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SUPUESTOS TEORICOS PSICOANALITICOS PARA ABORDAR LAS CUESTIONES TEORICAS DEL APRENDIZAJE

Artículo: Bleichmar Silvia, Supuestos teóricos psicoanalíticos para abordar las cuestiones teóricas del aprendizaje", Bs. As., Temas de Psicopedagogía, Anuario N° 5, 1991.

Aunque el psicoanálisis no es una teoría del aprendizaje, puede aportar ideas sobre la evolución normal y patológica del aprendizaje.

El inconciente es una instancia que está en relación de conflicto o de alianza con el sistema preconciente-conciente, que es donde se define lo relativo al conocimiento. Sobre este modelo desarrolla Bleichmar algunas ideas.

El psicoanálisis nace indagando lo patológico, pero luego termina explicando el funcionamiento psíquico normal, concretamente, a partir de la forma en que el inconciente entra en la estructuración psíquica.

La cría humana se constituiye como sujeto en el marco de relaciones con el semejante, que son de amor y odio, se sexualización y de instalación de representaciones de base. El niño es lanzado prematuramente a un mundo sexual y simbólico: está prematurado por el otro antes de tener una estructura simbólica para responder a lo que el otro le demanda. El niño está indefenso, por lo que la relación con el otro es asimétrica.

El niño parasita biológicamente a la madre, pero esta lo parasita simbólicamente y sexualmente, pues desde ella se instalan los primeros sistemas representacionales o improntas. Frente a ello el "¿Qué quiere de mí?" del niño abre su curiosidad intelectual, que continúa luego con el enigma de las diferencias sexuales.

Considero aquí la representación en sentido amplio, como imagen mental que se constituye en ausencia del objeto. Como tal, lo representacional no es innato ni surge porque sí, sino que es el efecto de una complejización creciente del aparato psíquico tendiente a encontrar vías de salida y de ligazón a una cantidad de energía que ingresa al psiquismo precoz, sometiéndolo a gran esfuerzo.

Así se constituye lo inconciente, algo no definido biológica ni instintivamente; y en el mejor de los casos se constituye como reprimido, generándose a partir de un fondo de representaciones cargadas libidinalmente. El otro es condición necesaria para esto.

El inconciente no conoce nada, es un existente real pero es a partir de él que luego se constituirá el conocimiento en el Yo, que mantiene vínculos con el inconciente y con lo real externo al mismo tiempo. El inconciente no conoce y tampoco recuerda. El Yo es quien tiene memoria: en el inconciente sólo hay huellas mnémicas (son como fotos viejas que el Yo puede o no recordar).

El conocimiento es la resultante de interacciones dentro del aparato psíquico y de este con la realidad exterior. Recibe información de afuera, el aparato la organiza y recompone, y la devuelve hacia afuera.

A nivel puramente biológico hay una relación de inmediatez con el objeto. E bebé satisface su necesidad con el objeto leche, pero esta 'relación' no garantiza una relación sujeto-objeto a nivel psíquico (no biológico). Para esto se requiere de un semejante que, al dar leche, genera una representación de distinto orden, una vivencia de satisfacción ligada no a la simple satisfacción del hambre sino vinculada con lo libidinal, lo amoroso. Tales representaciones de lo vivenciado sirven para ligar la energía, y por ello el pensamiento tiene para el psicoanálisis, en un comienzo, un carácter alucinatorio.

Los primeros modos de representación quedan fijados al inconciente y se cierran sobre sí mísmos. Sin embargo, tales circuitos se abrirán porque el pensamiento pasa de un modo alucinatorio a un pensamiento capaz de reconocer el objeto externo, y hasta aún capaz de apropiarse de él.

Para que este pasaje ocurra, es preciso que se establezca una relación entre lo inscripto como huella y el objeto a reconocer. Este objeto no puede ser ni totalmente idéntico a la huella (pues no habría trabajo psíquico, ni crecimiento del aparato, ni posibilidad de conocimiento), ni totalmente diferente (pues no despertaría interés). En los marasmos, los niños hospitalizados abandonan todo vínculo hacia el exterior porque el objeto no tiene nada en común con los objetos inscriptos como representaciones.

El sujeto, ya desde los orígenes del pensamiento, intenta reencontrar algo de lo ya conocido, produciéndose apropiaciones por extensión. Esto ocurre el resto de la vida. Por ejemplo, la teoría de la información dice que no podemos recibir más del 40% de información totalmente nueva, pues sería imposible entramarla con nada previo.

Estos objetos a reencontrar no son estrictamente objetos de la necesidad biológica. Un niño de ocho meses que busca su chupete no intenta encontrar un objeto de satisfacción a una necesidad biológica, sino reencontrar una huella placentera ante la tensión del sueño o el hambre. La perentoriedad de la vida no se anula, pero se posterga.

Las anorexias donde el sujeto se deja morir por no ingerir muestran que la vida representacional puede entrar en conflicto con los intereses vitales, así como el niño puede empezar a comer por amor al otro. Hay una reinscripción de lo biológico en el contexto de lo intersubjetivo, donde entre el sujeto y el objeto externo no hay inmediatez sino que se interpone o media algo real (la madre) o imaginario (las representaciones).

El proceso de conocimiento sólo se hace haciendo una transferencia, sea sobre un objeto real exterior (un libro), sea sobre un campo que se está invistiendo (un tema): las elecciones profesionales se producen por o contra residuos de inscripciones.

Dijimos que que inconciente no conoce, por cuanto se rige por la ley de la identidad de percepción: tiende al reencuentro de lo idéntico (alucinación donde no distingue lo que el real de lo que es imaginario). Además, lo inconciente no tiene temporalidad, no tiene negación ni se rige por el principio de contradicción (en un sueño, una casa puede ser un barco). En el conocimiento, al revés, encontramos la lógica del proceso secundario, y para pasar a la lógica dialéctica hay que pasar por la lógica formal. Esto es patrimonio del Yo o del preconciente.

Este Yo no es una mera diferenciación del aparato psíquico sino una representación de sí mísmo que permite la autodenominación. Debe haber un lugar desde donde el sujeto se reconozca como idéntico a sí mísmo y se posicione frente al otro y frente al mundo. El Yo ubica al sujeto en un espacio que separa al otro de mí, para luego ser aquello que me separa a mí del otro. Por ello el espacio se constituye en un primer momento como invertido, y a partir del descentramiento del semejante se constituye por una apropiación del sí-mísmo en algún lugar. Una falla en la constitución del espacio no es una falla parcial, sino un trastorno general del sujeto. En la psicosis simbiótica los lugares del niño y la madre están confundidos, por eso la madre debe ponerse frente a él y decirle "esta es mi derecha pero esta es tu izquierda", para que ella misma comience a descentrarse respecto del hijo.

Con respecto al tiempo, la temporalidad guarda relación con poder constituír la presencia-ausencia de un objeto (al principio, de la madre, y luego por ejemplo de la luminosidad noche-día), con poder ubicarse en una serie temporal.

Los objetos del mundo cobran interés desde desprendimientos iniciales pero son siempre metonimias, o sea diferenciaciones progresivas, prolongaciones, desprendimientos de los objetos originarios. Algunos pensadores hablan de los paradigmas indiciáticos, o campos de conocimiento construídos en base a indicios (como por ejemplo Sherlock Holmes, que arma una teoría a partir de indicios).

El psicoanálisis considera también estos paradigmas indiciáticos: el niño construye teorías en base a indicios para resolver enigmas: qué quiere mi madre de mí, por qué hay dos sexos, quién es este señor llamado papá, por qué unos tienen pito y otros no (lo perdieron?), podré perderlo (en el niño), podré recuperarlo (en la niña), etc.

El conocer se establece como un proceso de alejamiento de estos objetos de base. Sólo el hombre teoriza, teoriza sobre sí mísmo y el mundo buscando la verdad: por qué no me ama más, por qué me ama, por qué mis padres me tuvieron, por qué se separaron, etc.

 

Todo lo dicho puede resumirse en cinco premisas:

1) Para que haya conocimiento debe haber un sujeto cognoscente, el cual no está dado de entrada: debe haber un aparato psíquico funcionando y diferenciado en partes: lo inconciente y el Yo.

2) Tal aparato se constituye como efecto de las primeras relaciones -asimétricas- con el semejante, que dotan al aparato de huellas cargadas con energía cuyo destino será el de estar reprimidas, y que son las reservas del aparato.

3) Si no se constituye lo inconciente reprimido, el niño quedará a merced de constantes y masivas invasiones (proceso primario) que no le permiten desarrollar procesos de conocimiento. Es el caso de niños hiperkinéticos o de atención dispersa, etc.

4) La constitución del Yo, concomitante con la represión originaria, da origen al proceso secundario: temporalidad, espacialidad, negación, etc., que se ve en los tiempos verbales, pronombres, etc., en el uso del lenguaje.

5) La temporalidad y la espacialidad no se consttiuyen linealmente sino en términos de una recomposición estructural.

Como conclusión, digamos que el psicoanálisis sólo da algunas respuestas: no agota la totalidad de la realidad. La psicología genética dará cuenta de la constitución de una lógica del conocimiento, la neurobiología del sustrato físico-químico de estos procesos, etc.

 

 Extraído de RedPsicología

 

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