales
que presidieron su origen. Lo que en un momento fue racional, hoy
se vuelve obsoleto y sin demanda social. Por eso el problema de la
calidad de la educación hoy es doble: además de aprender poco,
los niños aprenden cosas inútiles.
Esta
mirada general nos aporta un marco sobre el que ahora podemos
empezar a profundizar.
Los
sistemas educativos nacionales nacen y se consolidan en el siglo
xix —a más tardar a principios del siglo xx— en todo el
mundo. Cada estado-nación consolidado, legisla sobre la instrucción
pública y genera centros educativos que llegan a todos los
confines de sus territorios, especialmente en lo que tiene que ver
con la educación primaria. La escuela pública es universal,
gratuita, obligatoria y, en algunos casos, laica o
extraconfesional; se extiende por todo el territorio de las
naciones y su objetivo es la ‘educación del ciudadano’ y la
homogeneización de los distintos grupos sociales, étnicos, lingüísticos,
etc. Paralelamente se empiezan a desarrollar las escuelas normales
que proveerán la formación magisterial a quienes deban ejercer
la docencia en esos centros. En los países más avanzados
se inicia el desarrollo del nivel secundario separándolo de la
universidad, pero éste no alcanza el de la escuela primaria.
Generalmente se limita a preparar a los hijos de los burgueses
para el acceso a la universidad, con cierta especialización y carácter
propedéutico. La universidad, institución nacida en la Edad
Media, alcanza nuevos niveles de desarrollo organizativo e incluso
de objetivos, pero sigue siendo centro de alta cultura y de
naciente producción intelectual, a la que sólo acceden los
hijos de las élites nacionales.
El
contexto educativo del siglo xix está íntimamente ligado a los
acontecimientos políticos, sociales y económicos de la época.
La Revolución Industrial —que se había iniciado en el siglo
anterior— se desarrolla intensamente y da lugar a la concentración
de grandes masas de población. La revolución política, que
también nació en el siglo anterior, consolida el triunfo del
parlamentarismo y genera la necesidad de educar al ‘pueblo
soberano’, al ciudadano. Existe un verdadero esfuerzo por
consolidar la realidad educativa nacional y se producen
enfrentamientos políticos partidistas que tratan de plasmar sus
ideologías (conservadores vs. progresistas, reaccionarios vs.
liberales) en los sistemas educativos nacionales y de apoderarse
de la educación para sus fines. En esta lucha participan además
del estado y sus componentes políticos (gobiernos, partidos,
etc.) la familia y las iglesias.
Entre
1800 y 1870 —periodo en el que se consolidan los sistemas
educativos nacionales de Europa y América— hay países que
logran imponer la idea de que la educación es un asunto de estado
(países germánicos y latinos), mientras otros la consideran una
función social (países anglosajones). Se establecen también
diferentes formas de organización: sistemas centralizados y
sistemas municipalizados.
Las
ideas pedagógicas que acompañaron la consolidación de los
sistemas educativos provienen de tres grandes corrientes ideológicas:
-
Pedagogía idealista: Hegel,
Fichte, Froebel.
-
Pegagogía realista: Herbart y
el nacimiento de la pedagogía como ciencia, como
construcción teórica peculiar.
-
Pedagogía positivista:
Spencer y la idea de progreso.
A
estas grandes corrientes, que podríamos definir como la pedagogía
clásica o tradicional, las podemos caracterizar por:
-
Poseer métodos expositivos,
cuya concreción formal la podemos encontrar en los cinco
pasos formales de Herbart, inductivos, intelectualistas,
centrados en el profesor, memorísticos, directivos,
racionalistas.
-
Valorar el conocimiento y el
rigor lógicos: métodos de la ciencia que generaron
mentes y obras como las de Newton, Darwin y Marx.
-
No ser deudoras del
pensamiento feudal sino que, por el contrario, combatieron
ese orden social y la concepción aristotelicotomista que
lo legitimaba.
Posteriormente, y como contraposición lógica
en el desarrollo de la ciencia pedagógica, empezaron a aparecer
nuevas corrientes que participaron activamente en la consolidación
y el desarrollo de los sistemas educativos. A fines del siglo xix
y comienzos del siglo xx se empieza a consolidar un conjunto de
corrientes que agruparemos como las de la Escuela Nueva. Estas
corrientes reciben aportes científicos novedosos como los de la
psicología, que pone de relieve temas como la propia consideración
de la infancia como una etapa característica, la posibilidad de
medición de las competencias de los individuos mediante tests,
etc. Evidentemente la construcción de estos aportes no es tan
lineal y ya encontramos algunos disensos y visiones rupturistas a
las líneas pedagógicas tradicionales en autores como Rousseau,
Froebel y el propio Dewey, pero este último ya incluido en la
nueva corriente emergente y considerado como su autor paradigmático.
Las características del llamado Movimiento de la Escuela Nueva
son:
-
valoración de la actividad,
-
consideración del individuo,
-
participación,
-
coeducación,
-
educación manual,
-
promoción de la investigación,
-
desarrollo de la creatividad,
interdisci-
plinariedad,
-
flexibilidad,
-
libertad...
La relación entre estas dos
pedagogías no ha sido simple; por el contrario, ha sido
compleja, contradictoria, dialécticamente contrastada a lo
largo de la práctica, sin embargo, ambas sobrevivieron y continúan
actuando en la realidad educativa actual con bastante fuerza.
Con
esto no queremos decir, de ninguna manera, que no se hayan
construido ideas pedagógicas nuevas en el siglo xx. Incluso
algunas de ellas deben citarse especialmente por el hecho de haber
introducido al campo pedagógico elementos nuevos. Uno de los
aportes más notorios ha sido el que provino de la Educación
Fundamental, que tuvo que ver con el desarrollo de comunidades a
partir de la toma de conciencia de que existían condiciones de
pobreza en los países que necesitaban de intervenciones pedagógicas
peculiares, y la pedagogía de Paulo Freire que aportó una nueva
mirada, desde los oprimidos y marginados, al campo de la educación.
Otro
elemento por considerar es que el desarrollo de los sistemas
educativos occidentales no fue tan lineal y que tuvo
peculiaridades emergentes de los diferentes contextos económicos,
sociales e históricos. Incluso convendría echar una atenta
mirada al desarrollo latinoamericano que dio nacimiento a
realidades muy disímiles y que nos permite hacer
regionalizaciones amplias, pero a veces útiles para el análisis:
hay regiones que tuvieron un desarrollo de tipo europeo, otras
regiones tuvieron sistemas excluyentes de grandes grupos económicos,
étnicos y raciales, incluso por razones idiomáticas insalvables.
Otros países tienen desarrollos mixtos tan intensos que casi ya
no se podría hablar de un gran sistema educacional, sino de
varios que coexisten . En algunos casos, al margen del sistema
formal estatal se ha desarrollado un conjunto de prácticas pedagógicas
que no son informales porque incluso reciben apoyos estatales pero
que resuelven el tema organizacional y curricular de acuerdo con
grupos sociales demandantes. Es lo que se conoce como el
movimiento de educación popular, de intenso desarrollo en algunos
países centroamericanos. En algunos casos estos esfuerzos
constituyen realmente el verdadero ssistema educativo nacional.
Así
llegamos a la actualidad, cuando la construcción teórica de las
ideas pedagógicas está probablemente más alterada que nunca.
Alain Touraine (1993) dice que:
|
...la escuela
debe construir un lugar de ruptura con el medio de origen
y de apertura al progreso, a un tiempo por el conocimiento
y la participación en una sociedad fundada sobre
principios racionales. El enseñante no es un educador que
intervenga en la vida privada de los niños, que no deben
ser más que alumnos; es un mediador entre ellos y los
valores universales...
|
¡Utópico!
Y claro, porque de ese mensaje universalizador quedaron fuera,
desde el principio, colectivos importantes como las mujeres, los
indígenas y cuantas minorías no pudieron hacer oír su voz en la
configuración del relato objetivado de la cultura que va a quedar
fijado en el currículum.
La
contraposición entre el liberalismo y el reformismo o progresismo
social es básica para entender las interpretaciones, hoy
enfrentadas, de lo que tiene que ser el programa básico de la
educación, desechadas las posiciones extremas. Con los defectos
de toda simplificación, las dos posiciones ideológicas y políticas
en pugna mantienen concepciones diferenciadas del programa de la
modernidad, de los tipos de cultura que deben reproducirse y hacia
dónde se debería construir el futuro:
-
Las posiciones progresistas
han adoptado una actitud crítica hacia la herencia
cultural, detectando y denunciando sus sesgos culturales
de clase social. Defienden que cada individuo se apropie
de la más variada experiencia cultural codificada, frente
a la especialización de los individuos en tipos de
cultura.
-
El liberalismo aceptó la
accesibilidad universal a la educación como condición
social, pero reserva los ‘frutos más exquisitos’ de
la cultura para las élites y el resto queda con la
cultura inmediatamente útil, esa construcción llamada
‘cultura general’. La ideología neoliberal, de carácter
economicista, ni siquiera acepta el valor del acceso
universal a la educación.
Un respeto místico por el legado dejaría
el programa de la modernidad preso del pasado. La veneración por
el legado cultural y por sus textos, recuperados por los
obsesivos del canon cultural ‘corrector’ y elitista
(Boom,1987) podría imposibilitar el acceso del sujeto a la
cultura dignificante y frustrar así la apuesta moderna. En la
vertiente opuesta, una ponderación absoluta del alumno y de su
subjetividad dejaría presa a la educación de un naturalismo
inmanentista que, de forma tan clara, han representado algunas
experiencias educativas que dan valor relativo a los contenidos
culturales.
Dice
Gimeno: “La tradición ha estallado”, y en la fragmentación
del conocimiento hasta el conocimiento sobre la propia educación
ha sufrido la misma explosión desvertebradora de la especialidad
(Carr y Harnett, 1996), lo que impide que se tomen decisiones y
asuman por opciones sobre el conjunto de las situaciones. Con esta
fragmentación de la inteligencia, los modelos generales tienden a
oscurecerse y se desplaza la memoria colectiva, que comenzará a
recuperarse bajo las nuevas reivindicaciones de la identidad más
local.
De
dónde partir, entonces, para la reconstrucción del campo pedagógico?
¿Qué se está haciendo al respecto? ¿De dónde vienen la nuevas
ideas?
Es
claro que la disciplina que está colaborando activamente en la
reconstrucción del campo pedagógico es la sociología. Ella está
analizando las instituciones y relaciones sociales actuales, sus
interacciones con la educación y su tarea de integración social,
para brindarnos un nuevo marco teórico. Ese campo está todavía
en construcción, pero ya ha dado señales evidentes de su
esfuerzo teórico a través de aportes que no son producto de una
reflexión urgente sino de un análisis histórico y proyectivo a
la vez acerca de las tendencias de las instituciones sociales en
cuanto a desarrollo y las demandas que le están realizando a la
educación.
Para
adentrarnos en este nuevo conjunto de ideas sociopedagógicas
seguiremos a Giroux en su obra Teoría y resistencia en educación.
Una peagogía para la oposición (1995). El autor analiza críticamente
el conjunto de ideas reproductivistas que poblaron el campo a
partir de los 70 y plantea su punto de vista teórico generando un
análisis crítico de las teorías de la resistencia.
Su
problema es analizar cómo funcionan las escuelas en beneficio la
sociedad. Su enfoque es cómo el poder se usa para mediar entre
las escuelas y los intereses del capital, cómo se
utilizan los recursos materiales e ideológicos para reproducir
las relaciones sociales y las actitudes necesarias para sostener
las divisiones sociales del trabajo que se requieren para la
existencia de relaciones de producción. Una abrumadora preocupación
reside en la política y en los mecanismos de dominación.
Teorías
de la reproducción social y la problemática de la ideología y
el poder
Para
esta corriente, la escolarización representa el sitio social
principal para la construcción de subjetividades y disposiciones
y un lugar donde los estudiantes de diferentes clases sociales
aprenden las habilidades necesarias para ocupar sus lugares específicos
de clase en la división ocupacional del trabajo. Los teóricos más
importantes de esta corriente con Louis Althusser y los
estadounidenses Bowles y Gintis.
Althusser
intenta abordar cómo la fuerza de trabajo puede ser constituida
para llenar el material importante y las funciones ideológicas
necesarias para reproducir el modo de producción capitalista.
Ello depende tanto del uso de la fuerza como de la ideología.
Considera
tres momentos: la producción de valores que mantienen las
relaciones de producción; el uso de la fuerza y la ideología
para sostener a las clases dominantes en todas las esferas de
control; la producción de conocimienos y habilidades relevantes
para formas específicas de trabajo.
Los
principios que legitiman las sociedades capitalistas
industrializadas están enraizados en las prácticas de
autorregulación que consisten en: el aparato represivo del estado
(ejército, policía, tribunales, prisiones); los aparatos ideológicos
del estado (escuela, familia, estructura legal, medios de
comunicación masiva), los cuales tienen la determinación
principal para reproducir las sociedades capitalistas y entre
ellas se destaca la escuela. Son instituciones relativamente autónomas
en relación con la base económica pero a la vez tienen sus
propias y específicas prácticas y restricciones. Lo que la
escuela no hace es contrariar las bases del capitalismo.
Giroux
dice que para Althusser la ideología tiene dos elementos
fundamentales: la existencia material de rituales, prácticas y
procesos sociales que estructuran los trabajos cotidianos de la
escuela y no producen conciencia ni un pasivo y voluntario
acatamiento. Funciona como un sistema de representaciones,
llenando de significados e ideas que estructuran el inconsciente
de los estudiantes y los inducen a una relación imaginaria... con
sus condiciones reales de existencia. Este funcionamiento, dice
Giroux, es concebido como una forma reduccionista del poder y una
visión unidimensional de la intervención humana: una relación
adialéctica.
Bowles
y Gintis comparten con Althusser la noción básica sobre el papel
de la escolarización en sus dos dimensiones pero, en vez del
avasallador ‘aparato ideológico del estado’, dan una noción
de principio de correspondencia el cual propone que los patrones
jerárquicamente estructurados de valores, normas y habilidades
que caracterizan a la fuerza de trabajo y la dinámica de las
interacciones de clase bajo el capitalismo, están reflejados en
la dinámica del encuentro diario en el salón de clases. Estas
relaciones inculcan en los estudiantes las actitudes y
disposiciones necesarias para la aceptación de los imperativos
económicos y sociales de una economía capitalista.
Giroux
dice que esta postura supone un adulterado ‘constante ajuste’
entre escuelas y trabajo e ignora el papel de otros elementos como
la conciencia, la ideología y la resistencia en el poder de
escolarización. No ofrece herramientas para explicar cómo el
conocimiento es consumido y producido en la escuela y deja pensar
que los educadores pueden hacer muy poco. En resumen: ambas
posturas relegan la intervención humana a un modelo pasivo de
socialización que hace demasiado énfasis en la dominación,
mientras que ignora las contradicciones y las formas de
resistencia que también caracterizan a los sitios sociales
(escuela, trabajo, etc.). Además, ambas posturas enfatizan la
noción de reproducción social a expensas de la reproducción
cultural.
Teorías
de la reproducción social cultural
Éstas
empiezan, precisamente, en el punto donde terminan las anteriores.
El foco de su preocupación por los problemas del control social
se centra alrededor de un análisis de los principios que subyacen
en la estructura y la transmisión del campo cultural de la
escuela, como en la forma en que la cultura es producida,
seleccionada y legitimada. Sus representantes más importantes son
Pierre Bourdieu, Passeron —en un momento de su obra— y
Bernstein.
Pierre
Bourdieu y Passeron desarrollaron una sociología del currículum
que vincula cultura, clase y dominación, por un lado, y escuela,
conocimiento y biografía por el otro.
Parten
de la suposición de que las sociedades divididas en clases y las
configuraciones ideológicas y materiales sobre las que descansan
están mediadas y reproducidas, en parte, por lo que llaman la
violencia simbólica, esto es, un control de clase, pero como
sutil ejercicio del poder.
La
educación es vista como una fuerza social y política importante
para el proceso de reproducción de clase ya que aparece como
transmisora imparcial y neutral de los beneficios de la cultura
valiosa lo que hace que promueva la desigualdad en nombre de la
justicia y la objetividad.
Los
conceptos de capital cultural y habitus son
centrales en este análisis. El primero se refiere, por un lado, a
los diferentes conjuntos de competencias lingüísticas y
culturales que heredan los individuos por medio de límites
establecidos debido a la clase social de sus familias. La clase y
el poder se concretan con la producción cultural dominante
no sólo en la estructura y en la evaluación del currículum
escolar sino también en las disposiciones de los oprimidos,
quienes participan activamente en su propio sometimiento.
Esto
se explica mejor a partir de la noción de habitus, que son
las disposiciones subjetivas que reflejan una gramática social
basada en la clase respecto del gusto, conocimiento y conducta
inscritos permanentemente en el ‘esquema del cuerpo y esquemas
del pensamiento’.
El
sistema de violencia simbólica no se impone mecánicamente sino
que es reproducido debido a que el habitus gobierna las prácticas.
Giroux
dice que la noción de habitus sofoca la posibilidad de
cambiar socialmente y que se descuida la posibilidad de que el
pensamiento reflexivo pueda conducir a prácticas sociales
restructurantes de las disfunciones. Por otra parte opina que la
ideología —valores, significados y códigos— es tratada como
si pudiera existir fuera de una teoría de lucha e imposición,
por lo que se excluye la naturaleza activa de la resistencia.
Finalmente, conceptos como capital o clase no son categorías estáticas
sino cambiantes y estas oposiciones no aparecen en el análisis de
Bourdieu.
En
el centro del análisis de Basil Bernstein sobre la educación se
encuentra la teoría de la transmisión de la cultura. El currículum,
la pedagogía y la evaluación constituyen sistemas de mensajes
cuyos principios estructurales subyacentes representan formas de
control social enraizadas en la sociedad más amplia. Las escuelas
contienen un código institucional que organiza las formas en que
la autoridad y el poder median en todos los aspectos de la
experiencia escolar. El código educacional dominante en las
tipologías de Bernstein es un código de colección o un código
integrado, cuyos significados están directamente conectados con
conceptos de clasificación y estructuración. La clasificación
se refiere “no a lo que es clasificado sino a la relación de
contenidos”. En otras palabras, a la fortaleza y debilidad en la
construcción y matenimiento de los límites que existen entre las
diferentes categorías, contenidos y cosas por el estilo. La
estructuración se refiere a la relación pedagógica en sí misma
y al problema de cómo el poder y el control son conferidos y
mediados entre maestros y estudiantes. Se refiere al “grado de
control que el maestro y el alumno poseen respecto de la selección,
organización, ritmo y regulación del tiempo de conocimiento
transmitido y recibido en la relación pedagógica”.
Cada
uno de estos conceptos pueden ser fuertes o débiles; por ejemplo:
el código de colección se refiere a una fuerte clasificación y
estructuración y puede tomar la forma de un currículum
tradicional con límites rígidos. Un código integrado se
caracteriza por una clasificación y estructuración débiles y
representa un currículum en que los sujetos y las categorías
llegan a ser más integrados y las relaciones de autoridad más
negociables y abiertas a modificaciones. Ambos códigos están
atados a formas de reproducción social aunque Bernstein considera
que el código integrado contiene más posibilidades para una
pedagogía progresista.
Bernstein
ha intentado conceptualizar características estructurales que
vinculan a las escuelas con el modo de producción al tiempo que
reproducen las relaciones de clase. Él rechaza que haya una
correspondencia entre ellos pero tiende a asumir que sin tomar en
cuenta la forma de control social se perpetúan los tipos sociales
porque subyacen en el modo existente de su producción.
De
todos modos, minimiza el tema de la resistencia y lucha
contrahegemónicas.
Más
allá de las teorías de la reproducción social y cultural
Tomando
los conceptos de conflicto y resistencia como puntos de partida
para un análisis, estos estudios han buscado redefinir la
importancia de poder, ideología y cultura como construcciones
centrales para emprender las complejas relaciones entre la
escolarización y la sociedad dominante. La teoría toma su forma
en la práctica, pero su valor real reside en su habilidad para
ofrecer la reflexión necesaria a fin de interpretar la
experiencia concreta que es objeto de investigación. La
teoría nunca puede ser reducida a la práctica porque la
especificidad de la práctica tiene su propio centro de gravedad
teórica y no puede, a su vez, ser reducida a una fórmula
predefinida. La batalla real estará sobre los marcos de
referencia usados, por lo que es al terreno de la contestación de
la teoría a donde debe ser conducido el debate.
Los
estudios neomarxistas acerca de la resistencia han realizado un
servicio teórico al reinsertar el trabajo empírico dentro del
marco de referencia de la teoría crítica. Lo que es
significativo es que, al señalar las brechas y tensiones que
existen en los sitios sociales como las escuelas, socavan las teorías
de la reproducción que soportan un ‘constante ajuste’ entre
las escuelas y el lugar de trabajo. La cultura no es reducida a un
análisis sobredeterminado y estático del capital cultural
dominantes como lenguajes, gusto cultural y modales. En vez de
eso, la cultura es vista como un sistema de prácticas, una forma
de vida que constituye y es constituida por una interacción dialéctica
entre la conducta específica de clase y las circunstancias de un
grupo social particular y los poderosos determinantes ideológicos
y estructurales de la sociedad amplia.
A
través de la lectura semiótica del campo cultural se hace
posible analizar los elementos contrahegemónicos y cómo se
incorporan dentro de la cultura para ser desmantelados de sus
posibilidades políticas.
Willis
resume esta posición cuando dice:
| Debemos
interrogar a las culturas, preguntar cuáles son las
preguntas que faltan y que a ella contesten; probar la red
invisible del contexto, preguntar qué proposiciones
invisibles y sorprendentes, no dichas, son asumidas en las
formas externas de la vida. Si podemos proveer premisas,
dinámica, relaciones lógicas de respuestas que no
parecen muy teóricas y meramente vividas como culturas,
entonces descubriremos una política cultural. |
Incluso,
más que ver a la cultura como un simple reflejo de la hegemonía
y la derrota, han aclarado que éste es un proceso cultural que
tanto incluye como reproduce relaciones antagónicas vividas.
Sostienen, además, que las escuelas son sitios sociales que
contienen niveles de determinación y especificidad únicos y que
mantienen peculiares relaciones con la sociedad. Finalmente,
profundizan la noción de autonomía relativa de las escuelas lo
cual permite señalar momentos reproductivos y momentos no
reproductivos que constituyen y sostienen la noción crítica de
la intervención humana. La crítica de Giroux apunta a las
debilidades que encuentra en las teorías de la resistencia: falta
de conceptualización adecuada de la génesis de las condiciones
que promueven y refuerzan los modos contradictorios de resistencia
y lucha. No todas las conductas de oposición tienen un
‘significado radical’ ni tiene como base una reacción a la
autoridad y la dominación. Generalmente existe un conjunto de
intereses subyacentes que conviene develar, descubriendo cómo es
mediada y articulada dentro de las instituciones de la vida
cotidiana y de las experiencias vividas que constituyen los grupos
de oposición bajo análisis.
La
segunda de las debilidades es no tomar suficientemente en cuenta
los problemas de género y raza.
La
tercera parece venir del apego inexplicable a la definición de
resistencia como a un modo de estilo apolítico.
La
cuarta es que las escuelas no sólo reprimen las subjetividades
sino que están activamente involucradas en su producción. El
capital cultural de la clase trabajadora no es una sola entidad
sino que contiene una gran diversidad. Olvidar esto constituye una
lectura romántica de los grupos subordinados y mistifica la dinámica
de las ideologías y estructuras hegemómicas. En quinto lugar,
las teorías de la resistencia no han brindado suficiente atención
al problema de cómo afecta la dominación a la personalidad
misma: se ha relegado el problema de la construcción de las
necesidades, deseos, del propio cuerpo, etc. Sin una teoría con
necesidades radicales y una psicología profunda, los educadores
no tienen forma de comprender el control y la fuerza de las
estructuras sociales alienantes ni la forma en que se manifiestan
los aspectos vividos y con frecuencia no discursivos de la
realidad cotidiana.
Hacia
una teoría crítica de la resistencia
Giroux
propone algunos elementos para este abordaje teórico:
1)Noción
dialéctica de la intervención humana como portadora de
resistencia y cuyas categorías de análisis son la
intencionalidad, la conciencia, el significado del sentido común
y el valor de comportamiento no discursivo.
2)El
concepto de poder foucaultiano como estructurante de las
relaciones de dominación y autonomía, a partir del cual se
buscará en las conductas de resistencia la noción de libertad.
3)Considerar
la resistencia radical como una categoría portadora de crítica y
optimismo, lo cual debe partir de no considerar cualquier conducta
de oposición como verdaderamente potente para generar la reflexión
crítica y la acción reflexiva y, más aún, cuál es el grado de
posibilidades que soporta estimular la lucha política colectiva
alrededor de problemas de poder y determinación social
Como
principio educativo reside, en parte, en situar las nociones de
estructura e intervención humanas y los conceptos de cultura y
autoformación dentro de una nueva problemática que permita
comprender el poder de la escolarización, el conocimiento
educativo, los valores y las relaciones sociales, dentro de
un contexto de relaciones antagónicas vividas y que necesitan ser
analizadas dentro de las culturas dominantes y subordinadas que
caracterizan la vida escolar. El tema curricular, los mecanismos
de instrucción y de evaluación pasan a tener gran importancia.
Se subraya la necesidad de que los maestros descifren los límites
de los modos de producción del conocimiento y la cultura para
habilitar la crítica y nuevas formas de apropiación. Es, en este
sentido, que la formación docente debe generar intelectuales
transformadores, constructores de currículo, para poder hacer
frente al desafío que les presenta el nuevo marco histórico.
En
un artículo publicado en Cuadernos de Pedagogía, en
octubre de 1995 (“El profesorado del tercer milenio”), Jaime
Martínez Bonafé propone algunos ejes para abordar la tarea pedagógica
por parte de los docentes:
1) Ni cretinismo tecnológico
ni autoritarismo académico: autonomía para pensar el propio
pensamiento. La cuestión central estriba en el reto a los prácticos
para conquistar las posibilidades de elaborar conocimiento y
teorizar la práctica. Integrar de un modo coherente en la práctica
cotidiana lo que pensamos y lo que hacemos.
2) Expertos disciplinares o
personas cultas. Los eruditos en el banquete de Kant. Más allá
de la discusión de las herramientas conceptuales y metodológicas
con que el docente afronta su tarea diaria lo que propone
es la cuestión del bagaje cultural con que el maestro
—comensal en el banquete de Kant— sienta a su vez a
la mesa (‘placer y fuente de formación’) a otros
comensales más pequeños para ayudarles en la aventura de
reconstruir sus experiencias y conocimientos previos.
Sólo desde el espacio cultural, construido
a veces a partir de anónimos de esfuerzos colectivos, el elevado
mundo de las ciencias y de las artes tiene posibilidades de ser
conocido. En la sociedad informacional la educación no debe
perder la oportunidad de acudir a la raíz de los problemas
sociales y culturales para entenderlos, colaborar en
transformarlos y, a la vez, recostarse en las buenas prácticas y
teorías pedagógicas que nos hablan de un docente reflexivo que
trabaja en forma cooperaria.
3) Participación, evaluación y gobierno, o
la revitalización de la aventura democrática de la escuela.
4) Reconocerse/saberse como colectivo
(explicarse como sujeto colectivo). Este eje supone construir y
reconocer como fundacionales dos rasgos distintivos:
-
uno epistémico y ético:
favorecer los procesos educativos hacia la ciudadanía;
-
uno sociológico y crítico:
que se es actor de un colectivo laboral cultural, con sus
características peculiares (feminizado, empobrecido, con
baja autoestima) y que esos sesgos deben ser analizados
para ver qué códigos animan y cómo pueden superarse.