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PSICOLOGIA
DE LAS MASAS Y ANALISIS DEL YO Artículo:
Freud S, Psicología de las masas y análisis del yo, en Obras Completas,
Madrid, Biblioteca Nueva, 1968. En
este trabajo de 1921, Sigmund Freud analiza porqué las sociedades se
mantienen unidas, recurriendo a los conceptos de libido e identificación.
La gente permanece unida por lazos de amor inhibidos en su fin,
desexualizado o sublimado, y porque han elegido el mismo líder como ideal
del yo, se identificaron con él y por tanto se han identificado entre sí. Introducción La
psicología individual es desde un principio una psicología social, pues
en la vida anímica individual aparece siempre integrado el “otro”
como modelo, objeto, auxiliar o adversario. En psicología no sólo
estudiamos fenómenos narcisistas (que no involucran al “otro” o
eluden su influencia) sino también fenómenos sociales (los vínculos
interpersonales con familiares, etc.) La
psicología social o colectiva tiende a ver al individuo como parte de un
grupo amplio (casta, tribu, pueblo, institución) y menos como parte de un
grupo más restringido (familia). Se han intentado explicar los fenómenos
de masa (grupos amplios) a partir de un instinto especial de tipo social.
Pensamos que este factor numérico de grupos muy grandes no se explica por
sí solo este instinto social, por lo que nos quedan considerar dos
posibilidades: que dicho instinto social no es un instinto primario e
irreductible, y que su origen debemos buscarlo en grupos más pequeños,
por ejemplo la familia. El
alma colectiva, según Le Bon La
psicología colectiva se pregunta ¿qué es una masa?, ¿por qué medios
puede ejercer tanta influencia en cada individuo?, ¿en qué consiste esa
influencia, es decir, cómo modifica al sujeto? Para
Le Bon, por el solo hecho de integrar una multitud, los individuos
adquieren una especie de alma colectiva que, a pesar de sus diferencias
individuales, los hace obrar, sentir y pensar de manera distinta a como lo
harán de manera individual. La personalidad individual desaparece y cada
individuo empieza a actuar a partir de una fuerza inconsciente de tipo
social o colectivo. Queda así al descubierto una base inconsciente común,
nivelándose todas las diferencias. Le Bon intenta explicar este fenómeno
de masas por tres factores: liberación instintiva, contagio mental, y
sugestibilidad. En
la masa, el individuo puede liberar su instintividad refugiándose en el
anonimato y eludir su responsabilidad. Entendemos que esto no es un fenómeno
nuevo sino una mera exteriorización de una tendencia del inconciente
individual. Además,
en una multitud todo acto y sentimiento es contagioso, lo que para Le Bon
explica la homogeneidad de la masa. Este contagio no es más que una
consecuencia del tercer factor: la sugestibilidad. El individuo cae en un
estado similar a la de la fascinación hipnótica, donde su voluntad queda
abolida quedando a merced del hipnotizador. En suma, este autor propone
que el contagio mental deriva de la sugestibilidad, y esta a su vez de una
influencia hipnótica de incierto origen. Le Bon no dice de dónde
proviene esta, no dice quién sería el hipnotizador. Le
Bon compara la multitud con los hombres primitivos y los niños,
encontrando elementos en común: la multitud es impulsiva, versátil,
irritable, se deja llevar casi siempre por el inconsciente, es muy
influenciable y crédula, y va rápidamente a los extremos porque
reacciona sólo a estímulos muy intensos. Para influír sobre ella no nos
sirve el argumento lógico sino la repetición y la presentación de imágenes
llamativas. En la masa pueden coexistir tendencias opuestas sin entrar en
conflicto, cosa que ya hemos visto en niños y neuróticos. La
masa no busca la verdad sino la ilusión, y cree en el mágico poder de
las palabras. Todo esto también aparece en el neurótico, que privilegia
la fantasía sobre la realidad. Le
Bon dice además que la multitud necesita un jefe por su sed de obedecer,
jefe que debe tener ciertas cualidades: mucha fe para poder hacer surgirla
también en la multitud, una voluntad potente para imponerse, etc. Le Bon
atribuye a los jefes una cualidad llamada “prestigio”, o poder de
fascinar a los demás paralizando sus facultades críticas. Hay para Le
Bon un prestigio adquirido (en virtud de la riqueza, la honorabilidad, la
tradición, etc.) y un prestigio personal (que no todos tienen). Sea cual
fuese, el prestigio se mantiene sólo por el éxito, y sucumbe al fracaso.
Freud criticará esta concepción sobre los jefes de multitudes. Otras
concepciones de la vida anímica colectiva Freud
coincide con Le Bon cuando acentúa la vida anímica inconsciente, pero en
rigor no dice nada nuevo: antes de ello ya se había hablado de la
inhibición de lo intelectual y la intensificación de lo afectivo en la
multitud, e incluso del papel del inconsciente y de la comparación de la
masa con el hombre primitivo. Le
Bon aceptó ciertas objeciones, como la de que a veces la moral de la
multitud puede ser superior a la individual (por ejemplo en las
colectividades benéficas). Otros autores afirman que la sociedad impone
normas morales a los individuos pues éstos no pueden alcanzarlas por sí
solos. También se planteó que las grandes producciones intelectuales ni
habrían podido ocurrir en un individuo aislado. Tales contradicciones
derivan de confundir masas pasajeras con instituciones permanentes. Para
Mac Dougall las primeras no están organizadas (y las llama multitudes),
mientras que las segundas sí. La psicología colectiva debe poder
explicar qué es lo que enlaza a los individuos en una masa, y Mac Dougall
recurre para esto a un principio de inducción directa de las emociones
por medio de la reacción simpática primitiva. O sea un afecto provoca
otro similar en quien lo observa. Esta intensificación del afecto se
favorece porque da al individuo la sensación de mucho poder, y de
permitirle sortear peligros invencibles. Mac Dougall coincide en muchos
puntos con Le Bon respecto de las características antes indicadas de las
multitudes, pero agrega cinco factores que deben considerarse para pasar
de la multitud desorganizada a una organización social: (1) no debe ser
pasajera, sino más permanente; (2) cada individuo debe formarse una idea
de la naturaleza y finalidad de la multitud, lo que condicionará su
actitud afectiva hacia ella; (3) en la masa debe relacionarse con otras análogas
(aunque sea por rivalidad), pero manteniendo su peculiaridad; (4) la masa
debe tener una tradición y usos propios; (5) la masa debe estar
organizada, debe incluír una especialización entre sus miembros. Podemos
describir esta última característica de otro modo: crear en la masa las
facultades que tenía cada individuo (continuidad, conciencia,
tradiciones, etc.) antes de su absorción por la multitud. Tales
cinco condiciones harían desaparecer el defecto psíquico de la formación
colectiva. Sugestión
y libido La
intensificación de los afectos y el déficit intelectual producidos por
la influencia de la masa pueden quedar en parte neutralizados por una
superior “organización” de las masas, pero cuando no lo están,
debemos buscar una explicación adecuada, dice Freud. No
nos satisfacen los argumentos ni de Le Bon (los fenómenos sociales
obedecen a la sugestión recíproca de individuos y al prestigio del
caudillo), ni los de Mac Dougall (cuyo principio de la inducción equivale
en el fondo al de la sugestión). Estos autores, así como también
Bernheim, dejan traslucir que la sugestión es un fenómeno primario
irreductible, o sea la sugestión quedaría sin ser explicada. Nos
proponemos ahora , dice Freud, explicarlo recurriendo al concepto de
libido. Libido
es una cantidad de energía instintiva relacionada con el amor, o más
neutramente, con los afectos. Tal energía es originalmente de tipo
sexual, aunque después puede ser desviada hacia otros fines. Admitiremos
la hipótesis de que en la esencia del alma colectiva existen también
relaciones amorosas, ocultadas detrás de la llamada “sugestión”.
Consideramos dos ideas importantes: que la masa se mantiene unidad por la
fuerza del Eros, y además que cuando el individuo renuncia a su
individualidad dejándose sugestionar por otros, lo hace más por estar de
acuerdo con ellos (por “amor” a ellos), que contra ellos. Dos
masas artificiales: la Iglesia y el Ejército Iglesia
y Ejército son masas artificiales porque sobre ellas actúa una coerción
exterior que las preserva de la disgregación, encontrándose por ello
altamente organizadas y disciplinadas. En
ellas reina la misma ilusión: la presencia de un jefe visible (jefe del
Ejército) o invisible (Cristo) que ama igualmente a todos lo miembros de
la masa. De tal ilusión depende todo, hasta su misma existencia, y de
otro modo se disgregaría. El jefe es el padre que ama por igual a todos
sus soldados, y por ello éstos son camaradas entre sí; idénticamente
Cristo ama a su grey, siendo éstos todos hermanos entre sí. Ni siquiera
es preciso recurrir a nociones como “patria” para explicar la cohesión
del ejército. En
la masa artificial el individuo tiene entonces dos vínculos afectivos o
libidinales: con el Jefe, y con los restantes individuos. Esto nos
permitirá entender el porqué de la limitación de su personalidad y su
libertad, pues está sujeto a dos centros libidinales distintos. La
existencia de estos lazos afectivos se demuestra por ejemplo por el pánico
que se siente en el ejército cuando ya no se obedecen órdenes. Esto no
depende de un peligro exterior, ya que un ejército cohesionado no siente
miedo frente a graves peligros como una guerra. El individuo en una masa
que entró en pánico empieza a pensar sólo en sí mismo y en el
desgarramiento del lazo afectivo que antes lo mantenía sin experimentar
miedo. Así, son estos fuertes lazos afectivos los que mantienen la unidad
de la masa preservándola del pánico. Así
como en un individuo surge miedo por un peligro externo o por la ruptura
de lazos afectivos (angustia neurótica), así también en la masa surge
miedo ante un peligro que amenaza a todos o por la ruptura de los lazos
afectivos que la mantenían cohesionada (angustia colectiva). Vemos
entonces analogías entre ambos tipos de angustia. Basta la pérdida del
lazo afectivo con el jefe para que cunda el pánico, con lo cual además
se disuelven los lazos afectivos de los miembros entre sí. Lo mismo podría
ocurrir si se disgrega la masa religiosa. Aquí también los lazos
afectivos de amor son muy intensos, lo cual contrasta con la crueldad y la
intolerancia que manifiestan hacia otras masas fuera de la iglesia. Si hoy
en día no se ve tanta crueldad no es porque el hombre se dulcificó sino
porque se debilitaron los lazos afectivos dentro de la misma iglesia. Otros
problemas y orientaciones Los
lazos del individuo con el jefe son más decisivos (al menos para ellos
mismos) que los lazos de los miembros entre sí. El jefe siempre está ahí,
y puede ser una persona o una idea, en cuyo caso ésta será sustituto de
aquella. Antes
de ver si es realmente indispensable algún tipo de jefe en la masa,
examinemos primero los vínculos afectivos entre los miembros. Sabemos que
cuando dos personas mantienen vínculo estrechos o íntimos, si bien
existe hostilidad y agresión, ésta es reprimida. Cuando se trata de
personas extrañas (ciudades, tribus diferentes, razas, etc.) la
hostilidad se hace manifiesta, lo cual es una expresión del narcisismo
(“Los otros son distintos a mí, y esto lo siento como una crítica que
me hacen o una obligación para que yo cambie”). No obstante, en las
masas cohesionadas se toleran las diferencias entre los miembros, lo cual
sólo puede ser explicado por la presencia de lazos libidinales que
restringen al narcisismo. Este mismo hecho se pudo verificar en la práctica
analítica con pacientes. Concluímos entonces que las restricciones al
egoísmo narcisista que surgen en las masas son una prueba de que la
esencia de dicha formación colectiva reposa en los lazos afectivos que
establecen sus miembros entre sí. Tales lazos son instintos eróticos
pero desviados de su fin original, que era sexual. En los lazos afectivos
hay entonces una fijación de la libido a un objeto, cosa que podemos
vincular con otras dos temas tratados en el psicoanálisis: el
enamoramiento y la identificación. Los examinaremos, dice Freud, para ver
si nos ayudan a entender la psicología de las masas, y luego retornaremos
sobre este último tema. La
identificación Conocemos
la identificación como la forma más temprana de enlace afectivo a otra
persona, y está en la base del complejo de Edipo. El niño comienza
identificándose con su padre y simultáneamente o algo más tarde,
comienza a tomar a su madre como objeto de amor. Ambos enlaces afectivos
coexisten durante cierto tiempo sin interferirse, hasta que finalmente
confluyen: de esta confluencia nace el complejo de Edipo normal. El niño
advierte que su padre le prohíbe a su madre; la identificación adquiere
un matiz hostil y empieza a desear estar en el lugar del padre para estar
más cerca de su madre. Es una identificación ambivalente, pues coexiste
el cariño con la hostilidad. Como se ve, es una ramificación de la fase
oral, donde el sujeto incorporaba el objeto amado o ansiado, y así lo
destruía. Los caníbales por ejemplo han permanecido en esta fase oral:
comen a quienes aman. Puede
suceder que la identificación con el padre sea sólo el comienzo de tomar
al padre como objeto sexual (Edipo invertido). Esto mismo sucederá a la
hija respecto de la madre. Podemos entonces diferenciar su identificación
con el padre (quisiera “ser” como el padre), de la elección del mismo
como objeto sexual (es lo que se quisiera “tener”). La diferencia está
en lo si lo que interesa es el sujeto o el objeto, respectivamente. Puede
haber entonces identificación antes de haber una elección de objeto. En
un síntoma neurótico la identificación es más compleja. Suponemos que
la hija adquiere el síntoma de la madre: la tos. Tal identificación
puede venir de dos lugares: a) el deseo edípico hostil de sustituír a la
madre, con lo cual la tos expresa el sentimiento amoroso hacia el padre, o
b) por la influencia de la conciencia de culpabilidad, donde la tos
expresa lo que la hija debe sufrir y pagar por haber querido sustituír a
su madre. Puede
también ocurrir que la hija adquiera la tos de su padre (caso Dora): en
este caso la identificación ha ocupado el lugar de la elección de objeto
transformándose esta, por regresión, en una identificación. Vemos que
es frecuente esta regresión a una identificación, pero esta última es sólo
parcial, contentándose con adquirir sólo un rasgo de la persona-objeto. Aún
puede darse un tercer caso, frecuente y significativo, donde el síntoma
se forme por identificación con alguien con quien no hay lazo afectivo
tan directo. Por ejemplo la mujer que sufre un ataque de celos porque una
amiga tuvo el mismo ataque al advertir el engaño de su pareja. Se
identifica con su amiga, y no por mera simpatía, sino porque había algún
punto de contacto entre ambos yoes, que había permanecido reprimido. Estos
tres casos nos llevan a concluír lo siguiente: 1)
La identificación es la forma primitiva de enlace afectivo
a un objeto. 2)
Siguiendo una dirección regresiva, se convierte en
sustituto de un enlace libidinal a un objeto: el yo introyecta el objeto. 3)
La identificación puede surgir si hay algún rasgo en común
con la otra persona que no es objeto de sus instintos sexuales. Cuanto más
importante sea esta unión, más completa será la identificación
parcial, y construír así el principio de un nuevo enlace. Sospechamos
que este mismo proceso ocurre en los lazos afectivos de miembros de una
masa , y de ellos pespecto al caudillo. Podemos dar aún dos ejemplos
patológicos de introyección de objetos: la homosexualidad y la melancolía. En
la homosexualidad, el sujeto ha introyectado a la madre. Se identificó
con ella, lo que a su vez proviene del hecho de haber permanecido fijado
durante mucho tiempo a ella, y muy intensamente, desde el tiempo del
Edipo. En
la melancolía hay una identificación con el objeto perdido. Los
autoreproches del melancólicos se dirigen en el fondo hacia el objeto
perdido y representan la venganza que se toma el yo contra él. Vemos aquí
al yo dividido en dos partes, una de las cuales ataca implacablemente a la
otra. La parte actacante encierra la conciencia de moral, instancia crítica
que normalmente estaba ya antes del ataque melancólico, pero que por
entonces no era tan cruel. Dicha instancia es el ideal del yo (heredero
del primitivo narcisismo) que cumple las funciones de autoobservación,
conciencia moral, censura, etc. La distancia entre el yo y el ideal del yo
es muy variable según los individuos. Antes
de examinar la relación de estos temas con la psicología de las masas,
veamos previamente algunas otras relaciones entre el yo y el objeto. Enamoramiento
e hipnosis En
algunos casos enamorarse se entiende simplemente como revestir a un objeto
de interés sexual para lograr una satisfacción erótica, desapareciendo
luego con la consecusión de dicho fin. Este es el amor sensual, pero las
cosas no son tan simples. Durante los primeros cinco años, el niño
encontró en su madre su primer objeto de satisfacción sexual (y la niña
en su padre). La represión ulterior impuso un renunciamiento a estos
fines o a la mayoría de ellos, pasando a ser tales instintos “coartados
en sus fines” (ternura en vez de sexualidad). Con
la pubertad surgen los impulsos sexuales directos, y entonces pueden
ocurrir dos cosas: o bien éstos se mantienen aislados de los impulsos
coartados en sus fines (se ama a quien no se desea sexualmente, o no se
ama a quien se desea en tal sentido), o bien se hace la síntesis de amor
sexual o terrenal y amor espiritual o asexual (lo más frecuente). El
grado de enamoramiento lo medimos entonces por la parte de los instintos
coartados en sus fines (por oposición al simple deseo sensual). El
sujeto sobreestima sexualmente al objeto amado, lo sustrae a la crítica,
se ilusiona de que el objeto es amado también sexualmente por sus
excelencias psíquicas (en rigor es el placer sensual quien lo llevó a
atribuírle tales excelencias). Hay una idealización. Al objeto pasa una
cantidad considerable de libido narcisista, es decir el objeto sirve par
sustituír el ideal propio no alcanzado por el yo. Este ha quedado más
humilde, más sumiso, menos exigente y además minusvalorado: el objeto ha
devorado al yo o, más sintéticamente, el objeto ha ocupado el lugar del
ideal del yo. En
la identificación el yo se enriquece con las cualidades del objeto que
introyecta, pero en el enamoramiento, al contrario, se empobrece y
serviliza. No obstante, tal diferencia no se corresponde con los hechos,
pues podemos decir que en el enamoramiento el objeto fue también
introyectado por el yo. Lo esencial de la situación entraña otra
alternativa: la de que el objeto sea situado en el lugar del yo o en el
ideal del yo. Notamos
muchas coincidencias entre el enamoramiento y la hipnosis. En ambos casos
quedamos sumisos y humildes frente al otro, renunciamos a toda iniciativa
personal: el hipnotizador ocupó el lugar del ideal del yo. La diferencia
está en que en el enamoramiento hay la posibilidad de un fin sexual
ulterior. La formación colectiva (lazo del individuo con el caudillo en
la masa) es algo intermedio entre hipnosis y enamoramiento, porque es algo
colectivo y no bipersonal como en la hipnosis, y porque no incluye los
elementos sexuales del enamoramiento. Las
tendencias sexuales más duraderas son las coartadas en su fin, pues
cuando hay descarga sexual cada descarga va debilitando gradualmente la
relación. El amor sensual se extingue en la satisfacción, ya para durar
debe incluír componentes de ternura (coartados en sus fines). Si
bien la hipótesis es un proceso complejo y poco aclarado, podemos concluír
lo siguiente: la masa primaria (la que tiene un caudillo que aún no
adquirió las cualidades de un individuo) es una reunión de individuos
que han reemplazado su ideal del yo por un mismo objeto, a consecuencia de
lo cual se ha establecido entre ellos una general y recíproca
identificación del yo. El
instinto gregario Decir
que la masa quedó hipnotizada no resuelve nada, pues sobre la hipnosis
sabemos muy poco. La
masa, quedó dicho, no tiene iniciativa individual, hay una identidad con
los demás, está disminuído lo intelectual e intensificado lo afectivo,
y no puede moderarse. Todo esto representa una regresión a una fase
anterior, equiparable al salvaje o al niño. Tales caracteres regresivos
quedan atenuados en una masa artificial y más organizada. Por
otra parte recordemos que no sólo el caudillo hipnotiza a la masa, sino
que también hay una sugestión recíproca de los miembros entre sí. El
concepto de “instinto gregario” de Trotter puede ayudarnos a aclarar
esto. El
individuo se siente incompleto cuando está solo, por eso tiende a
agruparse en unidades más amplias. Es un insitinto primario e
irreductible a otros ( como también lo son según Trotter el de nutrición,
y el sexual). A veces entra en conflicto con los otros instintos pues el
instinto gregario se caracteriza por la consciencia de culpabilidad y el
sentimiento de deber. Coincidimos
con Trotter en que la sugestibilidad es producto del instinto gregario (y
no al revés), pero lo criticamos , dice Freud, porque atiende demasiado
poco el papel del caudillo: ¿para qué recurrir a él si ya el instinto
gregario explica por sí solo la reunión de la masa? En
los niños, cuando quedan solos y se asustan en vez de buscar reunirse, se
asustan todavía más en presencia de extraños, no mostrando ningún
instinto gregario hasta la época que va a la escuela. Aquí el niño
trata por igual a sus compañeros pues considera que nadie debe ser
tratado preferencialmente (traslada a la escuela la situación familiar
del hermanito nuevo). Lo mismo pasa con las admiradoras de un ídolo: en
lugar de rivaliuzar con ellas, se identifican entre sí por el igual amor
al mismo objeto. El compañerismo es entonces un intento de superación de
una envidia primitiva, es la transformación de un sentimiento
primitivamente hostil en un enlace positivo. La igualdad entre los
miembros de la masa se da sólo entre ellos , no con el jefe, , a quien
consideran superior. Corrigiendo entonces a Trotter, diremos que el
hombre, más que un animal gregario, es una animal de horda conducida por
un jefe. La
masa y la horda primitiva Freud
adoptó la hipótesis de Darwin de que la forma primitiva de la sociedad
humana fue una horda sometida al dominio total de un poderoso macho.
Luego, con su muerte violenta la horda paterna pasó a ser una comunidad
fraternal. Toda
masa humana es una regresión a la horda primitiva. ¿Qué características
tenía esta última? Podemos suponer que sus individuos tenían la ilusión
que el jefe los amaba por igual a todos, y que el jefe mismo no necesitaba
amar a nadie, pudiendo erigirse en dueño y señor narcisísticamente.
Este padre de la horda no era aún inmortal (luego lo fue por divinización),
y cuando murió lo reemplazó el hijo menor. Esto implica que se puede
explicar la psicología colectiva (jefe) desde la psicología individual
(el hijo menor había sido hasta entonces un individuo más de la masa).
Se nos ocurre al respecto la hipótesis de que el padre primitivo impedía
a sus hijos la abstinencia sexual (por celos e intolerancia) y como
consecuencia posibilitada los lazos afectivos primero entre él y los
miembros, y luego de los miembros entre sí. Pero
su sucesor podía permitir la satisfacción sexual, con lo que disminuyó
la importancia de los instintos coartados en su fin y consiguientemente
aumentó el narcisismo. Freud vuelve sobre esto más adelante. La
ilusión de la masa artificial de que el jefe ama por igual a todos no es
más que una transformación idealista de la horda primitiva donde los
individuos se sentían todos por igual perseguidos y atemorizados por el
jefe. El clan totémico reposa en esta transformación, que también
constituye la base de todos los deberes sociales. Vemos
aquí un símil con la hipnosis: el jefe hipnotizador controla con su
mirada al individuo, haciendo que este concentre toda su energía psíquica
en él. Cuando hipnotiza, hace retrotraer al sujeto a su herencia arcaica,
a su vínculo con su padre, que era una persona omnipotente y peligrosa a
la cual debía someter su voluntad. Tal debió ser la actitud del
individuo de la horda primitiva respecto de su padre. Vemos así la
afinidad de la masa actual con la horda primitiva: el caudillo es aún el
temido padre primitivo, y la masa está ávida de autoridad, de someterse
a él. Este convencimiento, para que haya sugestión, debe basarse en
lazos eróticos y no en la percepción o el razonamiento. En cambio en la
hipótesis puede quedar un cierta conciencia de que se trata de un juego,
una ficción.. Una
fase del “Yo” Hemos
visto cómo en la masa se esfuma lo individual, como el sujeto se masifica
renunciando a su ideal del yo y reemplazándolo por el ideal de la masa,
encarnado en el caudillo. Incluso los individuos que no encuentran en el
caudillo una completa encarnación de su narcisismo, son igualmente
arrastrados sugestivamente, vale decir por identificación. Por
tanto postulamos, dice Freud, una fase del yo: aquella que permite
explicar la masa desde la distinción entre el yo y el ideal del yo, y
desde el doble vínculo identificación y sustitución del ideal del yo
por un objeto exterior. Considerar esto es el primer paso del análisis
del yo. De
las muchas consecuencias que tiene esta hipótesis, veamos sólo una. Así
como no podemos mantener por mucho tiempo el nuevos estado creado por el
nacimiento y nos evadimo periódicamente hacia una esoñación
intrauterina, y así como el yo reprimido tampoco puede permanecer mucho
tiempo y debe experimentar, de cuando en cuando, una regresión. Por
ejemplo la violación periódica de las prohibiciones son el triunfo del
yo: hay aqupi una armonía de éste con su ideal del yo (pues la tensión
entre ambos generaría sentimientos de culpabilidad e inferioridad). Esto
explica el carácter cíclico de los estados afectivos: por ejemplo en el
maníaco el yo y el ideal del yo están confundidos, mientras que en el
melancólico están muy distanciados (el ideal del yo condena cruelmente
al yo). Los
estados cílclicos afectivos están también en las masas, y tanto aquí
como en los cuadros melancólicos quisiéramos saber si dichos estados
afectivos opuestos obedecen o no a causas exteriores. Hay accesos melancólicos
en donde sí se pierde realmente un objeto amado, de aquí la distinción
de Freud entre melancolías espontáneas y psicógenas, pero en ambos
casos se da siempre una periódica rebelión del yo contra el ideal del
yo. En las melancolías espontáneas el ideal del yo es muy severo, lo que
lleva al yo a tener que anularlo periódicamente. En las melancolías psicógenas
el yo es incitado a la rebelión por el maltrato de su ideal, en los casos
de una identificación con el objeto rechazado. Consideraciones
complementerias Examinaremos
aquí cinco perspectivas muy prometedoras. a)
Las masas artificiales estudiadas son buenos ejemplos de la
distinción entre identificación del yo y la sustitución del ideal del
yo por un objeto. La diferencia es que en el ejército identificarse con
el jefe con el jefe es algo ridículo, y en la iglesia se exige una
identificación con Cristo (por ejemplo, ama a los demás como Cristo la
hizo). b)
Podemos saber en qué momento del desarrollo psíquico de la
humanidad el individuo pasó de la psicología colectiva a la individual.
Un día todos se asociaron, mataron al padre y lo despedazaron, y
comprendieron que ninguno de ellos podía sustituírle. Contituyeron
entonces la comunidad fraternal totémica: todos con iguales derechos pero
todos sometidos a las prohibiciones totémicas que debían conservar el
recuerdo del crimen e imponer su exipiación. Este nuevo orden generó
también descontento, y se buscó el antiguo estado de cosas pero con un
nuevo plan: el hombre asumió la jefatura de la familia (no de todos)
acabando con el régimen matriarcal instaurado luego de la supresión del
padre. Como compensación reconoció las divinidades maternales. Pero esta
nueva familia no fue sino una sombra de la antigua pues, habiendo muchos
padres, quedaba limitada la libertad de cada uno por los derechos de los
demás . Esta privación decidió al individuo separarse de la masa y
asumir el papel de padre. Esto lo hizo el primer poeta épico en forma de
fantasía, al crear el mito del héroe. El héroe resultaba ser aquel que
sin auxilio había podido matar al padre aspirando así a suplantarlo, con
lo que crea el primer ideal del yo. El héroe quizá es el más joven de
los hijos, el preferido de la madre y el protegido por ella de los celos
paternos. Con estas fantasías la mujer dejó de ser premio de lucha y una
razón de asesinato, para pasar a ser instigadora y cómplice del mismo. Mediante
este mito el individuo se separa de la psicología colectiva, y es quizá
el primer mito del hombre. Tal mito termina en la divinizaciíon del héroe,
y es posible que este sea anterior al diod-padre y sea el precursor del
retorno al padre primitivo como divinidad. Por tanto habría primero una
diosa-madre, un héroe y luego un dios-padre. c)
Tanto la observación del niño como un examen analítico
ulterior pruebanla coexistencia en él de instintos sexuales directos
(quiere tener hijos con el padre) e instintos coartados en su fin
(ternura, etc.). Luego, en la latencia, sólo subsiste en forma manifiesta
la ternura, aunque los instintos sexuales están, pero reprimidos. Estos
últimos podrán luego reactivarse mediante una regresión. No
obstante, los instintos coartados en su fin conservan algunos fines
sexuales primitivos, pues también se buscan la proximidad corporal y la
visión de la persona amada. La sublimación implicada en los instintos
coartados en su fin tiene la ventaja que permite crear vínculos
duraderos, como ya fue explicado antes. Asimismo, de la ternura puede
surgir el lazo sexual, y viceversa. Las tendencias coartadas en su fin
pueden surgir de las sexuales cuando algún obstáculo interior o exterior
se opone a éstas últimas. La represión de la latencia es un ejemplo de
obstáculo interior. Otro factor es la intolerancia sexual del padre de la
horda primitiva hacia sus miembros, con lo que el instinto aquí pasa a
ser coartado en su fin. d)
Es así que entonces los instintos sexuales directos son
desfavorables para la formación colectiva. Primero hubo un amor
colectivo, que luego pasó a ser un amor entre dos solamente. Esto último
pone en tela de juicio el instinto gregario y el sentimiento colectivo:
caunto más enamorados estén ambos, más se bastan. El pudor y los celos
son expresiones de aversión al amor colectivo. Sólo cuando desaparece el
componente de ternura puede abrirse el camino hacia el amor colectivo (orgías). Muchos
hechos prueban que el enamoramiento es algo muy tardío en las relaciones
sexuales entre hombre y mujer. Al principio, una reacción producida por
el parricidio fue la exogamia totémica, o prohibición del sexo con
mujeres de la familia, amadas desde la niñez. Esto contribuyó a que aún
hoy se mantenga la escisión entre amor sexual y amor tierno, oblegándose
el hombre a relacionarse sexualmente con mujeres a las que no ama. El vínculo
sexual hombre-mujer está fuera de las masas artificiales. De hecho hmbres
y mujeres no están diferenciados como tales, aunque cuando las tendencias
sexuales directas del individuo sobrepasan cierto grado, la masa se
disgrega. El amor a la mujer rompe los lazos colectivos de raza,
nacionalidad, etc., siendo entonces un importante factor de civilización. No
sólo el amor sexual disgrega a la masa sino también la neurosis, pues
aquí queda la posibilidad del fin sexual directo dentro del instinto
coartado reprimido. Así, al aumentar la fuerza colectiva disminuyen las
neurosis y las relaciones sexuales hombre- mujer. El neurótico fantasea
su propia formación colectiva pues no puede incluírse en ninguna de
ellas. e)
Por último, sinteticemos nuestros conceptos sobre el
enamoramiento, la hipnosis, la formación colectiva y la neurosis. El
enamoramiento implica la existencia de instintos sexuales directos y además
coartados en su fin: sólo hay un yo y un objeto. En la hipnosis también
hay un yo y un objeto, pero reposa solamente en instintos coartados en su
fin, y coloca al objeto en lugar del yo. La
masa multiplica este proceso. También sustituye el ideal del yo por el
objeto, pero aquí se agrega la identificación con otros individuos.
Hipnosis y formación colectiva son residuos hereditarios de la filogénesis
de la libido humana. Ambas resultan de la sustitución de las tendencias
sexuales directas por las coartadas en su fin, lo cual favoreció la
separación del yo y del ideal del yo, separación ya iniciada en el
enamoramiento. La neurosis se separa de esta serie. Como la hipnosis y la formación colectiva, implica una regersión (lo que no pasa en el enamoramiento). La neurosis se produce cuando el paso del instinto sexual directo al coartado en su fin no se cumplió totalmente, generándose un conflicto entre ellos. La neurosis tiene un contenido muy rico, pues entraña no sólo las relaciones yo-objeto, sino también las relaciones yo-ideal yo.
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