El Sitio de Ciencias de la Educación

Imprimir Deja un mensaje Volver Inicio

ENSEÑAZA Y SABER PEDAGOGICO: el significado del oficio docente

Araceli de Tezanos

1 -        El contexto de la argumentación

Cada cierto tiempo aparecen proposiciones e ideas que procuran generar procesos de cambio tanto en el sistema educativo así como también en el quehacer docente en las salas de clase. En el momento actual, las razones para ello se inscriben, en el marco de la necesidad y el interés de promover procesos de mejoramiento en la calidad de la educación, articulados a las demandas y los desafíos que le impone el desarrollo socio-económico y los caminos hacia la modernización en los que se han comprometido los países de América Latina[1].

No obstante la preocupación por la calidad aparece, en muchos ocasiones, restringida a la necesidad de evaluación, de determinar pruebas de ingreso o de iniciación para los diferentes niveles del sistema, al cambio curricular para la escuela primaria y/o secundaria, dejando por fuera, o en algunos casos limitando la preocupación a la capacitación (perfeccionamiento), a uno de los actores fundamentales del sistema educativo: los educadores. Sin embargo, es ampliamente reconocido que son ellos el eje  y motor de los procesos de transformación que puedan ponerse en marcha para el mejoramiento de la calidad de la educación. Puesto que es en sus manos, en su oficio, en su profesionalismo donde se encuentran muchas de las respuestas a las demandas por la calidad de la educación, en tanto ellas atraviesan necesariamente el problema de la enseñanza. Interpelar la enseñanza, sus modos de constitución y de operación reclama de inmediato de la formación de los educadores, en tanto es la enseñanza la que delimita y determina el oficio docente[2].

2 -        Las imprescindibles notas históricas

El proceso de institucionalización de los países de la región, trajo aparajedo el problema de la constitución del sistema educativo. Los esfuerzos que se realizaron tuvieron un camino dificultoso, pleno de conflictos, en razón de los vaivenes de las posturas ideológicas que dominaron los hitos en el devenir repúblicas.

En los primeros años de vida independiente,  se produjeron fundaciones de Escuelas de Maestros de manera inmediata. Sin embargo, estas instituciones tuvieron en general una vida breve y complicada[3]. Es solo, en el momento de la consolidación de una idea de Estado, ligada a las propuestas del liberalismo inglés ilustrado del Siglo XIX, que las fundaciones institucionales de escuelas para la formación de maestros van adquiriendo solidez y permanencia. El período que cubre los veinticinco últimos años del siglo pasado es rico en la emergencia de estas fundaciones que comparten no sólo un substractum de idealidad común, sino también el análisis acerca de las condiciones en las cuáles se encuentra la causa de las escuelas primarias que "pobrísimas, destartaladas y misérrimas, las escuelas primarias de aquellas décadas, tenían un magisterio en consonancia con esa desnudez. Su preparación casi nunca subía de leer y escribir. Recalaban en ese oficio, cuando la vida les había despedido de los demás"(Labarca, 1939:113)[4]. Esta huella histórica evidencia la indisoluble relación entre la formación de los maestros y la calidad de las escuelas.

El reclamo por la exigencia y la necesidad de la formación del maestro se hace patente en la voz  de Sarmiento cuando afirma "es general creer que basta para ser maestro, el conocer elementalmente las materias que forman el programa de estudios: no se requiere, ni preparación, ni cualidades especiales, y aún, muy a menudo, se confía la dirección de una escuela a personas sin instrucción alguna. Nada acusa mayor torpeza ni más grande olvido de las verdaderas exigencias de la enseñanza" (Sarmiento citado en Varela, 1874:229).

Un ejemplo de concreción de estas ideas es la propuesta de la ley de Educación Común (1877), que surge de un análisis crítico acerca de la situación del Uruguay en 1870. José Pedro Varela[5], cabeza visible e ideológica de la reforma, despliega sus argumentos críticos, apoyado en las ideas y conceptos esenciales de la Ilustración y el positivismo inglés de Spencer, que tiene su expresión política en el liberalismo. La necesidad de industrializar y organizar administrativa y económicamente a la nación solo se ve posible impulsando y promoviendo la educación de aquellos que se transformarán en ciudadanos[6]. En este proyecto que intenta y busca transformar la sociedad uruguya, el maestro, es considerado con una misión de vital importancia , puesto que si "sabemos bien lo que son los maestros de un pueblo, sabremos lo que será la sociedad, cuando la generación que se educa llegue a dirigir la sociedad" (Varela, 1874:230). Esta preocupación se concretiza en el articulado de la Ley de 1877 cuando se indica entre las funciones que debe cumplir la Comisión Nacional de Educación la de "examinar a los aspirantes al título de maestros del Estado, con arreglo a los programas que deberá establecer previamente, y que serán iguales para todos los que aspiren al mismo título". En tanto de esta forma se pensó hacer real y concreta su propia idea acerca de que "el buen maestro formará la buena escuela" (Varela, 1874:233).

Este vínculo entre la formación de maestros y la calidad de la escuela, que se explicita en el último cuarto del siglo pasado, permanece vigente hasta hoy. Puesto que, cuando en 1956 se reúne la UNESCO para delinear el programa prinicipal que tiene como finalidad general la extensión y mejoramiento de la educación primaria en América Latina, entre los objetivos que se propone el programa se indica "mejorar los sistemas de formación y perfeccionamiento docente" (UNESCO, 1975:17). Por otra parte, y concordante con esta preocupación de la UNESCO,  el tema adquiere cierto tono dramático, cuando a fines de los años 50's e inicios de los 60's, enfrentados los países latinoamericanos al impulso de las ideas cepalianas acerca del desarrollo económico-social de la región,"se considera a los maestros un obstáculo para la modernización y expansión de la educación" (Puiggrós, 1989:140).   Las razones de esta percepción responden a consideraciones de distinto orden:  a) las económicas vinculadas a los bajos salarios; b) las administrativas ligadas tanto a una mala distribución geográfica como a la carencia de un sistema de promoción; y c) las académicas que reconocían una mala formación de los profesores (Puiggrós, 1989).

Sin embargo, en la mayoría de los países de la región, la solución a esta última consideración pareció encontrarse en la aplicación del modelo de Tecnología Educativa impulsado desde la Universidad de Chicago[7]. Este modelo, cuyas características y condiciones han sido ampliamente divulgadas, se instaló en un primer momento a través de los cursos de perfeccionamiento docente, para luego ingresar a las escuelas de maestros, fundamentalmente a aquellas dedicadas a la formación de profesores para la enseñanza media adscritas a las Facultades de Educación de las Universidades latinoamericanas[8] Este modelo ha sido objeto de un análisis crítico riguroso en su mismo lugar de origen.[9]  Esto debido a que en el contexto norteamericano el modelo de la tecnología educativa, con sus correlatos de las relaciones insumo-producto ha sido aplicado genéricamente a la formación de profesores.

        El estudio crítico se sustenta en un análisis sobre la situación de las escuelas que indaga acerca de las formas como la escuela fomenta la inequidad a través del bloqueo  o la negación del acceso al conocimiento (Goodlad y Keating, 1990). Un segundo conjunto de proposiciones surge de la tecnocratización de la enseñanza, que "alcanza proporciones epidémicas en 1985, cuando los administradores, más sintonizados que los maestros con las preocupaciones de la gestión y las demandas públicas por eficiencia, fueron alcanzados con la promesa de modelos genéricos de enseñanza que ofrecieron rápidos remiendos (en inglés: fixes) instruccionales...y mientras la retórica acerca de la profesionalización de los maestros alcanzaba alturas sin precedentes, muchas escuelas estaban comprando talleres y materiales que aparentaban ofrecer modelos genéricos de enseñanza, que se aplicaban de la misma manera a enseñar en las escuelas de peluqueros, como en las de cosmetología, o en las de reparación de motores, o en las de entrenamiento militar, en las de obediencia de perros y en las escuelas públicas" (Goodlad, 1990a: 700)[10].

            Los hallazgos  de la investigación muestran ..."primero, los programas de la muestra hacen poco uso de los procesos de socialización entre pares utilizados en otros campos de formación profesional[...]. Segundo, la rápida expansión de la educación superior, conjuntamente con cambios sin precedentes en la vida académica, ha dejado a los profesores confundidos sobre la misión de la educación superior y con un rol incierto en ella [...] aunque los efectos de estos cambios en la vida académica trascienden las escuelas y los departamentos [de educación], la declinación de la enseñanza en favor de la investigación en la mayoría de las instituciones de educación superior ha ayudado a bajar el status de la formación de profesores [...] la situación ha llegado a ser tan mala en las instituciones públicas regionales, antiguas escuelas normales o colegios para profesores, que el esconder su eje histórico en la formación de profesores es virtualmente un rito institucional. La enseñanza en las escuelas y la formación de profesores parecen incapaces de sacudirse su status de deprivación [...]. Tercero, hay [tres] serias disyunciones en los programas de formación de profesores: entre las áreas de artes y ciencias y  las conducidas por  la escuela o departamento de educación; entre los componentes de la llamada secuencia profesional; y entre la parte que se sitúa en la institución de educación superior y aquella que se realiza en la escuela [...]. Está claro desde los datos, que la preparación que se lleva a cabo en los programas que estudiamos está focalizada en las clases y casi nada en las escuelas [...]. Cuarto, los cursos de historia, filosofía, y fundamentos sociales de la educación han sido seriamente erosionados [...]. Hemos encontrado casos en los cuales épocas completas de la historia de la educación americana, posiciones filosóficas complejas y las contribuciones de figuras seminales como John Dewey han sido confinadas a una sola sesión de clase[11]" (Goodlad, 1990a:700-701)[12]

Estas breves notas sobre la historicidad de la formación de maestros en nuestra región, así como también la referencia a la situación del modelo en su lugar de origen, nos permiten  dar cuenta de la situación actual de la formación de maestros. Situación que tiene su expresión más radical en la pérdida de sentido del oficio de enseñar. En este contexto, se sigue escuchando el eco de las voces de los reformadores del siglo pasado, reclamando por los buenos maestros que hacen las buenas escuelas.

3 -  Oficio de enseñar y saber pedagógico

Desplegar argumentos acerca de la calidad de los maestros, interpela a la situación de su profesionalización y, más sustantivamente, a las determinantes que la encuadran y dan sentido desde su formación inicial.

Reflexionar sobre ellas parte de la premisa de la condición de oficio de la profesión docente. Es decir, del aprendizaje y la práctica del arte de enseñar, fundamento e inicio de la producción de un saber que significa e historiza la profesión: el saber pedagógico.

3.1            El saber y el oficio de los maestros

La idea de saber encuentra su origen más lejano en los enunciados aristotélicos que inician las argumentaciones acerca de la Metafísica. Allí se establecen algunas diferenciaciones que son relevantes para una mayor claridad y comprensión del significado que adquiere el saber y fundamentalmente la conexión posible con la idea de arte, de artesanía, vinculada, genéricamente, al origen de las profesiones. Aristóteles elabora una distinción fundacional, estableciendo una relación entre experiencia y téchne. Aristóteles afirma que "aunque la experiencia parece semejarse a la techné[13], ambas difieren sin embargo en muchos aspectos: 1. en primer lugar, porque la téchne surge de la experiencia, siendo ésta mediadora de aquella. 2. en segundo lugar, porque la experiencia nace de muchos recuerdos acumulados, y en cambio la téchne nace cuando, a partir de un conjunto de nociones empíricas se logra formular un juicio unitario y universal"(Met.: 980b 27-28) Esta última distinción se aclara aún más, cuando Aristóteles sostiene que "con relación a la acción, la experiencia es a menudo más eficaz que la téchne debido al contacto asiduo y directo en que el empírico está con los casos particulares... Con todo la téchne es superior, porque su conocimiento no sólo lo es del hecho, es decir "del qué" algo sea así como es, sino de la causa, del porqué" (Met.: 981a 12 y 981a-24). Y una última diferencia que permite comprender en toda su dimensión y amplitud la idea que subyace a la téchne indica que "otro signo de la diferencia entre ambas, como de la superioridad de la téchne respecto a la experiencia, es la posibilidad que tiene aquella de ser enseñada, justamente por la posibilidad de poder remontarse a la causa"(Met.: 981b 7)[14].

La argumentación aristotélica sobre la téchne se encuentra en la base de la delimitación y la significación de la idea de oficio, de arte (en el sentido de la artesanía), de aquello que entronca a una diversidad de profesiones actuales con las  corporaciones medioevales originarias. La recuperación de este significado de téchne es relevante para  la discusión contemporánea sobre la profesionalización de los maestros. Desde aquí, es posible trasladar el eje desde la tecnificación a la producción de saber pedagógico, proceso que marca la existencia del oficio, de la profesión docente. La ausencia de producción de saber pedagógico pone en jaque la existencia y la legitimación del oficio de enseñar. Por otra parte, la comprensión de la téchne aristotélica como un arte, reclama de la condición artesanal de la profesión, en cuanto a que los aprendizajes para su ejercicio están enraizados en las causas del hacer, que le dan un carácter universal[15]. Más aún, recuperar la condición de artesanal de la profesión de maestro, reclama de un oficio ejercido en la creatividad, puesto que como es bien reconocido cada objeto producido por un artesano será a la vez semejante y diferente a otro que surja de las manos del mismo artesano. En consecuencia, la idea del artesanado rechaza la repetición mecánica de conocimientos y haceres en la práctica de la enseñanza.

Una actualización en la contemporaneidad de la idea de téchne aristotélica se encuentra en los enunciados foucaultianos acerca del saber[16]. La puesta en acto de la idea surge desde la recuperación de la idea de práctica como el punto de partida de los procesos constructivos del saber. Una práctica que es dicha y desde la cual es posible hablar del oficio de enseñar[17].  Esta relación práctica/saber genera un proceso continuo y dinámico que profundiza y amplia el desarrollo de la profesión, generando procesos de conceptualización mediados por la escritura. Y es en esta escritura donde el saber pedagógico, el que da sentido y significación al oficio de enseñar, adquiere su sentido y significado.  No obstante la ausencia de claridad acerca del concepto de saber y la repetición acrítica del enunciado relación teoría/práctica como fundamento de la formación profesional de los educadores, ha llevado a confusiones y discusiones improductivas, que crean ambiguedades en el momento de la toma de decisiones sobre el espacio y las relaciones posibles entre los aprendizajes pedagógicosy disciplinarios de los profesionales de la enseñanza.

En este ámbito de la formación de maestros, la discusión se plantea, contemporáneamente, desde algunas de las formulaciones de Shulman (1987), cuando establece una distinción entre los contenidos referidos a lo pedagógico genéricamente hablando (pedagogical general knowledge) y a la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario[18](pedagogical content knowledge). Shulman enfatiza como lo propio de los docentes la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario, ya que es aquí donde se concretiza la enseñanza. Sin dudas el profesor necesita de los conocimientos que hablan del conocimiento de lo pedagógico en general, pero es el ámbito de lo particular específico de la enseñanza de la disciplina lo que compete a la labor docente. Es decir, que si se aceptan las formulaciones de Shulman[19], es el ámbito específico de la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario lo que delimita la frontera y el horizonte del algo que el profesor tiene que poner en tiempo presente.

Cuestionarse acerca de la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario no es un mero tema especulativo, en el ámbito de la enseñanza, puesto que en ella está implicada una práctica social teleológicamente definida. Esta práctica social está constituída desde contenidos sustantivos de la tradición que marcan y garantizan ciertas condiciones formales, que pueden ser codificadas[20]. El futuro maestro debe llegar a saber y manejar el cómo se inicia una lección, cuál es necesariamente el nudo central y cómo debe finalizarse. El futuro  maestro debe saber de la necesaria graduación de los saberes, acorde a las condiciones de sus alumnos, así como también de la demanda por la simplicidad que no es sinónimo de trivialidad. Todo futuro maestro debe saber que la estructura de la lección está intrínsecamente relacionada con su finalidad y contenidos. En consecuencia existen codificaciones[21] de la lección diferenciadas según sea el momento de la introducción de un tema nuevo, de la revisión, de la ejercitación[22].

El poner en el centro de la atención a la lección, se encuadra dentro de una tradición, aquella que sostiene que es allí, en la lección donde está todo el maestro (Lombardo-Radice, [1919] 1933:115). Por lo tanto, es el maestro, tal como dice Shulman (1987), quien articula la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario. Allí en la lección, que es el espacio privilegiado de la expresión del saber pedagógico. Es decir, ese saber que produce el maestro y cuya producción lo transforma en miembro de un gremio específico: el de los que saben enseñar. Por lo tanto, este es el eje esencial de la formación de un maestro, cuando la pregunta por sus contenidos y estructuras se formula desde los horizontes y fronteras del saber pedagógico. 

De ese saber que da identidad a los maestros, que los diferencia, que los transforma en intelectuales autónomos, capaces de generar sus propias búsquedas, de entregar autoridad al otro y de legitimar y validar aquellos elementos de las conceptualizaciones producidas en las formaciones disciplinarias que amplían y permiten la transformación de su práctica. Práctica que es el punto de partida, el fundamento material de una reflexión, que en la escritura deviene saber. De ese saber que hace de la enseñanza un oficio y que, históricamente, ha sido transmitido en las instituciones formadoras. Sin embargo, el interrogante que surge  apela a aclarar cuál fue el instante de la historicidad del gremio constituido por los oficiantes en que la enseñanza se diluyó y se dejó de considerar fundacional la relación entre producción de saber e identidad profesional, abriendo el camino a la ocupación de estos espacios por aparatos  disciplinarios particulares tales como la Psicología o la Sociología, sólo para nombrar algunos, que si bien relevantes, no tienen la fuerza explicativa necesaria para dar cuenta cabalmente de la complejidad de la enseñanza. Por ello, el reclamo que se hace desde este artículo se inscribe en la territorialidad intelectual de las Escuelas de Formación, porque es allí donde los aprendices aprenden tanto el significado como el sentido del enseñar. Significado que apela a las formas, a las prácticas a lo descriptivo de la profesión. Sentido que interpela a la reflexión, a la indagación sobre las relaciones que constituyen, dan cuenta, es decir a lo interpretativo que sostiene la producción de saber pedagógico. Y es sólo en este espacio de la producción de saber pedagógico donde las contribuciones de diferentes aparatos disciplinarios cobran relevancia. Puesto que es allí, en la relación entre práctica y reflexión, eje articulador del saber, donde los conceptos disciplinarios pertinentes son re-significados. Y es en esta instancia, en este momento, donde comenzamos a recuperar la identidad, el significado y el sentido del oficio de enseñar.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

ARISTOTELES METAFISICA, Editorial Sudamericana, Buenos Aires,1986

COMENIO, J. A. DIDACTICA MAGNA Editorial Porrúa, México, 1976 (Edición original, 1632)

FOUCAULT, M. LA ARQUEOLOGIA DEL SABER, Siglo XXI Editores, 1982, México

LABARCA, A. HISTORIA DE LA ENSEÑANZA EN CHILE, Imprenta Universitaria, Santiago, 1939

LOMBARDO-RADICE, G. LECCIONES DE DIDACTICA, Editorial Labor, Madrid, 1933

PUIGGROS, A. IMPERIALISMO Y EDUCACION EN AMERICA LATINA, Nueva Imagen, México, 1989

SHULMAN, L.S. "Knowledge and teaching: foundations of the new reform" en Harvard Educational Review, No. 57, 1987: 1-22

VARELA, J.P. LA EDUCACION DEL PUEBLO Tipografía de la Democracia, Montevideo, 1874


[1].    Una expresión clara y actual de esta necesidad e interés la representa un documento elaborado por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), donde se sostiene que el desarrollo latinoamericano está indisolublemente ligado a la relación transformación productiva con equidad social mediada por "la incorporación y difusión deliberada y sistemática del progreso técnico" [que] "constituye el pivote de la transformación productiva y de su compatibilización con la democratización política y una creciente equidad social" (CEPAL, 1992: presentación). La idea de un desarrollo económico fundado en la equidad social, apoyado en la incorporación del progreso técnico caracteriza y da sentido, en una primera aproximación, a la sociedad latinoamericana, aunque se encuentren ciertas desigualdades entre formaciones sociales complejas que la articulan. Más aún, cuando esta incorporación del progreso técnico reclama de "un esfuerzo sistemático para profundizar en las interrelaciones entre el sistema educativo, la capacitación, la investigación y el desarrollo tecnológico"(CEPAL, 1992: presentación), que permitan responder al desafío de la competitividad internacional.  Esto lleva a re-construir una mirada hacia la educación como un ámbito crítico frente a este desafío, en la medida que, es desde aquí, donde, para la CEPAL, las discursividades acerca de la producción de conocimiento pueden adquirir un cierto grado de concreción. Más aún, se plantea que la educación, en tanto espacio de producción de conocimiento, debe responder a las demandas de la competitividad y ser pertinente al entorno económico, para lo cual se proponen un conjunto de ideas que permitan orientar las reformas institucionales del sistema

educativo. Estas ideas se vinculan con "la descentralización y mayor autonomía de los establecimiento educacionales y la coordinación del sistema y la integración nacional" (CEPAL, 1992:131-132), entendiendo que con las reformas propuestas "se contribuiría a cambiar progresivamente una situación caracterizada en lo esencial por el aislamiento de cada subsistema educativo respecto de los demás y del conjunto en relación con el sector productivo, en la que las interrelaciones son, por lo tanto intermitentes, unidimensionales o esporádicas, por otra en la que las vinculaciones entre los subsistemas y de ellos con el sector productivo sean múltiples..."(CEPAL, 1992:136). En estos enunciados el término sociedad se semantiza como sector productivo, en consecuencia el sistema educativo ya no socializa sino más bien entrega recursos humanos para que el sector productivo pueda ingresar en el mundo de la competitividad internacional. Por lo tanto, se infiere que los argumentos de la política educativa acerca de la finalidad de la educación girarán necesariamente acerca de la producción de individuos (recursos humanos) para el aparato productivo-empresarial latinoamericano.  Estos recursos humanos debieran alcanzar buenos niveles en el ámbito de la producción de conocimiento que permiten manejar competitivamente los códigos de la modernidad en el sector productivo. Considerando que en lo concreto, esto implica una mejora sustantiva en el acceso a los estamentos laborales, incluído buenos niveles de ingreso, en tanto se han alcanzado altos niveles de cualificación. Esta cualificación da sentido y significado a los contenidos de la escolarización.

                                 [2].               El poner en cuestionamiento los procesos de formación es una tarea que se ha venido realizando desde hace ya más de veinte años. Sin embargo este parece ser el ámbito más lampedusiano del sistema puesto que vamos cambiando todo para dejar todo como está. Esta preocupación me ha llevado a cuestionarme sobre la necesidad de abrir una discusión rigurosa acerca del por qué las escuelas de formación de maestros se han transformado en una de las expresiones más relevantes de la crisis de la educación.

                                [3].               Para profundizar el complejo camino de las primeras instituciones formadoras de docentes revisar en el caso colombiano los textos publicados por el proyecto "Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia" dirigido por Olga Lucía Zuloaga y para el caso chileno ver LABARCA, Amanda: Historia de la enseñanza en Chile, Santiago, 1939.    [4].         Esta visión de Labarca sobre el estado de situación de los maestros en la época anterior a los reformadores ilustrados, es similar a la de los maestros colombianos que describe Alberto Martínez Boom et alii (1989)     [5].         El análisis de la situación socio-económico-político de Varela,    antecede a la proposición de la Ley de Educación Común, publicada en su primera edición en 1876. Ver: Varela, J.P. La legislación escolar Tomo I, Biblioteca Artigas, Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social, 1964, Montevideo.

   [6].         Estas consideraciones evidencian que lo esencial de las ideas acerca del vínculo entre educación y desarrollo económico y social se han mantenido durante siglos.

[7] Los proyectos que se desarrollaron para la aplicación de las formulaciones de la Tecnología Educativa en América Latina fueron apoyados financieramente por la Agencia Internacional para el Desarrollo, adscrita al Departamento de Estado en los Estados Unidos. Para una ampliación de la distribución de estos fondos ver Puiggrós (1989).

 

[8] Es necesario aclarar que en el caso de las escuelas normales, dedicadas a la formación de maestros para la escuela primaria, el modelo propuesto por la Tecnología Educativa, ingresa tardíamente. Este hecho, a nuestro juicio y simplemente como una hipótesis que sería interesante indagar, tiene sus orígenes en la adscripción que estas instituciones tienen a ciertos elementos sustantivos de la tradición pedagógica entroncada en el pensamiento de Comenio, Pestalozzi y Dewey. Sin embargo, insistimos este enunciado solo tiene carácter de conjetura.

[9] En 1985, se inicia un estudio comprensivo sobre la formación de educadores en los Estados Unidos (Goodlad, 1990a).  Se seleccionaron 29 instituciones distribuidas en zonas urbanas, suburbanas y rurales. Se consideraron entre éstas, una   institución históricamente negra, una negra de facto; otra que desde su fundación ha tenido como finalidad la  preparación de maestros y cuatro instituciones explícitamente afiliadas a confesiones religiosas: católica, metodista, luterana y bautista (Goodlad, 1990a: 700). Los instrumentos utilizados fueron cuestionarios, entrevistas, observaciones y documentos descriptivos institucionales. El estudio duró cinco años y los primeros resultados fueron publicados en 1990.  

[10] La extensión de la cita anterior como la que se presenta a continuación se justifica por las similitudes que el lector encontrará entre las proposiciones iniciales del estudio que describen la situación escolar de los Estados Unidos y la búsqueda de las soluciones inmediatas, generalmente copiadas de otros contextos o constituidas por modelos promovidos y financiados por instituciones internacionales a los problemas históricamente endémicos de nuestros sistemas educativos. Por otro parte, por las semejanzas entre los hallazgos de la investigación del equipo dirigido por Goodlad y la  situación tanto de las Facultades de Educación como de la formación de profesores en Chile. Esto no debería llamar la atención, en tanto el modelo aplicado en uno y otro lado es esencialmente el mismo

[11] Sería bastante interesante poder indagar con la misma rigurosidad el estado actual de las escuelas de formación de maestros tanto para el nivel primario como secundario del sistema educativo en Chile. Esto no implica dejar de reconocer el valioso trabajo de Cox y Gysling sobre la historia de la formación de maestros en Chile, sino más bien es una reclamo por un estudio que de cuenta, explique e interprete la actualidad de las escuelas de educación en el país.

[12] Los hallazgos de la investigación dirigida por John I. Goodlad, en el Centre for Educational Renewal de la Universidad de Washington, Seattle, se reportan en: Goodlad, J. :"Studying the education of educators from conceptions to findings"; Sirotnik, K.: "On the eroding foundations of teacher education";  Su, Z. : "The function of the peer group in teacher socialization"; Edmundson, Ph. : "A normative look at the curriculum in teacher education"; Soder, R. : "How faculty members feel when the reward structure changes". Todos publicados en Phi Delta Kappan, mayo de 1990.

[13] En general el término griego techné es traducido al castellano como técnica, lo que ha dado pie a un sin fin de confusiones en cuando a su significado. Es interesante dar cuenta a este respecto, el hecho que en el Diccionario de Filosofía de la autoría de José Ferrater Mora, techné es traducido al castellano como arte. Traducción mucho más feliz y pertinente en relación a las ideas planteadas por Aristóteles. Por esta razón, en este texto se entiende y significa la techné como arte

[14] La extensión de la cita es muy importante para los argumentos que se despliegan a continuación. Fundamentalmente porque clarifica las confusiones a las que ha llevado el hacer sinónimo de técnica el concepto de téchne ha llevado a connotar los procesos de formación profesional desde la tecnificación, perdiéndose la tradición histórica sustantiva de la profesión como una actualización de la formación artesanal-gremial.

[15] El ejemplo más fuerte de estas ideas en la actualidad es la profesión médica, en cuanto nadie pone en discusión la condición de universalidad de los saberes que producen los oficiantes de la medicina.

[16] Esta idea foucaultiana de saber sustenta el concepto de saber pedagógico constituído en uno de los ejes centrales de la "Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia", un trabajo de investigación sobre los modos y las regulaciones de la enseñanza históricamente constituídos, dirigido por Olga Lucía Zuloaga, Facultad de Educación, Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia.

[17] Esta noción de saber emerge en la discusión contemporánea como un concepto clave para dar cuenta de aquello que está fuera de los modos de operar de lo científico, sin que esto implique una condición de inferioridad o superioridad con respecto de aquello, sino que establece distinciones fructíferas y clarificadoras en las argumentaciones, fundamentalmente aquellas ligadas a la constitución de la idea de profesión docente.

[18] Cuando se hace referencia a lo disciplinario no se está hablando de los contenidos de los ramos o asignatura, sino más bien de "una actividad humana que se funda en una tradición cognitiva y de investigación" (Strike, 1990:116)

[19] Aunque parece muy acertado el plantemiento de Shulmann sobre la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario como lo esencial en la formación de un maestro. Sin embargo, surge una interrogante. Este interrogante significa indagar tanto en los modos que asume y las formas de concreción la relación entre lo pedagógico y lo disciplinario en el oficio. Esto implica interpelarse por las mediaciones entre estos dos elementos presentes en el enseñar.

[20] Estas codificaciones son uno de los elementos constitutivos de la formación de los docentes y deberían ser aprendidas durante su proceso de iniciación en el oficio en la escuelas de maestros.

[21] Aunque la afirmación puede ser audaz, sostengo que las formas de estructurar una lección tienen un carácter invariante, pues se sustenta sobre una tradición que surge en 1632 con la publicación de la Didáctica Magna de Comenio y que en esencia no ha sufrido modificaciones

[22] Quede claro que lo hasta aquí dicho en cuanto a la codificación hace referencia a lo constitutivo formal de la lección y no a sus contenidos. Por otra parte, la codificación no es asimilable al significado de planificación.  

 

Imprimir Deja tu comentario Volver Inicio

Colegio del Sur