Políticas y
Tendencias contemporáneas de la pedagogía (enfoques y corrientes)
La Distribución Social de
Responsabilidades y Actuaciones.
El Desarrollo Futuro de la Educación en América Latina
Simón Romero Lozano*
INTRODUCCIÓN.
Pensar el futuro y
tratar de preverlo, en un horizonte de tiempo razonable, para discernir y
orientar la acción del presente, se ha convertido en la sociedad
contemporánea en una necesidad. Ello ha dejado de ser un ejercicio raro
de orden teórico académico realizado por pensadores individuales o por
grupos de cientistas de vanguardia, para devenir en una preocupación
creciente de los responsables y líderes del acontecer político, social y
socio económico de los países. De ahí los esfuerzos que por todas
partes, particularmente en las naciones más avanzadas, se están
realizando para instaurar y llevar a cabo procesos sistemáticos y
continuos de investigación y reflexión prospectivas.
Paradójicamente, es
la incertidumbre sobre el futuro, acentuada por la rapidez con que han
comenzado a gestarse y operarse los cambios en las sociedades, lo que esta
incrementando la importancia de la prospectiva.
La investigación y
la reflexión prospectivas son particularmente necesarias en lo que
respecta a la educación, cuya misión es preparar a los individuos y a
las colectividades para vivir y actuar en escenarios que ciertamente,
tendrán una configuración distinta de los presentes, dotándolos de las
capacidades básicas indispensables no solo para comprender los cambios
frente a los cuales se encontrarán y para manejarse en ellos, sino para
seguir generándolos en busca de niveles más altos y satisfactorios de
humanidad y de calidad de vida. Por su naturaleza, la educación,
consciente o inconscientemente anticipa en alguna medida el futuro y
predetermina, de forma que las decisiones que hoy se adopten sobre su
orientación y su contenido tendrán repercusiones en el destino de la
sociedad futura. Ninguna otra dimensión o sector de la acción social
implica hoy para sus actores una responsabilidad de tal grado.
Ahora bien,
discernir los elementos, el conjunto de criterios y los puntos críticos
de partida para la reflexión prospectiva en educación, es una tarea de
evidente complejidad y riesgo. Sin embargo, de modo general, este cometido
implica ocuparse de un doble aspecto:
-
La previsión o
exploración de los requerimientos que el desarrollo de una nación,
en sus múltiples e interrelacionadas dimensiones (culturales,
sociales, políticas, económicas y científico-tecnológicas )
planteará a la educación; y
-
El examen de la
capacidad potencial y la deseable de los diversos sectores e
instituciones que integran la sociedad, incluido el Estado, para
responder organizada, solidariamente y con eficiencia a esos
requerimientos, dotándose del sistema educativo con las características
pertinentes y desarrollándolo en consecuencia.
El presente análisis
intenta, con referencia a estas dos cuestiones, esbozar algunas
consideraciones tentativas y de carácter muy global que puedan ser de
utilidad en el esfuerzo de reflexión que los países de América Latina y
la región en su conjunto estimen necesario realizar sobre el futuro de su
educación.
El tema central que
se ha elegido es el de la distribución social de responsabilidades y
actuaciones en el desarrollo futuro de la educación en América Latina,
partiendo del supuesto que el Estado por sí solo no puede asumir y
cumplir con la diversidad y naturaleza de los requerimientos y tareas de
modernización y desarrollo pero dado que ninguna reflexión prospectiva
puede realizase en un vacío histórico, se ha estimado necesario comenzar
por una visión retrospectiva de papel desempeñado por el Estado en el
pasado.
Cabe señalar que se
trata solamente de una primera y global aproximación al tema, que exigirá
ser completada, profundizada como tal, y desagregada en sus principales
elementos para estudios específicos posteriores.
1. La perspectiva
histórica.
Desde el mismo
comienzo del proceso de gestación y de constitución de las nuevas Repúblicas
Latinoamericanas, luego de la independencia, y de la configuración política
de los nuevos Estados, fue explícito el propósito y el esfuerzo para
incorporar la educación y desarrollarla como una institución y un
servicio público nacionales. De modo general y respondiendo a imperativos
históricos diferentes, las Constituciones y Leyes de que se dotaron los
países fueron fortaleciendo la concepción de la educación como una
prerrogativa y una función del Estado. Se instauraba así el principio de
"Estado Docente" que ha regido hasta el presente.
La ideología
laicista, positivista y liberal que estuvo en los orígenes del Estado
Docente establecería en los principios y en los hechos la distinción, el
paralelismo y en ocasiones la confrontación entre la educación pública
como la norma y el modelo general y de mayor legitimidad, y la educación
privada, identificada entonces como la impartida por la comunidades eclesiásticas.
Dicotomía que, con interpretaciones y expresiones que han evolucionado en
el tiempo, se han mantenido hasta nuestros días.
Por otro lado, el
papel perentorio que correspondía al Estado de configurar y consolidar la
unidad territorial y política, así como la identidad nacional, conllevaría
estilos de gobierno y de administración fuertemente centralizados y en
que sus rasgos esenciales han predominado hasta el presente. Mas aún, en
lo que se refiere a la educación, el centralismo se vería acentuado. Hay
estimaciones que indican que, a mediados del siglo XX, al rededor de un 40
% de las escuelas existentes habían sido organizadas y eran sostenidas
por los municipios. Más tarde, en el último tercio de ese mismo siglo,
el Estado nacional y los gobiernos provinciales en algunos países,
gracias a un incremento sin precedentes de los presupuestos para gastos en
educación, comenzarían a hacerse cargo en forma directa del conjunto de
la educación, incluida la municipal.
Es este también el
periodo en que el Estado, de modo general y con expresiones diversas en
los diferentes países de la región, da pasos importantes para
estructurar el sistema educativo en sus niveles primarios, secundario y
universitario, para centrarse al nivel central de organismos
diversificados para la dirección, supervisión y administración, de la
educación, así como de instituciones para la formación de los maestros
y establecimientos de normas detalladas reguladoras del funcionamiento de
las escuelas.
De esta forma, se
dotaba al Estado Docente del sistema normativo y operacional de que, por
razones de escasez de recursos o de inestabilidad política, había
carecido para dar cumplimiento a la responsabilidad y función asignada en
las Constituciones. A partir de entonces, se registraría una nueva dinámica
de expansión de los sistemas educativos especialmente en su nivel
primario, más notable en los países que, en términos relativos, gozaron
de mayor estabilidad política, se encontraban más avanzados en los
procesos de urbanización y de formación de las clases medias, con un
ingreso per cápita más elevado y un mayor grado de integración étnica
y social.
Estos fueron los
sistemas educativos y los Ministerios de Instrucción Pública con que, en
líneas fundamentales, contaron los países de la región y sus Estados
durante cuatro décadas del presente siglo.
Las ideas-fuerza que
estuvieron en el trasfondo de la acción educativa del Estado las
encontramos en los escritos de pensadores, educadores y políticos como
Simón Rodríguez, Andrés Bello y Faustino Sarmiento, y de muchos otros
menos conocidos a nivel de la región, quienes en sus diferentes países y
en diferentes circunstancias animaron y decidieron el rumbo de la educación.
Todos ellos inspiraron sus ideas y propuestas en los principios de la
"función política" de la educación y como factor fundamental
del "progreso de los pueblos y naciones", de la integración y
de la identidad nacionales, y como fundamento en el que debía sustentarse
el ordenamiento social y estatal republicanos. Todos ellos también
confirieron a la educación primaria pública, universal, gratuita y
obligatoria el carácter de prerrequisito para el logro de estos objetivos
políticos y sociales.
Las consideraciones
explícitas sobre el "valor económico" de la educación en su
conjunto estarían relativamente ausentes durante muchas décadas o se
reducirían cuando más al señalamiento de la importancia de una
"enseñanza utilitaria" para las clases populares. Una expresión
de ello hasta muy entrado el siglo XX, fue el desequilibrio en el acento
puesto y el prestigio acordado al contenido humanístico-literario de la
educación y a las carreras de corte tradicional para el ejercicio de las
profesiones llamadas liberales, de un lado; y de otro, el lento progreso a
la atención al contenido científico y tecnológico de la educación y a
la formación de recursos humanos para la producción. Sólo un número
reducido de países realizó esfuerzos tempranos y oportunos en orden a
pasar de las llamadas "escuelas de arte y oficios", para las
clases populares, a un sistema diversificado de educación técnico -
profesional de nivel medio y para estructurar la educación superior
teniendo en cuenta requerimientos del desarrollo agrícola e industrial.
Los estudiosos de la
historia de la educación latinoamericana coinciden en explicar este fenómeno
por las características de las economías de la región que pudieron
crecer, de modo general, con mano de obra barata, escasamente calificada y
en las que para procesos más avanzados y de modernización se utilizaban
recursos humanos y tecnologías provenientes del exterior. Sin embargo,
debe haber razones más profundas de herencia cultural, para que en todo
tiempo los sistemas de educación de la región hayan demostrado escasa
vocación y capacidad para vincular el conocimiento con sus aplicaciones y
para desarrollar las actitudes relacionadas con el trabajo productivo.
2. La educación en
el Estado Desarrollista
La década de los años
50 marca el comienzo de una nueva etapa del desarrollo de América Latina,
reconocibles por cambios en manera de percibir los problemas sociales y
económicos, así como la connotaciones de la acción para afrontarlos. De
modo general, esa década se caracterizo por una toma de conciencia sin
precedentes por parte de grupos cada vez más amplios de dirigentes de la
actividad política y económica y de especialistas en el estudio del
acontecer social, sobre la situación de subdesarrollo y de atraso en su
modernización que afectaba a los países y sociedades de la región, y
sobre la necesidad de abordarla en su conjunto mediante políticas
coherentes y un actuar de efectos acumulativos en el tiempo.
En este clima de
voluntarismo político se atribuyó al Estado y éste asumió sin
vacilaciones el papel principal protagónico en la promoción y producción
del desarrollo económico y social, adoptando la planificación como
estrategia e instrumento fundamental.
En este contexto,
los Gobiernos acordaron a la educación una prioridad singular y ésta
entró a formar parte integrante de las conceptualizaciones sobre el
desarrollo y de los progresos de su planificación. En todos los países
de la región se establecieron, a los más altos nivel de los Ministerios
de Educación y en algunas Universidades, organismos técnicos específicamente
dedicados a las tareas de planificación en vinculación con la
planificación global del desarrollo económico y social. Muy pronto los
países comenzarían a disponer de planes nacionales de educación como
previsiones de acción para el largo y el mediano plazos, lo que en alguna
forma y grado sirvieron de marco de referencia y de soporte del notable
avance de la educación en lo que va corrido de la segunda mitad del siglo
XX.
En las perspectivas
de la planificación, a las consideraciones de orden cultural y social,
hasta entonces predominaba antes como orientación para las políticas
educativas, se integraron de modo explícito las relativas al "valor
económico ¨ de la educación y su función de formación de los recursos
humanos. Junto con ello se dieron los pasos para el mejoramiento de los
sistemas de información y de investigación educacionales, registrándose
luego un auge sin precedente de los estudios sobre las relaciones entre la
educación y el desarrollo económico y social. Al mismo tiempo, se realizó
un esfuerzo para introducir nuevos enfoques y metodologías para la
programación del contenido de la educación o planificación del currículum,
y para proponer la utilización de nuevas tecnologías educativas. En esta
forma se registraría, con relación a épocas anteriores, un avance
notable en cuanto a la capacidad de los países para diagnosticar su
situación y prever sus necesidades en materia de educación y para
programar las acciones y los recursos en orden a su satisfacción.
En cuanto a la
estructuración de los procesos educativos, la educación preescolar se
configuró como su primera etapa; la educación primaria tradicional
evolucionó hacia una educación básica de más larga duración, con
objetivos educativos y sociales más amplios; se avanzó en la
diversificación de la educación media y universitaria, y la educación
de los educadores se llevó en varios países el nivel de la educación
superior. Paralelamente se fueron perfilando y extendiendo los movimientos
y programas de educación extraescolar o no formal para la alfabetización,
la educación fundamental y la capacitación laboral en jóvenes y
adultos. En resumen, en el transcurso de las últimas tres décadas, los
países de la región llegaron a establecer la gama amplia y variedad de
dispositivos de que hoy disponen para la acción educativa.
En términos de
crecimiento y expansión globales de la oportunidad de educación, el
Estado desarrollista alcanzó un éxito innegable que evidencia en el tamaño
adquirido por la empresa educativa, gracias a la progresión de los
recursos consagrados a la educación y a una expansión de la matrícula
que llegó a duplicar en la educación primaria, a triplicar en la media y
a cuadruplicar en la superior los índices de crecimiento en la población
en las edades correspondientes, siendo éstos en todo momento los más
altos del mundo (1). El hecho es que en el transcurso de este período se
dio el salto desde una educación para minorías a otra con carácter
masivo. Con todo, el crecimiento global se opero con evidentes
deficiencias en cuanto a su distribución y a la calidad.
La profunda crisis
por la que atravesaron los países de la región en los años 80 y las políticas
económicas de ajuste recesivo que se adoptaron como consecuencia de ella
tendría serias repercusiones en cuanto a la disponibilidad de recursos
para la educación. Los sistemas educativos siguieron creciendo
globalmente pero en peores condiciones para responder a la exigencia de
equidad y calidad.
3. Las
preocupaciones del presente
El modelo
desarrollista, que respondió a motivaciones y necesidades válidas en su
momento y logró avances tanto en el campo social como en el económico y
ciertamente en el educativo. Parece haberse agotado en sus
potencialidades, lo que se hizo evidente con las crisis de los años 80.
Al iniciarse la
presente década el estilo de desarrollo predominante en el pasado y la
función en él desempeñada por el Estado han comenzado a ser seriamente
cuestionados. Este cuestionamiento ha venido a hacer reforzado por los
cambios ocurridos y los vientos nuevos que soplan en el escenario mundial,
con respecto al papel del Estado en el crecimiento económico y políticas
sociales.
El hecho es que en
América Latina han comenzado a perfilarse los conceptos y los elementos
de un nuevo estilo de desarrollo en que los acentos están puestos en la
economía de mercado y su liberalización, en el rol preponderante del
sector privado, en la supeditación de los avances en el plano social al
ritmo y resultados del crecimiento económico interno y de las
posibilidades de apertura de las economías y de su inserción en los
nuevos contextos económicos mundiales. Junto con ello y como corolario se
postula la " disminución del tamaño " del Estado y de su grado
de intervención, así como cambios en las modalidades de su accionar. Hay
que observar que las exigencias de reforma y modernización del Estado
derivadas de los planteamientos que se acaban de indicar han reforzado los
que venían formulándose desde tiempo atrás sobre sus crisis, su
burocratización, el grado insuficiente de creatividad y eficacia, su
centralismo y el retraso en su tecnificación.
Los enfoques del
desarrollo basados en el neoliberalismo económico y la lógica del
mercado se van abriendo camino en la región, con éxito inicial en
algunos de sus países pero con llamados de atención sobre sus
limitaciones y sobre el imperativo de incorporarles las consideraciones y
exigencias sociales, particularmente aquellas que tienen que ver con
necesidades básicas de grandes grupos de población cuya satisfacción no
pueden postergarse, así como con dimensiones y factores del desarrollo
que escapan a las leyes del mercado. Los planteamientos más recientes
sobre el crecimiento económico y la transformación productiva con
equidad expresan esta preocupación.
Es muy importante y
significativo el hecho que, independientemente del acento diferencial
puesto por unos en el crecimiento económico y por otros en las cuestiones
de equidad y en los componentes sociales del desarrollo, hay un elemento
común: una renovada y compartida apreciación sobre el valor y el papel
condicionante y decisivo de la educación. La apreciación compartida
responde a la función preponderante y al grado de gravitación sin
procedentes que el conocimiento y su concreción en la innovación tecnológica
han adquirido como "insumo crítico y estratégico " en la
modernización de las sociedades, en el avance de las economías y en la
elevación de los niveles de vida, así como en la expansión e
interpretación de los mercados y en la competitividad internacional,
generando una " revalorización de la educación " pero también
nuevos parámetros para juzgar su pertinencia, eficacia y calidad. Paradójicamente,
son los mentalizadores y propulsores del neoliberalismo económico quienes
en el momento se han colocado a la vanguardia en cuanto a las reflexiones
y propuestas, con el riesgo evidente de que se extrapolen los criterios de
productividad y sobre el papel del Estado en la economía para aplicarlos,
sin más, a la educación.
De todos modos, no
es solamente en virtud de los nuevos planeamientos de orden económico que
se abren camino en la región, que se plantea la necesidad de un
replanteamiento y de una reflexión prospectiva sobre el futuro de la
educación y el papel del Estado con respecto a ésta. Más allá de ello,
están los hechos y motivos que hacen pensar que el estilo del desarrollo
de la educación y de planificación y conducción del mimo, que en el
pasado rindió beneficios innegables, también se ha agotado en su
capacidad, no sólo para resolver problemas de distribución de
oportunidades, de funcionalidad, de eficiencia y calidad todavía no
resueltos razonablemente, sino más aún para responder en el futuro a
nuevos requerimientos cuya índole ya se perfila y se percibe en el
presente.
4. Estado Docente y
Sociedad Educativa.
La reflexión
prospectiva sobre el papel del Estado en el desarrollo de la educación
puede no ser fructífera y caer en un círculo vicioso, si se sigue
considerando a aquel como un cuerpo separado, superpuesto a la sociedad,
del que se exige y pretende hacer prácticamente todo en este terreno. Por
el contrario, ese papel puede ser mejor y más pertinentemente
visualizado, si se les sitúa en el contexto más amplio de la distribución
social de responsabilidades y actuaciones en el desarrollo de educación.
Ello supone en el fondo moverse desde el concepto y la práctica del
Estado Docente al paradigma de la Sociedad Educativa.
La concepción y la
práctica del Estado Docente, heredada del siglo XlX y prevaleciente todavía,
confiere al Estado la totalidad de la responsabilidad en materia de la
educación, en una especie de delegación o transferencia por parte de la
sociedad de la función educativa, que aquel ejerce mediante un poder
central, verticalmente jerarquizado y con sus propias estructuras y
recursos.
El concepto de
sociedad educativa rescata la responsabilidad y función de la comunidad
nacional en su conjunto en el desarrollo de la educación, dentro de la
cual, el Estado tiene un papel indispensable e irrenunciable como
orientador, regulador y como agente articulador de su propia acción con
la que están llamados a desempeñar, con contenido y grado diferente de
compromiso, diversas instituciones y actores que configuran la organización
social, tales como la familia, las comunidades locales, las organizaciones
políticas y gremiales, los diversos sectores de la producción, los
medios de comunicación, la iglesia etc.
Aparte de las
consideraciones de principio que gravitan en favor de una orientación de
esta naturaleza de la acción educativa, hay un hecho que América latina
que plantea la necesidad de moverse en esa dirección. En efecto, los
problemas que afectan actualmente a la educación y los desafíos que de
cara al futuro se le plantean, tales como la superación de los
desequilibrios en cuanto a oportunidades, una vinculación más estrecha y
visible con los requerimientos del desarrollo económico y social, la
elevación de los niveles de calidad de los procesos y resultados, y la
limitación de los recursos para ir logrando todo ello al mismo tiempo,
podrán ser afrontados satisfactoriamente sin apelar en el mayor grado
posible al potencial de que disponen las sociedades para la acción
educativa.
Este enfoque de
distribución social de responsabilidades y actuaciones, en que el Estado
y las organizaciones de la sociedad civil se asocian en el esfuerzo
educativo nacional, permitirá compatibilizar mejor, en el concepto y en
la práctica, la liberta de enseñanza y la función reguladora y de
control del Estado. Así como establecer con una óptica nueva y una en
forma más fructífera que en el pasado la relación entre los sectores públicos
y privados de la educación.
Esta relación que
en el pasado se caracterizó por la confrontación con fuerte carga ideológica,
o por la simple coexistencia, se plantearía en términos de la contribución
explícita, en el marco de una política nacional de educación
concertada, de los diversos sectores de actividad social y económica para
el logro de los objetivos educacionales compartidos con el Estado. La
frontera entre lo publico y lo privado en educación ha comenzado a
experimentar cambio tanto en los conceptos como en la práctica. En
efecto, aumenta la exigencia de la sociedad en el sentido que las
instituciones de carácter no gubernamental, en distintos ámbitos del
quehacer nacional, han de asumir una responsabilidad y cumplir una función
pública en los propósitos del servicio público de la educación; tal es
el caso de los sectores productivos en la formación profesional y la
educación superior, de los medios de comunicación.
El paradigma de la
" sociedad educativa ", de cuya validez y necesidad no es
posible dudar, puede parecer utópico e irrealizable. Ciertamente lo será
en la medida que no cambie la concepción tradicional, tanto por parte del
Estado como de los diferentes sectores y agentes de la sociedad civil,
sobre la responsabilidad que corresponde a uno y otro aunque con diferente
contenido y grado de compromiso, en la promoción y internalización en
los individuos y en las comunidades de los valores conductuales y en
desarrollo de los conocimientos y capacidades que se consideran
indispensables para ir avanzado hacia niveles cada vez más altos de
humanidad y de calidad de vida.
En América Latina,
la realidad de encontrarse el Estado desbordado en su capacidad de
responder a todo cuanto de él se espera en materia de educación, el
incremento progresivo de la cantidad y la diversidad de instituciones semi
públicas y privadas que desarrollan acciones educativas, aunque en forma
dispersa y descoordinada, así como la inquietud creciente de los diversos
sectores de la sociedad por una presencia y una intervención mayor en los
procesos de formulación de políticas, de planeación y de acción en el
campo educativo, estarían avalando la necesidad y la factibilidad del
paso, en alguna forma y grado, del Estado Docente a la Sociedad Educativa
que se postula.
5. Exigencias para
la distribución de responsabilidades en educación.
En esta perspectiva,
correspondería al Estado un doble cometido; de un lado abrir, ampliar y
legitimar los espacios de participación de los diversos sectores de la
sociedad civil en la orientación y realización del esfuerzo educativo
nacional, y de otro, reestructurarse en su propio accionar.
En cuanto a lo
primero, habría un cambio fundamental en el estilo y manera como se
adoptan las decisiones sobre objetivos, metas, contenidos, etc., de la
educación. Los mecanismos y progresos de participación efectiva de
consenso y concertación sociales, pasarían a convertirse en un elemento
central y en un procedimiento habitual de los procesos de formulación de
políticas, de planificación y de gestión del desarrollo educativo. Con
ello se avanzaría en la democratización de estos procesos, que es un
aspecto y un prerrequisito fundamental de la democratización de la
educación en sí misma. También se tomaría debida cuenta de la
pluralidad social, ideológica y de intereses, asegurando que las políticas,
planes y reformas de la educación, lejos de contribuir a agudizar los
conflictos de la sociedad cumplan con uno de los objetivos fundamentales
de la educación, a saber, el de ser el vehículo y el instrumento por
excelencia de la integración nacional.
En cuanto a la
re-estructuración del propio accionar del Estado, se evidencia como
necesaria una distribución de responsabilidades y competencias al
interior del aparato de que dispone para la dirección, la planificación,
la supervisión y la coordinación de la actividad educativa, de forma que
esas funciones, además de realizarse en el ámbito nacional, se sitúen
con relativa autonomía en los niveles regional y local, permitiendo que
los procesos de participación, de consenso y concertación, puedan
realizarse también a esos niveles.
Es de esperar que
las intenciones renovadas y los iniciales esfuerzos de descentralización
que se evidencian actualmente en América Latina, se inspiren en este propósito
y se orienten hacia él.
Las cuestiones y
problemas relativos al binomio centralización-descentralización del
poder y de la acción del Estado constituyen actualmente una de las
preocupaciones centrales en la mayoría de los países del mundo, aunque
con las obvias diferencias en su planteamiento, consecuentes con el
estadio de desarrollo en que se encuentran y la configuración de sus
realidades y de su problemática política, social y económica.
Una característica
de los planteamientos, al menos en los países más desarrollados, es que
los problemas de la centralización y descentralización no se enfocan en
términos de una disyuntiva, ni derivan en una estratificación del poder
y de la acción del Estado según niveles o ámbitos territoriales de
actuación. La óptica asumida por esos países es la de establecer un
equilibrio dinámico en la distribución del poder, propiciando la
articulación de esa distribución mediante el establecimiento de un
continuum, en doble dirección, entre los procesos de decisión y acción
que se ejercitan por los poderes centrales y los que se realizan a nivel
local y en el ámbito regional.
No hay ni puede
haber un modelo a este respecto, sino tanto como son las realidades, las
circunstancias y las exigencias del desarrollo de la educación en cada país.
Lo que sí puede observarse es que, en la búsqueda de los equilibrios a
que se ha hecho mención, en los países con una cultura y una larga y
fuerte tradición de descentralización, los esfuerzos se mueven en el
sentido de ampliar y fortalecer el manejo central de cuestiones en que está
en juego tanto su presencia en el escenario mundial como en el desarrollo
de la nación como un todo. Por el contrario, en otros, tales esfuerzos se
orientan a paliar o superar el centralismos que históricamente los ha
caracterizado.
En los países de América
Latina, la preocupación por el excesivo centralismo que ha predominado en
el accionar del Estado a todo lo largo de su historia, con serias
consecuencias para el desarrollo de sus países, comenzaron a ganar
presencia e intensidad en la década de los años 70. Los llamados de
atención al respecto y las propuestas de descentralización provinieron
entonces principalmente de estudiosos y especialistas en administración pública,
de un lado, y de otro, de los responsables de la planificación global y
sectorial del desarrollo. Los primeros fundamentaron sus consideraciones
en criterios de eficiencia de los procesos ejecutivo-administrativos, y
los segundos en la necesidad de llevar la planificación a los niveles
regionales y asegurar la ejecución de los planes nacionales, buscándose
así no tanto la instauración de auténticos procesos de planificación
regional, sino más bien una regionalización de las previsiones
elaboradas por los organismos centrales de planificación.
Los actores políticos
estuvieron ausentes o se mostraron dubitativos con respecto a estos afanes
de descentralización y fueron postergando las decisiones de fondo con
relación a ella. El estado Desarrollista que había adoptado y ampliado
el centralismos por considerarlo el estilo de gobierno adecuado para
cumplir el papel protagónico que le había asignado y había asumido en
la promoción y conducción del crecimiento económico y en la satisfacción
de necesidades y demandas sociales, no pareció estar dispuesto a dar
pasos firmes hacia la descentralización.
Sin embargo, hay que
reconocer que en varios países de la región se realizó una aproximación
a la solución de los problemas del centralismo mediante una revisión de
la estructura político-administrativa vigente y una redefinición de
funciones y competencias de los organismos e instancias del actuar del
Estado, situados a los niveles del gobierno central, departamental o
provincial, y municipal, (con la con la intención de fortalecer la
intervención de éstos últimos). Pero, en muchos casos, los propósitos
de descentralización permanecieron sin aplicación en el terreno de las
regulaciones legales y reglamentarias, sea por la inercia y el peso de la
tradición o, porque no se dieron los pasos necesarios para dotar a las
identidades estatales descentralizadas de la autoridad, de las
disponibilidades financieras y de recursos humanos para el cumplimiento de
sus funciones.
Por otro lado,
frecuentemente, los intentos de descentralización se efectuaron en forma
parcial y sectorializada, sin enmarcarlos en un replanteamiento orgánico
de distribución de responsabilidades y competencias del actuar del Estado
en su conjunto. A ello hay que añadir la tendencia a reducir, en la práctica,
la descentralización en los aspectos de logística administrativa y de
gestión. Las observaciones anteriores son, de modo general, aplicables a
los esfuerzos de descentralización que se han venido intentando en el
campo de la educación.
Al iniciarse la
presente década este panorama ha comenzado a cambiar . Se generaliza la
toma de conciencia y el consenso por parte de los gobiernos y de los
sectores políticos sobre la necesidad impostergable de una redefinición
del papel y de una reestructuración del Estado en que se combinen
criterios de modernización y democratización, encontrándose la
descentralización entre los elementos y factores fundamentales. De hecho
hay algunos países que han comenzado a dar pasos significativos en ese
sentido.
Se estarían dando
así la motivación y el marco político y gubernamental de que se carecía
en el pasado para abordar lo relativo a una auténtica y efectiva
descentralización y una democratización de los mecanismos y procesos de
gobierno y de administración de la educación. Sin embargo, en el empeño
por la descentralización habrá que tener muy presente la doble exigencia
de homogenización nacional y, al mismo tiempo, de diferenciación
regional y local de las respuestas a las necesidades y demandas de educación,
no siendo dable el poder central renunciar o dispensar la responsabilidad
que tiene de establecer los marcos de orientación, de articulación y de
evaluación de resultados del esfuerzo educativo en su conjunto.
6. Las áreas críticas
de las políticas y la acción del futuro.
El compromiso que se
ofrece a los países de América Latina en el campo de la educación,
particularmente en lo que resta del presente siglo, es inmenso. En efecto,
se trata de afrontar, al mismo tiempo y articuladamente en el marco de las
políticas nacionales de educación, dos grandes esferas de problemas: por
un lado, atender necesidades básicas de educación, superando las
desventajas en que se encuentran los niños, los adolescentes y los jóvenes
de clases sociales más pobres para beneficiarse, tanto en duración como
en calidad, de la educación ; y por otro lado dar pasos decididos y
firmes hacia la modernización y la elevación de la calidad y eficiencia
de los sistemas y procesos educativos en su conjunto, en conformidad con
los propósitos de consolidación y profundización de la democracia política
y social, la aceleración del ritmo de crecimiento y la apertura
competitiva de las economías.
Es evidente que el
Estado desde sí y por si solo y por los recursos de que le sea dable
disponer, por cuantiosos que ellos sean, no podrán responder a este doble
desafío, siendo indispensable la concepción y la formulación de políticas
de educación socialmente concertadas y que den la base para acuerdos con
los diferentes sectores de la actividad social y económica en cuanto a su
participación y contribución al esfuerzo educativo nacional.
Por otro lado,
respecto de la manera de abordar la complejidad de los problemas y la acción
para afrontarlos, parece necesario situarse en algún punto intermedio
entre el estilo de planificación y actuación concentrado en elementos
aislados del sistema y los procesos educativos y, en otro extremo, el de
las políticas, planes y reformas globales con pretensiones de integridad
y que siempre se frustran. Ese punto intermedio podría focalizar la
atención y los recursos en esferas diferenciadas de situación con
problemas y con respecto a ellos concertar de manera específica la índole,
el grado y las modalidades de participación y de contribución de los
diversos sectores sociales y económicos.
En lo que se refiere
a los niveles y modalidades de la educación, se percibe por todas partes
la necesidad de una educación general de niños, jóvenes y adultos que
pongan mayor énfasis en la comprensión de las bases científicas y técnicas
de los procesos económicos y sociales contemporáneos; que potencie la
capacidad de los individuos para el incremento y actualización de los
conocimientos a lo largo de toda su vida, mediante una pedagogía centrada
en el "aprender a aprender " y el desarrollo de las aptitudes de
asimilación y el procesamiento de la información; una educación general
que internalice en los educandos los valores de una cultura científico-tecnológica
y del trabajo, que sirva de anclaje sólido y permanente de la gama de
alternativas de la formación técnico-profesional; que permitan los
cambios oportunos en los perfiles de capacitación, la reorientación de
las capacidades y la reconversión profesional, en función de las
mutaciones que la evolución tecnológica y de los procesos productivos
vayan generando en la estructura de las ocupaciones y del empleo.
En relación con la
formación técnico- profesional del nivel medio, se plantean diversos
cuestionamientos respecto a la organización, los ambientes en que se
realiza, los agentes, los contenidos y las perspectivas de empleo que
ofrecen estos subsistemas.
En este caso, los
replanteamientos se orientan en varias direcciones; cómo incrementar la
proporción y elevar el nivel de los conocimientos científicos y tecnológicos
básicos; fomentar la alternancia de período de escolarización y de
capacitación en las empresas; imprimir un carácter polivalente a la
formación, de modo que prepare para gamas amplias de ocupaciones afines;
y cómo dar el mismo derecho y oportunidad de ingreso a la universidad y a
otras instituciones de educación superior que se concede a los egresados
de la rama humanístico- académica de la educación de nivel medio.
En cuanto a la
universidad. Se plantea a nivel internacional el interrogante global sobre
su papel en un futuro en lo que respecta tanto a la formación de recursos
humanos de alto nivel, como a la índole de su contribución a la
investigación científico-tecnológica. Durante las tres últimas décadas
ella a perdido la exclusividad que tenía en el nivel terciario de la
educación, con el surgimiento de una gama en incremento de instituciones
paralelas de profesionalización, creadas como respuestas a demandas
sociales o a requerimientos de información que la universidad no pudo
atender. Es así como la universidad ha pasado a hacer una institución
entre muchas otras, bajo el nuevo concepto y realidad de la "educación
superior ".
En este proceso de
expansión y diversificación de la educación de nivel terciario, la
universidad ha visto desdibujarse los rasgos de su identidad, siendo en el
momento el problema fundamental la búsqueda y redefinición de esa
identidad. Crece la evidencia de que ella debiera recobrar, en términos
contemporáneos, la función de avanzada y de articulación del saber,
equilibrando mejor sus funciones de formación profesional, con las de
docencia e investigación en el campo de la ciencias, y con la de formación
de formadores y de investigadores. A esto hay que añadir el papel clave
que la reorientación, selectividad y elevación de la calidad de los
estudios de post-grado desempeñarán en esta funciones de la universidad.
La esfera de las
necesidades básicas de educación no satisfechas y de la equidad en la
distribución de las oportunidades en educación.
El origen de este
problema, que estaría indicando la dirección del esfuerzo futuro,
consiste en buena parte en la manera cómo las políticas, la planificación
y la asignación de recursos se realizaron.
Los responsables políticos
y los planificadores de la educación de las décadas del 50 y del 60
partieron del supuesto de que el crecimiento acelerado de la oferta
educativa traería consigo la igualdad de oportunidades. Ello en gran
parte se cumplió.
Sin embargo, ya en
los inicios de la década del 70 comenzó a percibirse que el efecto
distributivo de la expansión acelerada se estaba agotando y que estaba
beneficiando en forma muy desigual a los diferentes grupos de población,
estratos socio-económicos, grupos étnicos y regiones, tanto en relación
con las expectativas de beneficiarse de ciclos completos de enseñanza-aprendizaje
como en cuanto a la pertinencia y la calidad de la educación recibida.
Entre los factores
de orden socio-económico y socio-político determinantes de las
desigualdades hay uno general que merece especial atención. Este es la
desigual capacidad de organización y de poder de los diferentes grupos
sociales para hacer presentes sus demandas de educación y presionar por
su satisfacción con los recursos del Estado y la pasividad con que éste
ha reaccionado a esas presiones. Las clases medias urbanas con mayores
ingresos, habiendo de modo general logrado la satisfacción de su derecho
a la educación y las posibilidades de beneficiarse de ella en sus niveles
más altos, se han desentendido de las necesidades básicas de educación
de las clases menos favorecidas
El hecho es que el
abordaje del problema de las desigualdades y la acción y arbitraje por
parte del Estado para reducirlas de modo explícito y efectivo, se ha
venido postergando durante demasiado tiempo. Es de esperar que el Estado
que fue capaz en el pasado de llevar a cabo la considerable expansión
global de los servicios educativos, lo sea en el futuro para superar las
desigualdades, y que los sectores sociales que más se han beneficiado de
ello contribuyan con su comprensión y su aporte a este propósito.
El crecimiento económico
con equidad como paradigma del desarrollo futuro de los países de la región,
tendría aquí una de sus expresiones más necesarias, concretas y
efectivas. Los esfuerzos futuros de modernización y de elevación de los
patrones de calidad de la educación podrían desembocar en una segmentación
y discriminación mayores, si no se afronta el problema de las
desigualdades actuales y su tendencia a consolidarse.
Este cometido es,
sin duda, el más complejo y exigente de cuantos se ofrecen a las políticas,
la planificación y la acción en materia de educación, asociado al
ataque frontal a los problemas de la pobreza. Dado que se trata de un
problema estructural, la acción educativa debe necesariamente articularse
y aun integrarse con otras acciones del Estado y la sociedad civil en
materias como la salud, la nutrición, la vivienda y el trabajo. Por
debajo de ciertos niveles de existencia, es poco lo que la educación
puede hacer para lograr sus objetivos.
La esfera de la
calidad de la educación.
La calidad de la
educación, los valores que ella fomenta o deja de fomentar, los
conocimientos que imparte y la manera de impartirlos, las capacidades que
desarrolle y, en definitiva, los resultados que se obtienen, constituyen
hoy una preocupación de carácter mundial. Es que el progreso social,
económico, científico y tecnológico trae consigo siempre nuevos
problemas y nuevos retos que exigen el reacondicionamiento global de la
educación. Si ello no se hace la educación pierde pertinencia y, en
consecuencia, valor y se convierte en un proceso formal y en un freno del
desarrollo humano.
En América Latina
esta preocupación, al menos en el discurso no ha estado ausente en los años
recientes. En múltiples reuniones sobre educación, realizadas tanto a
nivel político como técnico, se ha postulado la necesidad de pasar de
una etapa en que el esfuerzo se concentró en la expansión de las
oportunidades de educación, porque así era necesario, generándose la
dinámica de crecimiento que hoy exhiben los sistemas educativos, a otra
etapa en que el esfuerzo se focalice en los problemas de calidad y
eficiencia. Sin embargo, todavía no se han dado los pasos suficientes
para convertir la calidad de la educación en un objeto de investigación
evaluativa sistemática que permita, saliendo de las apreciaciones
generales y de las acciones puntuales e inconexas de poca efectividad,
emprender un esfuerzo nacional intenso, continuo y coherente orientado a
su mejoramiento.
Las características
y modalidades que adopte este esfuerzo para el mejoramiento de la calidad
obviamente dependerán de la situación de la educación en los diversos
países de la región, y de la percepción y la claridad que se tenga
sobre la necesidad y la naturaleza de los cambios a lograr en el complejo
conjunto de elementos y factores que determinan la calidad, así como la
voluntad y capacidad para efectuarlos progresivamente, movilizando los
recursos económicos y humanos que ello supone.
Sin embargo, en la línea
de las consideraciones sobre la distribución social de responsabilidades
y actuaciones en el desarrollo futuro de la educación en América Latina
y el papel del Estado, cabe hacer algunas reflexiones.
La primera de ellas
tiene que ver con los procesos de participación, de consenso y concertación
sociales necesarios para que las propuestas y las acciones de cambio en la
orientación y en el contenido de la educación tengan legitimidad y
viabilidad. En otros términos, se requieren acuerdos básicos y explícitos
sobre los resultados que se esperan de los procesos educativos, que
reflejen y concilien la diversidad de puntos de vista e intereses de los
diferentes sectores implicados, tales como las asociaciones de padres de
familia, de estudiantes, de educadores, de profesionales y trabajadores,
de empresarios, etc. Sólo a partir y en función de acuerdos sociales
semejantes es dable proceder a definiciones con respecto a cuestionales
tales como el contenido de la educación, los aprendizajes prioritarios y
su programación, las connotaciones e instrumentos del proceso pedagógico,
el perfil de la formación de los educadores, los sistemas de evaluación
de resultados, etc.
Hay otra consideración
de orden fundamental, que por obvia que parezca, ha de reiterarse. Ella es
que la calidad se gesta, se configura y se logra en el seno de los
establecimientos educativos que son, utilizando un símil "los
centros de producción de la educación". De la motivación, el
sentido de compromiso y de la capacidad de colectiva e individual del
personal directivo y docente, así como de los espacios de libertad e
iniciativa que se les confíe para, en el marco de las directrices
nacionales, organizar y programar los procesos de enseñanza-aprendizaje
adaptándolos a las características, necesidades e intereses de los
educandos, dependerán los resultados del esfuerzo dirigido a incrementar
la pertinencia, la eficiencia y los niveles de calidad de la educación.
La descentralización necesaria de que se ha hablado se vería truncada y
sin efectos reales si no es llevada al nivel y ámbito de los
establecimientos educativos mismos.
En el marco de las
consideraciones sobre la calidad y sobre la distribución social de
responsabilidades en el quehacer educativo nacional, hoy más que nunca
tiene una importancia particular lo relativo a los valores de conducta cívica
y ética, individual y colectiva, que la educación ha de contribuir a
fomentar.
Valores que el
Estado y los especialistas que dentro de su aparato técnico-burocrático
se ocupa de la educación no pueden determinarlos por sí solos en regímenes
democráticos. La necesaria y recurrente definición de esos valores debe
ser el resultado de consensos que reflejen y concilien la pluralidad de
percepciones y posturas que con relación a ellos manifiesten los diversos
sectores o grupos sociales, así como en relación con el papel asignable
a la educación dentro del límite de los procesos e instrumentos que le
son propios y que se relacionan fundamentalmente con el conocimiento y la
formación de actitudes a través de él.
Como es el caso de
otros aspectos normativos y de las decisiones políticas en educación, en
éste de los valores los conflictos o dilemas que puedan presentarse sólo
encuentran solución en la combinación de estos consensos con la vigencia
de la libertad de enseñanza.
Frente a las
diversas y preocupantes expresiones de patología conductual de individuos
y colectividades (la drogadicción, la delincuencia, la violencia, los
atentados contra los derechos humanos y el medio ambiente, la
competitividad malsana, la insolidaridad social, etc.), se suele ver en
los procesos escolares y extraescolares de educación de niños,
adolescentes, jóvenes y adultos, una especie de factotum para afrontar
esos problemas, poniendo de lado el hecho que éstos por sí solos no
pueden hacerlo, y que en ello, particularmente la familia y los medios de
comunicación tienen una función y una responsabilidad que deben asumir.
En la perspectiva de
la "sociedad educativa" de que se a hablado en este documento,
la asociación en el futuro del Estado, la familia, las comunidades y los
medios de comunicación está llamada a convertirse en un elemento
fundamental no sólo en lo que respecta a la dimensión valórica de la
educación, sino de modo general en lo que se refiere a la eficiencia y
calidad.
Hay dos cuestiones
que no se pueden dejar de mencionar. Una es que la calidad cuesta y que
hay que invertir en ella. La otra, que ha llegado a convertirse en un
lugar común sin efectos a fuerza de repetirse, es que los propósitos de
mejoramiento de la calidad de la educación difícilmente podrán
cumplirse, si no se dan pasos efectivos para asegurar progresivamente, en
el mayor grado posible, al personal docente un status socioprofesional y
de ingresos, acorde con la tarea y la responsabilidad que el Estado y la
sociedad le asignan.
El
financiamiento de los costos de la educación
En el marco de las
reflexiones sobre la distribución social de responsabilidades en el
futuro desarrollo de la educación en América Latina, no se puede dejar
de mencionar lo relativo al financiamiento.
Los recursos del
Estado para ello, obviamente dependerán del nivel y de la dinámica de
crecimiento del PNB, de la responsabilidad estatal sobre los impuestos, de
las decisiones políticas que se adopten sobre el porcentaje de los
recursos dedicados a la inversión y el gasto público y la porción de éstos
consagrado a la educación, habida cuenta de la competitividad que sobre
el gasto público tienen otros sectores de desarrollo social.
Aun con los
supuestos más optimistas, no es dable prever cambios sustanciales en
cuanto a la progresión de los recursos públicos asignables a la educación,
a no ser que se arbitren nuevas fuentes de financiamiento o se introduzcan
variaciones drásticas en la estructura de los presupuestos públicos
actuales.
En estas
circunstancias, adquieren una importancia capital, por un lado, las
decisiones políticas sobre la distribución y destino de los recursos del
Estado para la educación y las medidas para obtener de ellos la máxima
productividad en términos de logro de determinados objetivos
educacionales y, de otro lado, la movilización y aprovechamiento de las
iniciativas, recursos y acciones provenientes de los sectores privados.
Todo parece indicar
que los recursos del Estado habrían de orientarse a la satisfacción de
las demandas y necesidades educativas de los grupos socio-económicos que
más necesitan del servicio y del financiamiento público, ello no
solamente por razones de justicia social, sino por el imperativo de
incorporarlos a las tareas y esfuerzos de desarrollo social y económico
nacional.
De la medida y la
forma en que los recursos del Estado se focalicen y canalicen en este
sentido y en que los sectores de la sociedad con más altos ingresos estén
dispuestos a contribuir a la acción educativa del Estado, no sólo a través
del sistema impositivo, sino más aún a asumir los costos totales de su
propia educación, dependerá la capacidad financiera de los países de la
región para afrontar los retos presentes y los del futuro en el campo de
la educación.
En esta perspectiva,
el desafío que se ofrece es el de arbitrar combinaciones y modalidades de
articulación y complementariedad del esfuerzo financiero público y
privado, del Estado y los diversos sectores de la Sociedad Civil,
compatibilizando los criterios de equidad con los de eficiencia.
Nota:
-
(1)Algunos datos
escuetos ponen en evidencia este formidable esfuerzo de expansión:
-
La tasa de
analfabetismo absoluto que en 1950 afectaba al 43% de la población de
15 años y más, en 1970 descendía al 27% y en 1985 al 17%.
-
En cuanto a la
escolarización del nivel primario de niños de 7 a 12 años, en 1950
solamente dos países de América Latina sobrepasaban el 80%, mientras
que la mayoría de los restantes no alcanzaba el 60%. En 1985, prácticamente
la totalidad de los sistemas educativos se encontraban en condiciones
de incorporar el 100% de ese grupo de edad.
-
El salto más
espectacular se registró en los niveles de la educación media y
superior. En cuanto a la incorporación de la población de 13 a 18 años
en la educación media, en 1950 solamente tres países habían
superado el 15%, encontrándose la mayoría por debajo del 7%. En 1985
la cobertura al nivel de la región fue del 52%.
En lo que se refiere
a la educación superior, en 1950 sólo un país había logrado incorporar
el 10% de la población entre 19 y 22 años de edad, alcanzando otro el 8%
y situándose la mayoría bajo el 4%. En 1990 la tasa en América Latina
sobrepasó en promedio el 27%.
Artículo de Simón
Romero Lozano, publicado en la Revista Iberoamericana de Educación, No.
1, Madrid 1993.
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